Undocuqueers: Salir de las sombras dos veces

jorge

En medio de la penumbra, una luz ilumina un improvisado escenario, el área de un patio trasero que se encuentra junto a una terracita elevada sobre la cual juega a la música un DJ. Empieza a sonar una canción de Gloria Trevi, de esas que hablan de mujeres que se rebelan y se sienten bellas, y se descubren fuertes, y se comen al mundo. El murmullo de voces entrelazadas en charlas por aquí y por allá cesa por un momento y se convierte en un unánime grito jubiloso. La luz de una lamparita apunta hacia un vestido rojo que más bien es como una gran malla que deja entrever pedacitos de piel morena que se adivina sedosa, la ropa interior negra, unbrassiere de copa pequeña y un boyshort que enfunda una cadera angosta y firme que sobresale por debajo del vestido. Lleva medias negras, zapatos altos cubiertos de diamantina y una melena oscura sintética acomodada hacia un lado. Ondulando la cadera en un esfuerzo por dominar los tacones pone una pierna al frente, luego la otra; gira la cabeza y una mirada sensual recorre a la audiencia. El grito jubiloso se vuelve a escuchar, y María sin Papeles se apodera del lugar.

Los ojos de María, chiquitos, rasgados, lanzan una mirada que, combinada con la sonrisa extraña, puede resultar cargada de ironía. Las cejas gruesas están arqueadas de más, colmadas de maquillaje al igual que los ojos coronados por largas pestañas postizas. Resulta una sorpresa ver el cambio de expresión, de personalidad, que María trae a la vida de Jorge. Porque cuando ella no está, cuando se quita el maquillaje, las pestañas, los tacones, el vestido, el sostén, las medias; cuando coloca la peluca en un cajón y en su lugar quedan el pelo corto casi a rape y el rostro con su aspecto natural, son los ojos cálidos y sinceros, es la actitud tranquila, mesurada, de Jorge la que lo domina todo.

Conocí a Jorge mientras realizaba la investigación para Dreamers, mi libro sobre jóvenes inmigrantes indocumentados en Estados Unidos. Estos chicos llegaron al país sin documentos, traídos por sus padres, a los dos, cuatro, cinco años de edad. Han vivido siempre en este país, se sienten estadounidenses, pero no cuentan con un papel que diga que lo son. Los dreamers reciben ese nombre debido a la ley conocida como DREAM Act, una iniciativa que busca regularizar su situación migratoria, con lo cual, entre otras cosas, podrían recibir apoyos del gobierno para ir a la universidad.

Como me ha ocurrido con cada dreamer que conozco, supe de Jorge por medio de un chico, del cual escuché por otro chico. Lo conocí en El Hormiguero, un espacio comunitario en el Valle de San Fernando, en el área norte de Los Ángeles, donde estudiantes, activistas y otros miembros de la comunidad suelen tener charlas, talleres y discusiones sobre varios temas. La reunión en la que lo conocí tenía un nombre tan sugerente, que habría sido absurdo no asistir: UndocuQueer Healing Oasis: oasis de curación undocuqueer. Un espacio en el que los dreamers homosexuales, bisexuales, travestis o transgénero comparten sus experiencias y hablan de lo que es vivir no con una, sino con dos identidades en conflicto con el establishment; de la manera en que buscan alternativas para avanzar aunque cueste más trabajo, y pues de que a veces uno se cansa.

Jorge fue el invitado especial ese día. Las reuniones en El Hormiguero suelen tener entre diez y quince asistentes, a veces un poco más, y en cada ocasión se invita a una persona para que comparta su experiencia en cierta área en la que trabaja cotidianamente, o en la que ha sobresalido. El área de Jorge es, sin duda, su identidad undocuqueer.

Jorge nació en el rancho de El Cora, en el estado de Nayarit, México. Su familia, de origen muy humilde, subsistía del trabajo en el campo. El padre se dedicaba al cultivo de papaya, mango, coco y aguacate, tanto para la subsistencia familiar como para la venta; cuando los hijos fueron creciendo se incorporaron a esta actividad.

La vida de pareja de los padres de Jorge distaba de ser la ideal. El abuso y la violencia doméstica marcaron su infancia y la de sus hermanos, y aún hoy, a sus veintiocho años, el recuerdo de lo que él llama “mi primera confrontación con la injusticia” hace que se le quiebre un poquito la voz. Fue cuando él tenía seis o siete años; Jorge sabía que había algo diferente en él por la forma como jugaba con otros niños y niñas, por la forma en que se sentía, pero en ese tiempo no podía entender qué era. También sabía que sus padres lo notaban, pero de eso no se hablaba. Una tarde se encontraba jugando con una niña, y aunque no puede recordar exactamente en qué consistía el juego, sabe que fue algo que irritó sobremanera a su padre cuando llegó del trabajo y lo vio. Lo jaló por la camisa violentamente, lo tiró al suelo y le dijo: “Yo no quiero ningún joto en mi casa”.

—Yo no lloré, estaba más confuso que dolido en ese momento porque no sabía qué era lo que me decía, pero sabía por su tono y la forma en que me estaba tratando que era algo malo —dice Jorge con los ojos abiertos, con una cara de incredulidad como si todo hubiera ocurrido apenas hace unos días—. Desde ahí supe que yo era diferente.

Aunque no se habló más del incidente, la madre de Jorge decidió levantar la guardia. Con cualquier excusa evitaba que Jorge fuera al campo con su padre para impedir que fuera maltratado, y eso provocó la ruptura definitiva entre los dos. Aunado a esto se encontraba el asunto de la relación de pareja entre los padres. La madre entonces decidió tomar el control: se fue a Estados Unidos indocumentada con la idea de ganar dinero y después enviar por sus hijos, pero cuando el momento llegó, el padre se negó a enviarlos. La madre regresó, tomó lo que era suyo —tres hijos; una hija ya se encontraba allá y la otra, casada, se quedó en México— y cruzó la línea para no regresar.

En el caso de Jorge, el relato sobre el cruce es apacible, casi alegre. Recuerda una camioneta chiquita, con más de diez personas atrás, que salió desde Tepic, la capital de Nayarit, hacia la ciudad de Tijuana. Llegaron un viernes al mediodía, cruzaron por la tarde cuando un tío fue por ellos, y a las ocho de la noche se encontraba en su nuevo hogar. Como el tío tenía documentos y un vehículo, se las arregló para que cruzaran con él —Jorge me recuerda que las cosas en la frontera eran diferentes hace dieciséis años, en la era anterior al 9/11—. Una tía ya los esperaba, y así inició su vida en el Condado de Orange, cuarenta minutos al sur de Los Ángeles. A diferencia de otros jóvenes indocumentados que suelen describir su llegada a Estados Unidos como un momento de ruptura dolorosa con su vida en México, Jorge lo recrea como un momento positivo: terminaba la violencia física y emocional, aunque empezaba la vida como indocumentado.

Mientras la madre trabajaba limpiando casas, los hermanos empezaron a ir a la escuela. Al mayor se le complicó más; tenía dieciocho años y adaptarse al idioma y a la cultura no le resultó sencillo. A Jorge y a su otro hermano, un año menor, les fue más fácil: hicieron amistades y siempre fueron a la misma escuela. Aunque todo marchaba más o menos bien, Jorge seguía llevando el estigma de ser “diferente”. Ahora sabía que había otras personas como él y ya tenía palabras para identificarse: era gay, pero no lo podía decir abiertamente.

—A esa edad, trece, catorce años, ya me gustaba un chico, u otro; tu cuerpo va cambiando, pero no pude disfrutar esas experiencias porque tenía encima esa sombra de mi papá. En ese punto tenía ganas de decírselo a mi mamá, pero me ganaba el miedo de que pasara lo mismo que con mi papá. Lo que había pasado no me dejaba salir del clóset, me perseguía. Fueron al menos dos años muy oscuros en mi vida; tuve depresión y baja autoestima, fue muy doloroso. Yo sentía que mi mamá notaba todo esto, pero ella no tenía el vocabulario para preguntarme.

Hasta que un día lo encontró. Una tarde, mientras iban en el auto camino a casa, la madre de Jorge detuvo el auto en un semáforo, bajó el volumen de la radio, volteó a ver a su hijo y de la manera más dulce posible preguntó:
—Quiero saber algo porque estoy confundida: ¿te gustan los niños o las niñas?
Jorge recordó a su papá, sintió el dolor más vivo que nunca y se le empañó la vista. El primer impulso fue mentir, decir que las niñas, protegerse.
—Me gustan los niños.

El semáforo se puso en verde y la madre siguió manejando. Al llegar a un estacionamiento detuvo el auto, se bajó, y Jorge imaginó lo peor: se quedaría ahí solo, con su uniforme de la escuela, en medio de ese estacionamiento. Solo. A pesar del pánico, una extraña sensación de alivio lo inundó por una fracción de segundo al saber que había dicho la verdad. Entonces ocurrió lo inesperado: la madre rodeó el auto y lo abrazó.

—Tal vez no entiendo lo que está pasando, pero juntos lo vamos a hacer. Vamos a seguir adelante.

La emoción que no vi en Jorge al contarme su experiencia al migrar, apareció al recordar este momento.

—Mi mamá pudo… una mujer sola, inmigrante, indocumentada, que estudió sólo hasta el segundo año de la escuela, desafiando los sistemas, el machismo, la homofobia, y acogiéndose al amor de madre. Diciendo: es mi hijo y lo voy a proteger. En ese momento el dolor por lo ocurrido con mi padre se fue desvaneciendo poco a poquito y pude disfrutar de esa experiencia de ser gay. Fui diciéndole a otros amigos, incluso a maestros de la escuela, y empecé a sentir el apoyo y el amor. Entendí que mi papá renunció a nuestra relación. Yo he intentado reconciliarme con él, pero él no se presta…
Recientemente tomé la decisión de no dejar que él tenga ese poder sobre mí. De dos años para acá he tenido que trabajar ese dolor, decirme a mí mismo que tengo que cerrar esta herida, que lo que pasó no fue mi culpa. He tratado de entender de dónde viene mi papá, de una familia católica, machista. Él hasta cierto punto es víctima de esos sistemas, y si él decidió cerrar la puerta, queda en él. Yo tengo que ser feliz y cerrar esa herida para experimentar el amor o la felicidad con intensidad, para que eso no me marque.

Mientras Jorge daba un paso adelante al asumir su identidad homosexual, aún le faltaba pasar otro trago amargo en el frente del estatus migratorio. Aunque gracias a la tenaz madre los niños Gutiérrez tuvieron cierta estabilidad al vivir siempre en el mismo barrio, cuando llegó el momento de ir a la universidad ocurrió lo de siempre: la realidad de ser indocumentado fue un golpe frontal.

—Vas entendiendo lo que es no tener papeles, pero no lo sabes verdaderamente hasta que te das cuenta de que tus amigos de la escuela empiezan a manejar, tienen licencias y tú no, y es muy fuerte. Tú quieres trabajar pero no tienes un número de seguro social, y cuando llenas tu solicitud para ir a la universidad y te piden otra vez ese número, y tú sabes que no lo tienes…, yo sentía que por arte de magia eso iba a cambiar. Llegué a mi casa y le pregunté a mi mamá: “¿Tengo seguro social?”, y yo ya sabía la respuesta, pero pensaba que algo iba a cambiar en el camino de la escuela a mi casa.

Lo interrumpo. ¿Cómo alguien puede pensar que las cosas van a cambiar así, de un día para otro? Jorge reflexiona un poco, como si nunca se hubiera detenido a pensar en la causa del sentimiento de esperanza inútil.

—Cuando llegas aquí desde niño te dicen que si tienes buenas calificaciones, si eres buen estudiante, puedes ser lo que quieras. Por eso piensas que las cosas van a cambiar, que eres excepcional y eso no te va a pasar a ti. La vida es otra. En ese tiempo hice mi solicitud para entrar a la Universidad Estatal de California Fullerton apoyado por una consejera. Fue un proceso muy pesado y doloroso para mí, de mucho coraje hacia mi familia, hacia mi situación, al hecho de no tener recursos, a no poder tener la escuela que quería, porque yo quería ir a Berkeley.

Los primeros tres años en Fullerton fueron agotadores para Jorge. La madre seguía trabajando para sostener la casa, pero no podía ayudarlo económicamente para que estudiara, así que Jorge trabajó desde los catorce años. Mientras iba a la universidad se empleó en una pizzería, una nevería, una tienda de fotos y ayudando a su madre a decorar fiestas los fines de semana. El dinero era para la escuela, ropa, libros y, a veces, para ayudar a pagar la renta. Jorge iba de la casa al trabajo y de regreso; se sentía enojado con la vida, frustrado, y cuestionaba que lo que hacía tuviera algún sentido; no sabía cómo contar esto y no conocía a otras personas que pasaran por la misma situación. Y un semestre antes de graduarse, cuando estaba a punto de tirar la toalla, lo invitaron a ser parte del Orange County Dream Team (OCDT).

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El 17 de mayo es una fecha que está grabada en el corazón de los latinos que viven en Los Ángeles. Ese día, en el año 2005, Antonio Villaraigosa ganaba la elección de alcalde de la ciudad, el primero de origen latino, mexicano si se desea más precisión, desde 1872. La ceremonia de toma de posesión se realizó semanas más tarde, el 1 de julio, sobre la escalinata sur del bellísimo edificio del Ayuntamiento, una construcción alba inspirada en el Mausoleo de Halicarnaso, en Grecia, en cuya torre se utilizó un concreto hecho con arena de cada uno de los cincuenta y ocho condados de California y con agua de sus veintiún misiones. En su discurso, Villaraigosa habló de unidad y de que al cruzar por las puertas del edificio él no iría solo: iría sobre los hombros de todos aquellos que lucharon antes que él por lograr un espacio de representación para los hispanos, y abriría el camino para las generaciones por venir.

Siete años después y a unas cuadras del Ayuntamiento, en la plaza conocida como Pershing Square, una plancha rodeada por edificios de oficinas corporativas y hoteles de lujo que hospedan a viajeros de negocios, un grupo de activistas y estudiantes volvía a hacer de esa fecha un día para recordar. Al igual que en el evento detonado por la elección del 17 de mayo, las palabras “Estados Unidos”, “justicia”, “futuro” y “oportunidad” fueron mencionadas por los asistentes, sólo que esta vez no fue en medio de una celebración por una victoria, sino en una manifestación para demandar un derecho fundamental: el que tienen los jóvenes indocumentados a seguir soñando.

La campaña Right to Dream fue convocada a nivel nacional por la alianza United We Dream a principios de 2012. Su objetivo fue organizar a los cientos de agrupaciones que forman parte de esta red en ciudades, condados y estados por todo el país, para realizar una acción conjunta y exigir al gobierno federal el cese a las deportaciones de estudiantes y expresar, por medio de la enunciación de acciones específicas, la realidad en la que viven los estudiantes indocumentados: el derecho al libre tránsito, que permite a un joven llevar a su hermana pequeña a la escuela sin temor a ser detenido; el derecho a hacer algo por la comunidad a la que se pertenece, que permite a una chica usar su diploma de licenciatura para obtener un empleo bien pagado; el derecho a vivir con los seres queridos, que se rompe cada vez que una persona es deportada; el derecho a soñar, que ha sido negado por más de once años a los dreamers. La acción se realizaría en todos los puntos del país a las diez de la mañana, tiempo de Los Ángeles, del 17 de mayo de 2012.

Decenas de jóvenes que vestían camisetas con la palabra “indocumentado” y con imágenes alusivas a la DREAM Act se reunieron ahí a la hora acordada e iniciaron su protesta. Varios oradores compartieron su experiencia de ser indocumentados, reconocieron su estatus migratorio en un altavoz y dijeron no tener miedo. Muchos de ellos cuestionaron la política de deportación de Barack Obama —el presidente bajo cuyo gobierno se ha realizado el mayor número de deportaciones, cuatrocientas mil al año— y exigieron un compromiso de su parte antes de volver a pedir el voto de la comunidad latina en la elección de noviembre. Más tarde cruzaron la calle rumbo al edificio que alberga las cortes federales de inmigración, y exigieron que les permitieran entrar para hablar con las autoridades. Esto, desde luego, no ocurrió; así que marcharon en círculos con carteles que señalaban la diferencia entre ser dreamer y ser criminal, y con la leyenda “Obama, no puedes cortejarnos y deportarnos”, mientras un homeless les aplaudía divertido y los yuppies que trabajan en las oficinas aledañas se asomaban por las ventanas, café y sándwich en la mano, viendo la inusual protesta al mediodía de un jueves.

Al tiempo que la mayoría gritaba consignas y marchaba, entablé una conversación con un chico de ojos y sonrisa emocionados: se llamaba Luis, formaba parte del grupo San Fernando Valley Dream Team y me hablaba de su propio derecho a soñar. “No es justo que no tengamos los mismos derechos que otras parejas de ir a una cita de inmigración como la tienen quienes se casan con un ciudadano estadounidense del sexo opuesto”. Y entonces me dijo que era undocuqueer, que formaba parte de un grupo, y me invitó a una de sus reuniones en El Hormiguero, en el Valle de San Fernando.

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La primera vez que visité El Hormiguero me costó un poco de trabajo encontrar el lugar. Sus fundadores eligieron una casa en el barrio de Pacoima, al norte del Valle de San Fernando, muy cerca de las montañas de Santa Susana. En ese punto el terreno empieza a volverse ascendente y las calles son en realidad pequeñas colinas que ondulan y serpentean como una montaña rusa suavecita bordeada por casas en general bien arregladas, muchas con visibles indicadores del origen de sus habitantes, como la emblemática Virgen de Guadalupe en la entrada. Cinco de cada diez habitantes de Pacoima son inmigrantes y siete de cada diez son mexicanos o descendientes de mexicanos.

El Hormiguero es un espacio comunitario que por fuera es una casa normal con un jardincito lindo al frente. Una escalerita lleva a una doble puerta de madera, y al abrirla un gran letrero recibe al visitante:

El Hormiguero es un espacio seguro
No aceptamos racismo
No aceptamos sexismo
No aceptamos discriminación por edad
No aceptamos discriminación por discapacidad
No aceptamos homofobia
No aceptamos transfobia
No aceptamos xenofobia
Favor de dejar sus prejuicios en la entrada



Una vez adentro, el sitio es de lo más interesante: una casa con áreas a desnivel, acorde con el terreno en el que está construida, que me da la impresión de que, en algún momento, fue habitada por una familia promedio para poco a poco convertirse en el espacio comunal que es hoy. El mobiliario y la decoración así lo dicen. Las piezas tradicionales, la sala de sillones voluminosos forrados con tela garigoleada, una enorme mesa de centro de madera oscura y lustrosa. Un comedor de hierro forjado cuyo estilo desentona un poco con la sala, pero de buena calidad, colocado bajo un candil elegante y vistoso formado por varios cristalitos dispuestos en círculo, contrasta con la decoración cargada de ideología: la imagen de un indio nativo americano que abraza una escopeta y dice: “Show me your papers“; una imagen del Che Guevara; cobijas y sarapes artesanales latinoamericanos que cubren los sillones; una manta bordada sobre el muro con la leyenda “Viva los trabajos colectivos. Viva el EZLN”, que sirve de fondo a unos estantes repletos de libros apilados, de plantitas de sábila y de volantes y propaganda colgados de la pared con un hilito, como si fuera ropa tendida al sol. En la parte de abajo, en el garaje, hay un espacio donde se reparan bicicletas. Junto al comedor, un ventanal da paso a una terracita elevada donde hay un área destinada al cultivo. El más alto de los desniveles lleva al área donde están las habitaciones de quienes viven ahí, el único espacio privado de la casa.

Marcos Zamora-Sánchez es uno de los fundadores de El Hormiguero. Moreno, de pelo ligeramente largo y un poquito desaliñado, barba cerrada y enormes lentes, explica el surgimiento de este espacio como una necesidad personal de ser congruente con su comunidad. Al ser un activista involucrado en la creación de liderazgo con varias organizaciones de defensa de derechos humanos y con la Universidad del Sur de California, una de las más caras y prestigiadas de la región, está acostumbrado a dar charlas, entablar debates, participar en coloquios sobre el tema, pero siempre en espacios académicos. Un día se dio cuenta de que todo este trabajo, restringido exclusivamente a ese entorno, jamás iba a llegar a su comunidad; entonces decidió sacarlo de ahí y llevarlo al corazón de Pacoima. Marcos y las seis personas que ahora viven en la casa lo hacen bajo el acuerdo de que las puertas de este lugar están abiertas para quienes lo requieran, desde utilizar uno de los libros que están ahí, o el internet para hacer un trabajo en la computadora, hasta realizar juntas, proyecciones de películas, talleres e incluso alguna celebración.

Una de las primeras organizaciones que hizo uso de este espacio fue San Fernando Valley Dream Team (SFVDT). Cuando conocí a Luis en la manifestación de Pershing Square, hablamos un rato sobre su identidad undocuqueer, sobre su trabajo de organización como dreamer, y terminó haciéndome la invitación que me llevó hasta este lugar.

El día de la reunión de SFVDT llegué a la casita de Pacoima al filo de las siete de la noche y encontré a cuatro chicos cómodamente instalados en los sillones garigoleados cubiertos de sarapes. La mesa reluciente estaba colmada de bolsas de frituras, bebidas y pan dulce Bimbo. En la mesa del comedor de hierro forjado había una botella de Jarritos. Junto a Luis se encontraban otros tres chicos: Ernesto, Adrián y Agustín. Ernesto es la pareja de Luis, y resulta evidente que los cuatro se conocen desde hace un tiempo y se sienten cómodos entre ellos y en el lugar. Cada uno tenía encendida una laptop, y una vez pasada la hora de tolerancia empezó la reunión; este semestre el grupo estaba compuesto por diez integrantes y la regla establece que con cuatro que asistan existe quórum.

La agenda del día incluía actualizaciones en materia legislativa relacionada con la DREAM Act tanto federal como de California; la actualización de sus plataformas en redes sociales —incluido el agregar a su página web y la de Facebook las fotos del evento en Pershing Square—; asesorías para quienes requieren apoyo para llenar solicitudes para entrar a la universidad; una iniciativa para hacer y vender camisetas con el logo de la organización; un evento de recaudación de fondos en el que proyectarán películas —hablan de buscar al concejal del distrito, Richard Alarcón, para pedirle un espacio para realizarlo; me sorprende un poco la naturalidad y la confianza con la que se refieren a los acercamientos a la autoridad— y algunos otros actos por venir.

Durante toda la junta predomina el buen humor. Como he visto en ocasiones anteriores con otros dreamers, todos navegan en su computadora mientras hablan; es evidente que quien es menor de treinta años considera una pérdida de tiempo dedicar el cien por ciento de su atención a una sola persona. Entre tema y tema de la agenda dan algunos avisos: al día siguiente se instalará un retén para detectar conductores en estado de ebriedad en una intersección concurrida; habrá que enviar alertas para que la gente esté prevenida. Hay una invitación para el grupo por parte de una organización hermana de San Francisco; deben evaluar si pueden viajar, y cuántos pueden hacerlo. Uno de ellos, Agustín, anuncia que recibirá un premio por una fotografía que presentó en un concurso. El título de la foto es The Dream Is Coming.

Quien lleva el orden de la reunión es Luis. Alto, esbelto, de tez blanca y cabello negro, con los mismos ojitos sonrientes que noté cuando lo conocí, es amable en su trato pero firme al momento de pedir a todos que se enfoquen en los temas que se hablan. Tiene veinticuatro años, cursa la carrera de Estudios Chicanos en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y es evidente el orgullo que siente cuando abiertamente se describe como undocuqueer.

—Hoy sé que no es justo que te pases la vida escondiéndote, avergonzado. Yo pasé un tiempo así, hasta que a los veintiún años salí del clóset como queer. Salir como indocumentado me tomó un poco más de tiempo.

Luis y su familia llegaron a Estados Unidos provenientes de Zacatecas cuando él tenía cuatro años de edad. Es el segundo de seis hermanos; tres nacieron en México y tres en Estados Unidos. Siempre ha vivido en el Valle de San Fernando, donde, afirma, hay un ambiente que es seguro para quien es indocumentado: como una gran parte de la comunidad comparte esa situación, existen redes de apoyo, leyes no escritas, acuerdos tácitos incluso con la autoridad, que permiten la convivencia y el funcionamiento de las estructuras. La maquinita de la tranquilidad opera a base de aceitar sus engranes con sobreentendidos. Entre esos sobreentendidos, Jorge aprendió a vivir con dos: no se habla del estatus migratorio y no se habla de la preferencia sexual.

Desde que Luis tenía trece años supo que quería ir a la UCLA, una de las universidades de mayor prestigio en California, ubicada en el área de la Cuenca de Los Ángeles. Al ser residente del Valle, obtuvo becas para asistir al Valley College, donde cursó los dos primeros años de educación superior en el área de psicología. De ahí pidió su transferencia a la UCLA para obtener su título de cuatro años, y fue aceptado. Luis describe el día en que le dieron la noticia con una frase: “Tenía las llaves para ir a donde siempre había soñado, pero no tenía el dinero”.

De cualquier manera decidió inscribirse y encontrar a como diera lugar la manera de pagar. El primer trimestre lo sacó adelante con sus ahorros, e inmediatamente entró a trabajar a un restaurante Jack in the Box para tener dinero y pagar el siguiente. Al llegar al tercero se salió de la escuela porque no le alcanzaba; esto le permitió trabajar de tiempo completo. Con el dinero que reunió pudo regresar a la escuela dos trimestres más tarde.

La llave que tenía en sus manos, el ingreso a la UCLA, no sólo le abrió a Luis las puertas de la educación con la que había soñado, sino otras dos: la del clóset gay y la del clóset indocumentado.

—Toda mi vida viví en el Valle, aquí está mi casa, mis amigos; pero ir a la UCLA me dio la oportunidad de reinventarme y empezar de nuevo. Ahí conocí a otros chicos gays que lo eran abiertamente. En los primeros meses me empecé a juntar más con el círculo de estudio de la universidad, y ¡fue un alivio poder convivir con otras personas sin tener que actuar como heterosexual! —dice con esa sonrisa que casi no le cabe en el rostro.

El siguiente paso fue el de su estatus migratorio. Sus amigos más cercanos conocían su situación, igual que su consejera y algunos profesores. Empezó a conocer a más gente que también era indocumentada, y aunque eso tardó más tiempo, se empezó a sentir en confianza para hablar de la situación. La primera vez que salió de las sombras públicamente como indocumentado fue en marzo de 2011. Dos meses antes se había formado SFVDT y aunque Luis nunca había dicho “soy indocumentado y sin miedo”, en una reunión de pronto se animó. Contó su historia frente a todos y eso, asegura, le abrió las puertas a una nueva familia.

—Salir del clóset te da poder, te dan ganas de decirlo. Sentí pena porque toda mi vida estuve mintiendo. No podía tener novio, no podía tener una vida social normal, no podía viajar, no tenía licencia; tenía que mentir por todo, esconderme la mayor parte de mi vida. Yo sé que mentir constantemente marcó mi personalidad y mi carácter. Ahora ya no quiero esconder nada. A veces sólo lo digo porque me gusta saber que lo puedo decir —me dice, sintiéndose supersatisfecho.

A pesar de haber vivido esta liberación, Luis reconoce que las cosas están muy lejos de ser fáciles para los undocuqueers, en parte porque la sociedad no está preparada para que la gente diga abiertamente lo que es. Él sabe que en los restaurantes los empleadores saben que sus empleados son indocumentados, que éstos saben que el empleador está al tanto. Es sólo que no se puede decir. Si además de eso se es gay, la cosa se pone más difícil. Con sus papás, por ejemplo, no se habla del tema, aunque con sus hermanos sí; el asunto es que no sabe cómo iniciar la conversación con sus padres, y tampoco está seguro de que ellos deseen tenerla.

Aunque ambas identidades parecen ir por vías separadas, hay momentos en los que se cruzan; entonces quien es undocuqueer debe enfrentar una doble consecuencia por cargar con el doble estigma. En el caso de Luis, su vida sentimental en el pasado se vio afectada por su estatus indocumentado. Inició una relación de pareja con un chico en la UCLA, pero debido a que Luis tardará más tiempo en finalizar su carrera porque la combina con el trabajo, su pareja se graduó primero y empezó a planear un futuro que, por el momento, no podía incluirlo a él. Este plan, además, contemplaba viajar fuera del país, y para eso Luis aún no tiene la llave. La relación terminó. Hoy sostiene una relación con Ernesto, quien hasta hace poco fue indocumentado y comprende la situación.

El caso opuesto también se da para los chicos undocuqueers. Para algunos dreamers, una ventana de oportunidad para solucionar su situación migratoria llega cuando entablan una relación de pareja con alguien que es ciudadano estadounidense; entonces la ciudadanía por medio del matrimonio se vuelve una opción viable, al alcance de la mano. Sin embargo, para quienes entablan relaciones con personas del mismo sexo, la ventana aún está cerrada: mientras en Estados Unidos no se reconozca el matrimonio de personas del mismo sexo a nivel federal, los beneficios migratorios que tienen las parejas heterosexuales no podrán alcanzar a la comunidad undocuqueer. Jorge piensa que es justo por esta razón que en el liderazgo dreamer hay tantas personas queers.

—Yo no quiero tener que fingir una relación de pareja y casarme con una mujer para tener mis papeles. Prefiero sostener esta doble lucha. Hoy se nos niega una posibilidad doblemente, pero luchar por ambas también se vuelve una doble oportunidad. Si se aprueba una ley a través del movimiento queer tenemos una alternativa, y si se aprueba del lado migratorio, también. Cuando empiezas a pelear por una cosa se te abre la puerta para la otra.

Mi segunda visita a El Hormiguero tuvo lugar un par de meses después, cuando, por medio de un grupo de Facebook, Luis me envió la invitación para asistir al UndocuQueer Healing Oasis. Al indagar sobre el movimiento, después de nuestra primera charla, descubrí que en pocos meses se había convertido en una red nacional: una buena parte de las células locales de United We Dream contaba con un grupo que se manifestaba abiertamente como undocuqueer, y la organización decidió apoyar un proyecto nacional llamado QUIP Queer Undocumented Immigrant Project. La cita en El Hormiguero tendría lugar el último viernes de agosto y el invitado especial sería Jorge, también conocido como María sin Papeles. Jorge, descubrí en esas semanas, había tenido un papel fundamental en el proceso de construcción de una red undocuqueer.

Cuando en el último semestre de la carrera en Fullerton, Jorge descubrió que existía el OCDT, encontró la plataforma perfecta para compartir su experiencia como dreamer. Era 2007 y él identifica ése como el año en el que sus dos identidades, la de indocumentado y la de queer, se cruzaron conscientemente. La primera vez que reconoció su estatus migratorio en público fue durante un foro de reclutamiento del OCDT. Sin poder evitar el llanto habló de las limitaciones que trae consigo la falta de documentos, de su rabia, de la frustración, de la sensación de que estudiar no vale la pena si después no puedes trabajar. Después de hacerlo la primera vez, vino otra, y otra y otra más. Jorge se fue volviendo más fuerte en la medida que hablaba de su estatus públicamente, incluso en entrevistas de televisión, utilizando el miedo como motor para convertirlo en algo positivo, hasta que llegó a un punto en el que se dio cuenta de que era incoherente abrirse completamente con esa historia y dejar su otra historia atrás.

—Sentía que yo iba en un carro manejando y que mi otra identidad iba en el asiento de atrás —me dijo una mañana mientras conversábamos en el UCLA Labor Center, el sitio en el que algunas organizaciones activistas disponen de un espacio para realizar trabajo de oficina—. Y empecé a notar que en el OCDT otros compañeros también eran queers, pero que no estaban contando su historia. Decidí que teníamos que hablar de eso y me animé: empecé a contar mi historia queer.

La primera reacción del grupo no fue la que Jorge esperaba. Algunos lo escucharon con cautela y otros de plano le dieron la espalda, pero lejos de manifestar amargura por ello, hoy lo describe como “un momento de reflexión para la organización, para ver qué hacían con eso”. Jorge continuó contando su historia cada vez que había una junta o que llegaban nuevos miembros, y poco a poco empezaron a aparecer los testimonios. Cinco años más tarde, el OCDT se jacta de ser una organización queer inclusive.

El momento de mayor orgullo para Jorge llegó en marzo de 2011, durante el congreso nacional de United We Dream en la ciudad de Memphis. A este evento llegaron más de doscientos dreamers de todo el país para asistir a talleres y entrenamientos en torno al futuro del movimiento tras el fracaso de la aprobación de la DREAM Act en Washington, DC, cuatro meses antes. Ahí le pidieron que contara su historia, en público, frente a los medios de comunicación. En ese momento decidió que si contaba su historia, la contaría completa.

—Empecé a hablar de los retos que había tenido como indocumentado y también comoqueer, y mientras hablaba iba midiendo la reacción de la gente, muy fuerte, muy intensa, pero yo no sabía si era porque estaban incómodos o porque se estaban conectando con mi historia. Terminé de hablar y les dije: “Si hay personas en la audiencia que se identifiquen como LGBT [lesbianas, gays, bisexuales y transgénero] indocumentados, por favor párense y acompáñennos”.

Durante varios segundos no ocurrió nada. Nada. Jorge sintió que se le detenía el corazón. Como un flashazo, en una fracción de segundo, se dijo a sí mismo que no importaba y que habría que seguir trabajando con lo que había. De pronto, un chico se puso de pie. Después otro, y otro, y otro, hasta sumar entre veinticinco y treinta jóvenes que salían doblemente de las sombras en un evento nacional. El sitio parecía caerse por la cantidad de aplausos, las lágrimas y los abrazos que empezaron a surgir espontáneos alrededor de los muchachos.

—Creo que ése fue el punto en el que el movimiento inmigrante tomó una nueva dirección y logró expandirse a otra área. Para los miembros de algunos grupos fue una sorpresa porque no sabían que entre sus filas había alguien que era queer y que no se había sentido en confianza para decirlo. Fue un momento de reflexión, de pensar en cómo transformar a las organizaciones para que los miembros se sientan seguros y puedan contar sus historias ahí. De ahí surgió QUIP, y eso ha otorgado a losundocuqueers una posibilidad no sólo de contar su historia entre ellos, no sólo de salir del clóset entre nosotros mismos, sino de crear liderazgo, de tener visibilidad también fuera de nuestra organización para que nuestras experiencias, identidades, prioridades sean consideradas en el trabajo político y en las campañas.

Llegó el último viernes de agosto y El Hormiguero estaba listo para recibir a quienes participarían en el evento undocuqueer. Jorge, vestido con jeans y una camiseta, de actitud sencilla y serena como de costumbre, esperaba a los asistentes. Ahí se encontraba Marcos, el fundador del sitio, y encontré algunos otros rostros conocidos, como el de Agustín, el de Ernesto, y desde luego el de Luis.

El ambiente era de una penumbra cálida. Un perrito de nombre Xólotl reconocía y daba la bienvenida a quienes llegaban. En la lustrosa mesa de centro en esta ocasión había tostaditas con dip y una caja de ginger ale. Yo llevé una charola con conchas, y aunque entre ellos hablan en inglés, las conchas son “pan”, en español. Do you want some pan?

La charla se inició con una introducción sobre la doble identidad, ser indocumentado y ser homosexual. Jorge habló de dos conceptos y de la forma en que transitar de uno al otro ayuda a sanar y a fortalecerse a uno mismo. El primero es la negociación, la respuesta a situaciones que fuerzan a quienes son indocumentados y queers a anular una o las dos identidades, para poder interactuar socialmente. El segundo concepto es la navegación, la respuesta razonada y elegida para sortear estas situaciones de la manera más conveniente para el involucrado. Los ejemplos abundaron: las situaciones en las que un hombre gay debe impostar la voz o abordar temas que normalmente no afronta para “encajar” en una situación “masculina”. Las ocasiones en las que una mujer gay debe tolerar los comentarios despectivos en contra de las lesbianas para evitar ponerse en una situación vulnerable. Y desde luego, las muchas ocasiones en las que todos deben mentir cuando hay una situación que involucra la existencia de documentos para estar en el país.

—Antes de entrar al movimiento yo hacía negociaciones conmigo mismo —ejemplificó Jorge—. Antes de entrar a una junta o a un evento decidía que ese día iba a ser sólo indocumentado, y en otra ocasión sólo queer. Era muy doloroso, pero lo hacía porque no tenía una comunidad, un respaldo. Ahora, por medio del trabajo personal que he hecho, he convertido ese proceso en una navegación: hago elecciones de manera estratégica, no dolorosa, como parte de un desafío. Sé cómo navegar para obtener recursos, para ser mejor líder, para ser mejor amigo, para obtener poder. Cuando navegas no te fuerza la situación; tú estás en control de ella y sacas de ella lo que es mejor para ti.

Algunos de los asistentes asentían con la cabeza, otros se quedaban pensando. Entre quienes estaban ahí se encontraban un par de chicas, algunos hombres y dos transgénero que pidieron que se refirieran a ellas en femenino. Cuando Jorge terminó de hablar llegó el momento de compartir las experiencias en un formato que me recordó al que muestran las películas cuando se refieren a grupos de autoayuda para alcohólicos, sólo que en este lugar el ambiente era acogedor, se sonreía mucho y Xólotl aparecía en el momento justo para romper la tensión. Aunque algunos se conocían de tiempo atrás, otros eran completamente nuevos en el grupo y yo sentí que estaba presenciando un momento único, que sería un parteaguas para más de uno de ellos.

Vine porque sé que en este momento tengo que proveerme a mí mismo con sanación para mi cuerpo y para mi corazón. ¿Por dónde empiezo? Estamos programados por tantas circunstancias…—Michael

Tuve la suerte de obtener un empleo de oficina tras graduarme. Aun cuando no lo digo abiertamente, siempre siento miedo. Es curioso ir a acciones de lucha por los indocumentados y no poderle decir a mis compañeros de trabajo que yo soy indocumentada, aunque yo sé que saben. Y encima de eso, soy homosexual. Y encima de eso, soy mujer. Y aun cuando estoy trabajando en una organización no gubernamental, siempre veo situaciones machistas. Mi jefe ha verbalizado que es homofóbico, pero es un viejo chicano poderoso y confrontarlo sería quemar mis puentes.—Margarita

El principal objetivo del movimiento chicano giraba en torno a la guerra de Vietnam, pero nadie metió otros temas u otra agenda, y eso fue un error. No voltearon a ver el tema de la inmigración sino hasta 2006, con las marchas, y eso porque tenían que seguir vendiendo sus libros; pero Rudy Acuña no ha incluido a los queers en las muchas ediciones revisadas de su best-seller Occupied America. Tal vez en 2040 veamos que hablan de los derechos de las jotas. Sé que apesta, pero es la verdad.—Marco

A veces siento que mi condición de indocumentada se superpone a todo lo demás porque estoy consciente de ella todo el tiempo: si estoy cenando fuera, si estoy de compras, si estoy con amigos. Pero no quiero que me vean como bisexual o como indocumentada; quiero que me vean como un todo. Eso es difícil porque las organizaciones queers no quieren ver nuestra situación de indocumentados, y las organizaciones pro inmigrantes no quieren ver nuestra identidad queer.—Rocío

Siento que en general en la sociedad están más abiertos a que seas indocumentado que a que seas queer.—Margarita

En ninguna organización y en ninguna universidad se mezclan las dos identidades. El único espacio donde se mezclan es en la comunidad.—Éricka

Yo nací en Estados Unidos pero me considero indocumentada porque no hay un documento que refleje mi identidad. Tengo mucho tiempo tomando hormonas y siento que estoy en medio; ya no me siento hombre y aún no me siento mujer, pero cada vez que lleno documentos para hacer un trámite me exigen que elija uno. Lo más difícil ha sido explicar a mi papá, colombiano y católico, que soy transgénero. Que no soy gay, que soy una chica.—Micha

Yo me considero un aliado, pero he visto a mis amigos peleando, trabajando para luego poder estudiar. Veo cómo han sido hábiles para superar esos obstáculos y hacer que las cosas ocurran. Eso me ha hecho sentir bendecido por tener documentos y no tener que ahondar en esa capa, pero enfrentamos muchas otras capas de discriminación, y en la cultura hispana aún más; así que yo he tenido que aprender a definirme a mí mismo: soy enfermero, latino, gordo y gay.—George

La gente empieza a pedirte que te dividas en piezas, pero los undocuqueers tenemos que entender que ésas son capas de identidades rotas. Es el problema, tener eventos en los que debes elegir si eres latino o si eres queer. Pero tenemos una serie de pequeños poderes: somos latinos, somos indocumentados, queer, mujeres; todo eso junto nos hace poderosos. Entendemos las varias capas de represión, pero somos capaces de unirlas para hacer un todo más fuerte.—Marcos

La verdad es que tendríamos que darnos un aplauso a nosotros mismos.—George

*****



Los labios trazados por fuera de su línea natural son el marco perfecto para la sonrisa extraña que se acentúa cuando María sin Papeles hace un chiste. La mayor parte del tiempo habla en inglés, pero las frases jocosas, las bromas que aluden a su personalidad, las hace en español.
I just crossed the border and my mamá was like “apúrate, cabrona”… I know some of you are thinking, “bueno ¿ésta qué, es prostituta o qué?”, but I can take it. I’m from Mexico, from Nayarit… Ay, estos eyelashes no me dejan ver nada. María sin Papeles came here to work, a chingarle. What do I do? I sell Avon. I have a brother back home and I take care of him.

La idea de crear al personaje de María sin Papeles surgió como parte de una iniciativa del OCDT en 2009. Un día, conversando algunos de los miembros, entre ellos Jorge, se les ocurrió que ya que estaban trabajando en el fortalecimiento de la identidad queer de la organización, no era mala idea armar un espectáculo con drag queens para recaudar fondos. Jorge lo planteó como una forma de divertirse y, al mismo tiempo, crear conciencia política. Ese año realizaron el primer evento, al cual asistieron unas ciento cincuenta personas. En los años posteriores ha crecido y se ha convertido en una cita anual; en el más reciente show lograron recaudar mil quinientos dólares.

Un día que estaban preparándose para salir a escena, maquillándose, poniéndose pelucas, a Jorge se le ocurrió que deberían crear personajes propios de la cultura mexicana.

—Me acordé de las telenovelas y de los personajes de las Marías de Thalía: Marimar, María Mercedes y María la del Barrio. Bueno, pues yo decidí ser María sin Papeles. La idea ha ido evolucionando y he tratado de presentarla de forma responsable, consciente. Es un personaje que puede platicar cosas que a lo mejor Jorge tiene miedo de compartir. Puede ser analítico, criticar el trabajo que yo hago, el de los compañeros y compañeras, y lo hace de forma muy creativa, no negativa; de forma que no sea dolorosa sino que ayude a reflexionar. Quise crear un personaje vulnerable pero que no fuera débil; es alguien a quien podemos encontrar en nuestras comunidades, con quien te puedes identificar.

María cuenta su historia ante el micrófono. Habla de cuando tenía seis años y corría alrededor de su mejor amiga, que en un guiño aspiracional resulta que se llamaba América. Habla de cómo más que la niña, lo que le interesaba siempre era la falda de la niña, la forma en que se arreglaba; de que sus amiguitas le ayudaron a encontrar su femineidad.

—Bueno, estaba entonces en el rancho, it was hard being a queer at six years old, all the boys taunting you when they’re in groups, porque cuando están juntitos bien machitos y bien cabrones, “no que sí, que ven pa’cá”, pero cuando están solitos… how’s it going —dice con voz melosa; la audiencia estalla en carcajadas—. Fue una gran transformación para mí llegar aquí esta noche, desde mi recorrido por el mall, encontrar los zapatos, probármelos, and then the familias watching me, y luego el niño “amá, amá, mira, mira”y la señora “ay m’ijo no mires, vente”. Ya vi a todos los que están aquí, todos muy seriecitos con sus diplomas durante el día, pero en las noches bien locas. Doesn’t matter, no one’s gonna ask you for your papers on the dance floor… not yet.

Antes de terminar su presentación, María agradece su presencia a todas las mujeres “y a mi mamá porque me dejó usar un corsé”; les pide que hagan un círculo y el dj suelta la primera canción. Los jóvenes dreamers se lanzan a la pista, los chicos bailan con María y las chicas la abrazan. Lejos quedan las leyes de Washington, los retenes que piden una licencia, las elevadas colegiaturas y el riesgo de deportación. Hoy cada quien es lo que sueña ser porque en la pista de baile nadie te pide tus papeles… al menos no por ahora.//

*Publicado en Gatopardo, Junio de 2013.

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