Todo por “una vida mejor”

La película por la que Demian Bichir está nominado al Óscar reabre el debate sobre el trato a los migrantes en Estados Unidos



Los Ángeles,  Estados Unidos (26 febrero 2012).- Son las siete de la mañana y en la entrada del Home Depot ubicado en Sunset Boulevard, en el barrio de Hollywood, una docena de hombres, todos latinos, esperan a que llegue el primer cliente. Un tipo rubio se acerca y, tras una breve negociación, tres hombres se van con él en una camioneta que lleva materiales de construcción: el “jale”, al menos por hoy, está asegurado.

Para quienes no están familiarizados con la realidad de los trabajadores indocumentados en Estados Unidos, la escena parece salida de una película: A Better Life, la cinta dirigida por Chris Weitz que aborda la vida de un trabajador indocumentado de Los Ángeles. Carlos Galindo es el personaje interpretado por el mexicano Demian Bichir, quien lo hizo tan exitosamente, que hoy se encuentra nominado a un Óscar como mejor actor.

Sin embargo, la vida de Galindo, el jardinero cuya fortuna pende de un hilo debido a que carece de papeles que le permitan trabajar legalmente, no es un asunto de ficción. Cada día a lo largo del país –afuera de un Home Depot, en las zonas de venta de materiales o en estacionamientos, en las paradas de autobús– 117 mil jornaleros viven su propia historia de película en busca de, en efecto, una vida mejor.

Pablo Alvarado conoce esta vida como pocos. Nacido en un hogar de campesinos en El Salvador, trabajó en la cosecha durante su infancia para ayudar a su manutención hasta los 12 años de edad, cuando en plena guerra civil se convirtió en profesor asistente de literatura. Con el paso de los años obtuvo sus credenciales de maestro, pero la necesidad de migrar a Estados Unidos sin documentos lo obligó a empezar de cero. En este país trabajó como jardinero, chofer, pintor y ensamblador, hasta que un día decidió organizar a otros trabajadores. Hoy es el coordinador de la Red Nacional de Jornaleros (NDLON), que promueve el liderazgo y la defensa de los derechos de los trabajadores inmigrantes.

Hace unas semanas Pablo viajaba de Los Ángeles a Nueva York, cuando en el avión proyectaron para los pasajeros A Better Life. La vio y le gustó.

“Sí es un reflejo fiel de lo que le pasa a un trabajador”, responde entusiasmado cuando se le pregunta sobre la actuación de Bichir. Pablo asegura que la historia pone un rostro a las decenas de miles de trabajadores que viven en el anonimato, y que de alguna manera la llegada de esta historia a la pantalla grande los dignifica.

“Históricamente el jornalero ha sido catalogado como sucio, alguien que orina en la calle o tira basura. Para nuestros adversarios es bien fácil usar esa imagen como un símbolo, pero esta película ayuda a eliminar esa simbología dañina y a presentar una imagen humana de nosotros”, agrega.

El asunto es que para cambiar la situación de los jornaleros indocumentados, una película no es suficiente. Datos de la Encuesta Nacional de Jornaleros publicados por UCLA confirman lo que ya se sabe pero a veces es cómodo ignorar: a los jornaleros indocumentados se les contrata para realizar actividades peligrosas sin las medidas de protección adecuadas –inevitable recordar al personaje de Bichir trepando a una palmera–; en muchas ocasiones se les niega el pago; suelen ser insultados por quienes los contratan, e incluso por transeúntes que les gritan consignas antiinmigrantes o les arrojan objetos desde vehículos en movimiento. Para más del 80 por ciento de estos trabajadores, hombres en su gran mayoría, el ingreso que obtienen por el trabajo informal es el único que perciben. Durante un mes bueno pueden llegar a ganar mil 200 dólares, pero en los malos perciben 500 o menos; el promedio de ingreso anual para un jornalero es de 15 mil dólares, lo que los coloca en, o por debajo, de la línea de pobreza en Estados Unidos.

“En términos concretos esta película no va a lograr que la vida de los jornaleros que piden un trabajo en la calle sea mejor”, comenta Pablo Alvarado, quien a través de la red de NDLON planea realizar al menos 100 presentaciones de la película a lo largo del país en las próximas semanas, “pero logra presentar un lado diferente de la historia y es un inicio, porque ante el lenguaje de odio contra los inmigrantes que estamos viendo en Alabama, o en Arizona, la película presenta un lado humano ante el horror, como lo hizo el movimiento de derechos civiles de los afroamericanos. La gente se vio reflejada en él, pero eso tomó muchos años de lucha y sufrimiento. Realmente nosotros estamos en pañales, y el movimiento para reformar las leyes de inmigración va a estar más duro”.

Jorge Mario Cabrera sabe esto por experiencia. Durante sus años de trabajo como director de comunicación de la Coalición de Los Ángeles para los Derechos Humanos de los Inmigrantes (CHIRLA), le ha tocado lo mismo cabildear con legisladores en Washington D.C., que recibir amenazas de muerte por parte de organizaciones antiinmigrantes. Aún así, Jorge Mario considera que las cosas sí pueden cambiar, y para ello, esta película ayuda.

“Yo siento que, en ausencia de otros ejemplos, ésta es una representación positiva”, comenta.

CHIRLA es una de las primeras organizaciones que han dedicado sus esfuerzos a educar jornaleros en el conocimiento de sus derechos laborales. Algunos de estos jornaleros participaron en la grabación de A Better Life. El activista cuestiona algunos de los estereotipos utilizados en la película, como retratar un Este de Los Ángeles dominado por las pandillas que, asegura, no necesariamente son la realidad de todos los barrios latinos ni de una ciudad multicultural. Sin embargo, ¿cuántas veces se ve en cine de Hollywood a un personaje inmigrante como Carlos Galindo, trabajador, con estándares éticos, conduciéndose con integridad?

“Algún día llegará el momento en el que el establishment de Hollywood tenga el valor y los apoyos para permitir que se represente a nuestra comunidad como es; por lo pronto esta película, al ser cine comercial, puede tener influencia en la opinión pública, en las salas de cine a donde asiste gente común y corriente; tenemos la esperanza de que los que votan por quienes proponen medidas antiinmigrantes lo piensen dos veces”, señala Jorge Mario.

Pablo Alvarado es más directo: “Hollywood sí está entendiendo a los trabajadores, pero Washington D.C. no”.

 *****

La comunidad de la preparatoria Panorama, en Los Ángeles, está de fiesta: maestros, estudiantes, y padres de familia se han dado cita para “ir al cine” en el auditorio escolar. Hoy se presenta A Better Life, y dada la poca difusión que tuvo la cinta durante su estreno comercial, todos tienen interés en verla. Ubicada en Panorama City, un vecindario con casi 70 por ciento de población latina, esta escuela brinda educación académica, física y artística a jóvenes de clase media baja y baja, en una zona en la que las pandillas y los altos índices delictivos son cosa común. Nueve de cada 10 estudiantes en la preparatoria Panorama son latinos.

La historia conmueve genuinamente a la audiencia. Al terminar la proyección todos aplauden, algunos tienen lágrimas en los ojos, y la expectación crece: Chris Weitz, el director de la película, entra en el auditorio para participar en un foro junto con algunos de los actores, una estudiante indocumentada y un par de políticos en campaña.

Weitz viene llegando de Washington D.C., en donde hizo una presentación del filme ante las autoridades del Departamento del Trabajo estadounidense. “Es nuestra manera de contrarrestar los estereotipos que promueven los republicanos”, asegura Weitz, quien describe su película como “una ventana para que algunas personas vean un tipo de vida del que no sabían nada”.

No es el caso de quienes están ahí. José Julián, el joven actor que da vida a Luis Galindo, el hijo del personaje que encarna Bichir; Myasha Arellano, la estudiante de Panorama que abiertamente reconoce no contar con documentos; el concejal de Los Ángeles, Tony Cárdenas, en cuyo distrito se encuentra este barrio; todos han vivido directamente, en su propia familia, la realidad indocumentada. Para quienes están en esta sala, A Better Life no es una obra de ficción.

“Yo crecí en la misma área donde se filmó la película, así que para mí esto es normal”, explica José Julián. Su madre llegó indocumentada a Estados Unidos procedente de México, y él creció viviendo lo que vive su personaje. Por eso para el actor, la mayor sorpresa tras el rodaje ha sido descubrir cuánta gente en Los Ángeles no está familiarizada con la realidad de un jornalero inmigrante. “Ellos ahora tienen la opción de verla, y es su decisión si escuchan o no”.

Los panelistas invitan al público a participar. De en medio de la sala se oye una voz que hace que volteen las miradas. Es un hombre maduro, vestido con ropa de trabajo, acompañado por dos niñas sonrientes.

–”Yo en esta película me sentí identificado cuando el señor iba manejando y llegó la policía y él estaba lleno de miedo”, comenta. Se llama Guillermo y es originario de México, padre de cinco hijos y trabajador en la construcción. Parte de su trabajo consiste en manejar un camión, pero él, como Carlos Galindo, no tiene papeles. En dos ocasiones lo ha detenido la policía y, al no contar con una licencia para conducir, le han retenido el camión –que más tarde recupera la empresa para la que trabaja– y lo han citado en una corte para fijarle una multa. En la primera ocasión fue de 500 dólares; en la segunda, más de mil. “Estoy seguro de que la primera vez no me pararon por una infracción, sino porque me vieron mexicano”.

Padres e hijos van compartiendo testimonios con los sentimientos removidos por la película del inmigrante de Bichir. El concejal Cárdenas habla de lo mucho que ha significado para él porque su papá, inmigrante, también fue jardinero. “Es parte de las personas que han trabajado fuerte para que la siguiente generación, gente como ustedes, pueda tener una vida mejor sin perder sus valores en el camino. Es más, de quienes estamos aquí, pónganse de pie aquellos cuyos padres vinieron a Estados Unidos buscando para sus hijos una vida mejor”. La mitad de los presentes, incluido él, se levantan de sus asientos.

*****

Es viernes por la noche y Hollywood Boulevard está a reventar. Frente al Teatro Kodak, el sitio en el que se celebra cada año la entrega de los Óscares, los turistas se toman fotografías sobre las aceras ante las estrellas con los nombres de sus artistas favoritos; o con los actores que, caracterizados como personajes de película –un Supermán aquí, un Darth Vader allá, dos o tres Marilyn Monroe–, posan para las cámaras en la foto familiar por una propina de uno o dos dólares.

Sin embargo, el domingo siguiente el ritmo en este lugar cambia. Falta una semana para la ceremonia y los preparativos empiezan desde ahora: las calles se cierran para instalar lo que será la alfombra roja, que se coloca de acera a acera a lo largo de una cuadra, impidiendo por completo el tránsito vehicular por esa zona. El paso de los peatones también se ve limitado: las estaciones de televisión montan tarimas, andamios y grúas para obtener el mejor ángulo desde varias horas antes del gran evento, y todo este borlote afecta a los negocios de la zona, a los trabajadores callejeros y a los vendedores ambulantes.

Rodolfo trabaja en uno de estos negocios. El local que alberga a Star Magnet, la tienda de souvenirs en donde atiende por las tardes, se encuentra a unos pasos del Teatro Kodak. Ahí, los turistas pueden comprar desde imanes y llaveros con su nombre grabado en una estrella como las del Paseo de la Fama, hasta una réplica de la estatuilla Óscar por 7.99 dólares. La suerte del negocio depende de la temporada: verano, las fiestas decembrinas y el mes de abril son bastante buenos; el resto del año los dueños del negocio batallan para que salga la renta. A la muy mala segunda mitad de febrero en términos de turismo, se suma la llegada del Óscar. Con el cierre de la calle, los autobuses de turistas que usualmente se paran frente a la tienda dejan de hacerlo, y con el cierre peatonal, ni siquiera caminando pueden llegar los clientes; quien quiera ir a su tienda tiene que dar un rodeo de varias cuadras.

Eso lo sabe Rodolfo, quien por ser indocumentado no puede conducir un auto; el autobús del transporte público que lo lleva al trabajo tampoco puede pasar, y él tiene que caminar diez minutos más para poder llegar. “Y el mero día del Óscar, los dueños de plano cierran, porque no se hace nada de dinero. La ciudad debería de pagarles a los dueños, porque la ciudad gana, pero ellos de todas maneras tienen que pagar la renta”, dice convencido. Aunque algo bueno sale de todo esto: este día podrá estar en casa viendo la ceremonia, en donde, confía, el Óscar al mejor actor le será entregado a Bichir.

También Verónica espera que el Óscar lo gane Bichir. Vestida con un traje de la Mujer Maravilla que resalta su cuerpo de modelo, esta chica originaria de Tijuana recorre la acera frente al Teatro Kodak saludando a los niños, recibiendo las miradas de los papás, y posando con toda la familia para una foto. Verónica es otra de las trabajadoras afectadas por el cierre de las calles: el turismo no circula y su ingreso a veces se vuelve nulo. Al hablar sobre la posibilidad de tener una vida mejor de este lado de la frontera, la joven asegura que a ella en realidad no le gusta Los Ángeles. “Hay mucha gente loca en la calle, y sí es un lugar aparentemente mejor, pero te tratan mal, no puedes hacer nada. Muchos piensan que al llegar acá ya te va a ir muy bien, pero la realidad es que hay que trabajar mucho para poder sobrevivir”.

Karla, de 19 años, lleva ocho aprendiendo esta lección. Empujando un carrito con una parrilla caliente encima, recorre la calle más glamorosa de la ciudad a la voz de “hot dogs, hot dogs, hot dogs”. Mientras maneja una palita con destreza para que no se pegue el tocino en la parrilla, Karla mira de reojo a los turistas en bermudas, a las chicas rubias que se dirigen a los centros nocturnos, a las limusinas que pasan por Hollywood Boulevard como cada noche de viernes. También está atenta a la policía, porque en cualquier momento llegan y los corretean a ella y a sus compañeros para quitarles la mercancía. Si logran esquivarlos, venderá –en un día bueno– 80 dólares; en uno malo, apenas 30. Esto es mejor que cuando entregan el Óscar: ese fin de semana, asegura, ni siquiera se acerca, porque no los dejan pasar.

Para Karla, la idea de una vida mejor tiene que ver con su salida de su natal Puebla. “No te creas, no es tan fácil; hay que pagar renta, trabajar lejos de la familia, de la mamá, del papá. Pero primero Dios sí es una vida mejor para mi niña”, reconoce. Aunque dice que no ha visto la película, Karla sabe que el protagonista de A Better Life está nominado y sonríe ampliamente: “ojalá gane el Bichir. A él no le cobraba el hot dog, a él se lo regalo; hasta dos”, confiesa un poco chiveada y muerta de la risa. Después empuja su carrito y se para justo frente al Teatro Kodak, hasta donde vendrán los Óscar este domingo.

Por la alfombra roja caminarán los nominados: Brad Pitt, George Clooney y, desde luego, Demian Bichir. Pero Karla no estará ahí; lejos del glamour y las cámaras, este será un día perdido de trabajo.

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