La frontera entre la vida y la muerte. Crónica del nuevo exilio mexicano

Desde 2008, cerca de cien mil mexicanos se han visto obligados a dejar su residencia en Juárez y se han mudado al área de El Paso, en Estados Unidos. Allí se encuentran con una realidad inhóspita. En medio de este exilio involuntario, un hombre, Carlos Spector, se ha dedicado a guiarlos y protegerlos. Ésta es la historia del abogado que lleva sobre sus hombros el peso de la tragedia de familias enteras y para quien cada día es una lucha contra el drama de la migración. Pero también es la historia de miles de víctimas que han encontrado una esperanza en el asilo político.

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El desierto es canijo. Cada vez que sopla el viento, la carretera que lleva al pueblo se cubre de polvo, de una tierra que se pega a los autos, a los zapatos, a la lengua. Las orillas de las calles están bordeadas por ese terregal que separa al pavimento de las austeras viviendas de una planta, de tonos grises, ocres o pastel, cercadas con reja de gallinero. Algunos arbolitos crecen retando la aridez entre los triciclos de los patios y la ropa que se seca al sol. Parece que estamos en Guadalupe, en el Valle de Juárez, Chihuahua; la Iglesia de El Nazareno, la tortillería del supermercado, el letrero de comida casera ayudan a crear la ilusión. Pero antes de dar la vuelta en la carretera, en el punto donde acaba el desierto raso y empieza la línea de viviendas polvorientas, un tímido letrero marca territorio: se encuentra usted en Fabens, estado de Texas.

La distancia entre Fabens y Guadalupe son quince kilómetros partidos a la mitad por el Río Bravo, en el cruce fronterizo entre Estados Unidos y México, unos minutos al este de los puentes entre El Paso y Ciudad Juárez. La avenida Lower Island, de este lado, se convierte en la calle Cruz Reyes de aquel. Detrás de un letrero que dice Estados Unidos Mexicanos empieza otra línea de casas que es como un espejo: los mismos colores, los arbolitos retadores, la tierra que bordea el camino; los mismos nombres, los mismos apellidos. La diferencia es que en Guadalupe, las casas se quedaron solas. A los que vivían ahí los empezaron a matar. Los que quedaron vivos fueron amenazados, extorsionados, mutilados; agarraron un par de cosas, o a veces ninguna, cruzaron la frontera y no volvieron.

Los que salieron de Guadalupe llegaron a Fabens sin nada. No saben hablar inglés, no tienen ahorros, no tienen muebles, no tienen propiedades, no tienen documentos. Algunos no tienen consigo ni un viejo álbum con fotos familiares. A Fabens llegaron sin sueños, sin certezas, con la única esperanza de sobrevivir.

A Fabens llegaron con la vida a cuestas y nada más. La distancia entre Fabens y Guadalupe es la distancia entre la vida y la muerte.

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Conocí al abogado Carlos Spector a principios de 2013 en un restaurante de El Paso llamado ¡Ándale! cuyo logotipo es un personaje panzón y con sombrero que come tacos. Cuando uno entra al lugar parece que llega a una feria de pueblo, con tejabanes y rejas sobre falsas ventanas para recibir falsas serenatas. Un regordete imitador de Joan Sebastian canta con buena voz para una escasa audiencia que suplica que el tipo se vaya. Sandra, la esposa de Spector, me recibe afectuosa en la entrada y buscamos una mesa lo más lejana posible del ruido.

Sandra es una mujer que se ve sensacional a sus sesenta años. Es veterana activista social y de la organización sindical en Texas. Se le notan los años en las líneas de expresión del rostro, pero nada más. Tiene los ojos vivaces y el pelo negro brillante. La energía con la que mueve las manos la hace verse jovial y llena de vida. Ese día llevaba botas sobre unos pantalones ajustados y un suéter bajo otro suéter; era enero y el frío de las noches era un recordatorio de que estábamos en el desierto. A pesar de que el inglés es su primer idioma, Sandra habló todo el tiempo en español.

Unos minutos más tarde, con paso seguro, llegó Carlos. Su aspecto me tomó por sorpresa. Anteriormente lo había visto en fotografías y en videos: el mismo pelo rubio rojizo, la piel blanquísima, la nariz prominente, bigotes, patillas y una barba un poco desaliñada, pero su figura robusta, la voz gruesa y la energía al hablar, lo hacían ver imponente. El Carlos de ahora era otro: veinte kilos menos, la piel del rostro caída, los ojos empequeñecidos y la voz ligeramente rasposa, ahogada. Sandra me contó entonces que su esposo fue diagnosticado con cáncer en la laringe unos meses atrás. Tras un agresivo tratamiento con radiación, se encontraba en plena recuperación.

El abogado pidió agua sin hielo y empezó a hablar acompañando la voz con las manos. Spector tiene la actitud de los oradores exitosos, con un toque de predicador pero sin arrogancia. Sonríe, es apasionado y en otras ocasiones que lo he visto me ha parecido que trasluce un genuino interés por los casos que desde hace unos meses ocupan su tiempo, la actividad de su despacho y toda su energía: los mexicanos exiliados en Estados Unidos debido a la violencia en México.

—Todo es político —me dijo Spector el día que nos conocimos—. El asunto tiene que volverse político para lograr la defensa de quienes piden asilo, para que el gobierno de Estados Unidos entienda lo que pasa.

Spector se refiere al historial de sus representados y a los motivos por los cuales tuvieron que cruzar la frontera. En marzo de 2008 entró en acción el Operativo Conjunto Chihuahua, la estrategia del gobierno del entonces presidente de México, Felipe Calderón, para lograr la desarticulación de los grupos delictivos en ese estado. Compuesta por dos etapas, esta acción desplegó en su primera fase a cerca de diez mil elementos, entre militares y policías federales, para tomar el control del estado mientras se hacía una “limpia” en las policías municipales y estatales, vinculadas con frecuencia con los cárteles del Golfo y Los Zetas en ese estado. La segunda fase consistió en capacitar a los nuevos elementos locales para dejar la entidad bajo su control. Pero tanto las cifras oficiales como las denuncias de los grupos defensores de derechos humanos volvieron evidente que la situación empeoró durante esos años: secuestros, extorsiones, allanamientos de morada y asesinatos se volvieron la nota diaria para una sociedad que perdió de vista la línea que separaba a la delincuencia de la autoridad. No habían pasado ni cuatro meses de iniciado el operativo, cuando Spector empezó a recibir los primeros casos de la que sería una ola de activistas y periodistas de Chihuahua buscando asilo político en Estados Unidos.

Emilio Gutiérrez, un periodista de Ascención, Chihuahua, fue quien inició el éxodo. A él le siguió Cipriana Jurado, quien en 2011 se convirtió en la primera activista defensora de Derechos Humanos cuyo caso fue aceptado en Estados Unidos. Las páginas de la prensa mexicana primero, y luego la internacional, se fueron llenando con las historias de los casos de Spector: la de Marisol Valles, la jefa de policía del municipio de Práxedis G. Guerrero, a quien calificaron como “la mujer más valiente de México”; o la de Carlos Gutiérrez, el empresario de Chihuahua al cual le cortaron las piernas por no reunir el dinero para pagar la “cuota” de su negocio, y quien, usando unas prótesis, hace unos meses emprendió una caravana en bicicleta hasta la representación del gobierno mexicano en Austin, Texas, para pedir justicia para las víctimas. Uno, otro, otro más se sumaron, hasta que llegaron con Spector los protagonistas de la que es tal vez la historia emblemática en los casos de exilio por violencia en el Valle de Juárez: la familia Reyes Salazar.

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De un total de diez hermanos, cuatro de ellos hombres, Saúl Reyes Salazar es el único varón que aún vive. En el curso de dos años y medio, seis miembros de su familia, entre ellos dos hermanos y dos hermanas, fueron asesinados debido a su militancia de izquierda y su actividad en defensa de los derechos humanos. Saúl pisó México por última vez en abril de 2011. Él, su esposa y sus tres hijos llegaron a Estados Unidos como parte del clan de más de treinta familiares que hoy se encuentran en ese país huyendo del exterminio. Doña Sara, su madre, lo alcanzó poco después. Saúl recibió el asilo político en enero de 2012; muchos de sus familiares aún esperan la resolución de sus casos. La historia de los Reyes ha dado la vuelta al mundo como la evidencia de la persecución, la violencia extrema y la dolorosa impunidad que se vive en México.

—No queríamos salir. A nosotros nos enseñaron que teníamos que pelear por nuestro país, y nosotros nos dábamos cuenta de que el país estaba mal, pero queríamos quedarnos para mejorarlo —me contó Saúl Reyes más adelante, durante una cena en un restaurante de comida china, acompañado por su esposa, sus hijos y doña Sara—. Cuando voy a hablar a las universidades y me preguntan por qué vine, les digo que yo no vine, que a mí me “pucharon”.

Cuando el caso de los Reyes llegó a manos de Spector, el abogado empezó a identificar un patrón.

—No eran los casos aislados de solicitud de asilo; esto era distinto —recuerda con un gesto severo, las manos expresivas, los ojos abiertos—. Dada la experiencia que teníamos en movimientos sociales, supimos que éste era un problema político y que la solución tenía que ser política también. Y como parte de ello creamos la estrategia legal. Así que decidimos concentrarnos en aquellos individuos que, ante el ataque, estaban enfocados en la protección de la democracia: periodistas, activistas sociales y derechohumanistas.

Spector explica su uso de los términos: un derechohumanista es aquel que se dedica profesionalmente a la defensa de derechos humanos, a diferencia del activista, quien busca justicia ante la omisión del Estado; por ejemplo, los familiares de los desaparecidos. En pocos meses, el despacho de Spector tuvo en sus manos una lista de 21 derechohumanistas asesinados. En ninguno de los casos se había hecho justicia.

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El interés de Carlos en estos casos va más allá de la empatía: él mismo se siente uno de ellos. Nació en 1954 en El Paso, se describe como “pocho” y se siente mexicano. Su madre era de Guadalupe. En cuanto hay oportunidad, el abogado habla sobre unas fotos de su abuelo junto al general Lázaro Cárdenas cuando el primero era presidente municipal del pueblo. Como ocurre con todas las comunidades de la franja fronteriza, durante su infancia y juventud la casa familiar “del otro lado” era una extensión de su propio hogar. Para Spector, los casos de asilo que vienen de Guadalupe son un asunto personal.

—Sabíamos por el chisme familiar que estaba la cosa muy mal, que había entrado el Chapo Guzmán en 2008, y que estaban matando a los líderes de La Línea —dice Spector sobre el cártel local de la zona de Juárez. Entre ese grupo, añade sin inmutarse, estaban algunos de sus parientes “un poco alejados”, de manera que conocían los detalles—. Entonces nos llega una llamada de los derechohumanistas de Juárez diciendo que la familia Reyes Salazar quiere pedir asilo político.

Al tomar el caso de esta familia, Spector se dio cuenta de que no se trataba únicamente de ellos: este caso era sólo el botón de muestra de la represión que estaba viviendo un pueblo. Ya sea en Guadalupe, Juárez, Chihuahua o México, para el abogado lo que ocurre en el espacio micro es un reflejo del problema a gran escala, y analizando la relación entre la sociedad civil y el Estado en Guadalupe, dice, se puede analizar el esquema que opera en todo el país. Uno que en varias ocasiones ha sido descrito por quienes denuncian la situación de violencia en México como “crimen autorizado”.

—Cualquier pueblito chico es México grande. ¿Quién controla la tienda, la tortillería, la gasolinera, el banco? ¿Quién controla eso en cada pueblo? Los cárteles. Empecé a analizar la situación en términos de crimen autorizado: los criminales no funcionan sin autorización del Estado, sea a nivel municipal, estatal o federal.

Spector habla de manera apasionada sobre cómo México expulsa a su gente, pero no sólo eso: a quienes solicitan asilo en Estados Unidos, en México suele calificárseles de traidores.

—El país no quiere ver lo que está pasando, pero espera que quienes están bajo ataque se queden a defender con la vida y hasta la muerte al país que los expulsa —asegura.

Estamos en la sobremesa tras nuestra cena en el restaurante mexicano y el abogado gesticula para compensar la falta de fuerza en la voz. Le preocupa el hecho de que, desde que el PRI regresó al gobierno federal en 2012, bajo la presidencia de Enrique Peña Nieto, el discurso gubernamental sostiene que en México todo está bien. Un discurso que el gobierno estadounidense ha comprado, que los medios repiten y que permea parte de la opinión pública internacional.

—Con ello lo que provocan es que el asilo en Estados Unidos les sea negado a quienes lo están pidiendo, aunque la extorsión y la amenaza de muerte sigan ahí, en la calle, en la vida cotidiana —dice airado—. Quienes viven en esta zona lo saben. Las autoridades de Estados Unidos no están preguntando la razón por la que la gente viene sin papeles, y en esta zona, en los años recientes, la razón para venir es el miedo, escapar de la extorsión. La falta —ingresar al país sin documentos— se vuelve un delito, pero eso no le quita a la persona la calidad de víctima.

Estamos por salir del restaurante pero Spector se detiene para contar un chiste que, dice, le contaron unos paisanos detenidos en inmigración:
—Van en una camioneta un hondureño, un salvadoreño, un mexicano y un guatemalteco. ¿Quién va manejando? —hace una pausa—. ¡Pues la migra! —se responde a sí mismo atacado de la risa.

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Martín Huéramo está nervioso. Entra en la oficina de Carlos Spector caminando con paso firme, pero juega con las manos, busca dónde sentarse, se mueve impaciente. Huéramo es un hombre de 46 años, de figura robusta, piel tostada por el sol y un bigote tupido que enmarca una sonrisa suave. Forma parte del grupo de exiliados que salió de Guadalupe y llegó a Fabens, y dentro de unos días tendrá una audiencia con el juez que revisa su caso de asilo: de la exposición de argumentos que realicen él, Spector y algunos otros testigos, y de las pruebas que presenten, depende su futuro y el de sus hijos.

Spector es duro cuando habla con Huéramo y todo lo que le dice tiene un sesgo político. Sentados del mismo lado del escritorio color caoba de Spector 2028—desde el cual, balanza en mano, parece que los espía una escultura de la Justicia—, conversan sobre los aspectos débiles de la defensa, los puntos en los cuales podrían encontrar obstáculos para argumentar el asilo. El abogado es directo, obliga a su cliente a concentrarse y le pide algunos documentos. En esas citas impersonales frente a un juez se va definiendo, uno a uno, el destino de los exiliados.

Antes de ser abogado, Spector ya pensaba en ese idioma político que domina tan bien. Cuando ingresó a la escuela de Derecho, a los 30 años de edad, contaba con una maestría en Sociología y un historial de trabajo con organizaciones vinculadas a los movimientos populares centroamericanos y mexicoamericanos. Eran los ochenta, la amnistía estaba por llegar, y fue en esa época también que conoció a Sandra Garza, hoy Sandra Spector.

La familia de Sandra es originaria del sur de Texas “antes de que México fuera México, cuando era territorio español”, como le gusta explicarlo a Carlos. Sandra se involucró en el movimiento proinmigrante encabezado por Humberto “Bert” Corona, el activista chicano que lideró movimientos sindicales y de defensa de inmigrantes indocumentados —postura que en algún momento provocó el distanciamiento de su compañero de lucha por muchos años, el líder campesino César Chávez—. A esta combinación formativa para la joven Sandra se sumó, además, su trabajo con los jóvenes estudiantes que salieron de México tras la masacre estudiantil de 1968 y el “halconazo” de 1971.

—Conocí a Sandra cuando era organizadora de The Ladies Garment Workers Union, un sindicato aquí en El Paso —me cuenta Carlos con una sonrisa. Ha pasado un año desde nuestra conversación en el restaurante de El Paso y hoy nos hemos vuelto a encontrar en la oficina del escritorio caoba, en un edificio ubicado en una esquina de un barrio popular en la misma ciudad. Spector es otro: ha ganado peso aunque aún se conserva esbelto, y la intensidad del pelo, la barba, la mirada y la voz han regresado—. Unos amigos me dijeron: “Tienes que conocer a esta muchacha, está haciendo lo que tú haces”. Cuando me la presentaron vi que estaba involucrada en lo que yo hacía y encontré a una mujer que me iba acompañar, a veces seguir, y a veces guiar, en la lucha social que emocional y políticamente es tan costosa.

Los Spector han vuelto de esa lucha su forma de vida. Carlos ganó su primer caso de asilo político de un ciudadano mexicano en 1991, pero fue a partir de los casos de Chihuahua que se convirtió en un experto en el tema. Cuando llegó la oleada de exiliados, Carlos, Sandra, su hija Alejandra, y un par de personas más en su oficina se empezaron a hacer cargo de ellos bajo el esquema que en Estados Unidos se conoce como “pro-bono”. Ganar casos de asilo político para mexicanos no ha sido negocio, pero le ha dado notoriedad al despacho de Spector; hoy maneja los casos de 250 clientes, unas 100 familias, y una a una van cayendo las aprobaciones. En el caso de los Reyes, por ejemplo, de 22 solicitudes de asilo en curso, a principios de —, habían sido aprobadas siete; hay una buena probabilidad de que las demás sigan el mismo curso. Esta cifra no tiene precedente si se revisa la estadística nacional: de cada cien mexicanos que solicitan asilo en Estados Unidos, a 98 les es negado.

La tendencia no mejora mucho cuando se ve el total de solicitudes presentadas por individuos originarios de cualquier país. Según el Departamento de Justicia de Estados Unidos, de 3 mil 650 solicitudes de asilo presentadas en 2008, sólo 73 fueron aceptadas. Para 2011 el número de solicitantes se había duplicado, pero de 7 mil 616, únicamente 107 resultaron positivas. En el año fiscal 2013 las peticiones alcanzaron las 27 mil 546; aún no se cuenta con la cifra de aprobaciones.

El recurso del asilo político, establecido por la Organización de las Naciones Unidas en 1952, permite que las personas que sufren persecución soliciten refugio en un país si pueden comprobar que dicha persecución tiene como motivo una o más de cinco categorías: religión, raza, minoría nacional, opinión política o membresía en un grupo social. La persecución puede ser realizada por el Estado o por un grupo particular de quien el Estado no puede o no quiere proteger al individuo. El problema, afirma Spector, es que los criterios para evaluar las condiciones para el asilo no se han ajustado a los cambios en el orden político mundial. Un Estado fallido o corrompido como el mexicano en la actualidad no corresponde necesariamente a la descripción de fascismo o comunismo que domina desde hace décadas en el criterio estadounidense.

Cuando la familia Spector decidió que se embarcaba en los casos de asilo surgió Mexicanos en Exilio, la organización conformada por quienes han llegado a la zona de El Paso huyendo de la violencia en Chihuahua para llevar su caso legal con Spector. El objetivo de la organización no es solamente lograr el asilo; es denunciar la violencia que sigue existiendo en México, orientar a quienes salen del país huyendo de ella, y exigir a las autoridades mexicanas justicia en los asesinatos y las desapariciones. Pero en 2012, justo cuando la organización empezaba a tomar forma, llegó el parteaguas en la vida de Carlos: el cáncer lo golpeó y casi lo manda a la lona.

—Justo cuando estábamos arrancando me dio cáncer de la garganta, de la lengua; no podía hablar ni comer. O me querían callar, o me querían mandar un mensaje: que tenía que empezar a pensar. Recibí quimioterapia y durante esa época pude saborear la muerte —dice con voz grave, haciendo pausas, la mirada puesta en los cuadros de artistas chicanos que decoran la oficina—. Pensé que ya me iba y me di cuenta de que la vida era muy corta y que tienes que hacer algo que te llene el alma; bueno, hoy sé que esto es lo que me llena el alma. Yo no fui a la escuela de Derecho para hacer dinero, yo fui para hacer justicia; y en medio de la enfermedad recibir a un Carlos Gutiérrez, a quien le cortaron las piernas, diciéndome “ánimo”; o a Saúl Reyes, a quien le mataron a los hermanos, para decirme “no te agüites”, me dio la claridad de que sí estamos haciendo una diferencia. Ellos nos están salvando a nosotros el alma.

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La última noche del 2013, la casa de Saúl Reyes estaba llena de luz. Saúl, su esposa Gloria, sus hijos, su madre doña Sara y seis o siete amigos más fueron llegando para la cena de fin de año. Entre ellos se encontraba Martín Huéramo, amigo de batallas políticas de los hermanos Reyes allá en Guadalupe, y hoy hermano de vida de Saúl.

Saúl vive en ese nido de casas en medio del desierto que es Fabens. Los últimos datos del Censo dicen que en Fabens hay 8 mil 250 habitantes, de los cuales 97 por ciento es latino y 90 por ciento mexicano. Como la cifra es de 2010, y gran parte de la migración por exilio a esa zona inició justamente ese año, es difícil saber en qué medida la población ha aumentado o si ha cambiado su composición. Lo que sí es un hecho es que muchos de quienes viven aquí llegaron recientemente: tras un recorrido por las calles areniscas es fácil percibir que más o menos la tercera parte de las viviendas no son edificios, sino casas móviles que en este país se conocen como tráilers; trailas, de acuerdo con la pronunciación popular.

En las trailas viven personas en la situación de Saúl o de Martín: no tienen los recursos para comprar un terreno o una casa y les resulta oneroso pagar una renta en un apartamento. La traila tiene un costo menor y, aunque el espacio es muy reducido, cuenta con los servicios básicos, generalmente un área de cocina con estufa de gas, un baño, instalación eléctrica y habitaciones divididas. Saúl consiguió una traila instalada en un terreno en una esquina cercado por una reja; la traila no está en muy buen estado pero es de buen tamaño, de manera que su madre y sus hijos tienen espacios pequeños pero propios. Como se ha podido la han ido adaptando. El corazón de la traila es la mesa de comedor, en torno a la cual se van sumando sillas conforme llega la gente. Saúl los recibe y los hace sentir bienvenidos.

Momentos antes de la cena, mientras las mujeres se hacen cargo de los últimos detalles, Saúl y Martín conversan. Martín habla de la magnitud de la migración desde Juárez hacia El Paso. Debido a las políticas de las ciudades fronterizas, son muchas las personas del lado mexicano que cuentan con un documento que les permite el cruce hacia el otro lado; otros tienen hijos que son ciudadanos estadounidenses, o incluso ellos mismos lo son. Como sea, ante el aumento de la violencia y la crisis que ésta dejó en Juárez, en la zona del Valle, y en la misma ciudad capital, Chihuahua, la gente viene a El Paso y decide no volver. El resultado, asegura Martín, es que en pocos meses se perciben cambios en las zonas de mayor asentamiento de exiliados, tales como la saturación en escuelas debido al número de alumnos de nuevo ingreso, o el incremento del tráfico vehicular en las vías rápidas que conectan a los suburbios con El Paso.

Uno de estos suburbios es Fabens. Resulta una paradoja que, de todos los lugares posibles para migrar, estos habitantes de Guadalupe hayan terminado en el pueblo espejo del suyo. Cuando les pregunto si esa es la razón para haberse instalado aquí, la posibilidad de sentir en Texas el mismo aire que circula por su pueblo en Chihuahua, ahí, a unos pasos de la frontera, ambos sonríen. Saúl asegura que la razón es que vivir en Fabens es mucho más barato. Sus primeros meses en El Paso estuvieron llenos de incertidumbre y carencias. Saúl decidió traer a su familia tras el secuestro y asesinato en febrero de 2011 de sus dos hermanos, Malena y Elías, y la esposa de éste, Luisa. Con ellos sumaban seis integrantes del clan Reyes asesinados, y las amenazas empezaron a caer para los demás. A pesar de su renuencia durante los meses previos, Saúl comprendió que había llegado el momento de irse.

La familia dejó todo: la casa que construyeron entre él y su esposa desde los cimientos y tabique por tabique; su negocio —la panadería que siempre fue el oficio familiar, heredado por el patriarca Reyes—; los libros que Saúl leía con sus hermanos mientras hacían el pan; todas sus pertenencias. Tan pronto salieron de Guadalupe, la casa y la panadería fueron saqueadas y quemadas.

Llegaron a El Paso y se instalaron en un albergue que aloja a migrantes que no tienen a dónde ir y a personas sin hogar. Ni Saúl ni Gloria hablaban inglés; sus hijos de trece, seis y tres años de edad, tendrían que entrar a la escuela bajo el esquema de aprendizaje del nuevo idioma. Saúl trabajó de lo que se pudo, desde arreglando jardines hasta descargando verduras en un supermercado, y se mudó a un pequeño apartamentito donde con trabajos cabían su familia y doña Sara, que para entonces ya los había alcanzado. Cuando meses más tarde se enteró de que en Fabens, a 20 minutos al este de El Paso, la renta era más barata y había otras personas originarias de Guadalupe, Saúl se decidió por el cambio. Hoy es empleado de la panadería San Elí, un local al interior de un supermercado cuyos ventanales dan hacia un estacionamiento. Frente al muro de cristal pasan las personas cargadas con bolsas sin poner atención a quienes hornean una, tras otra, tras otra, las tandas del pan que llevan a sus casas. El único panadero Reyes aún con vida gana ocho dólares la hora y se desespera: cuando uno es el patrón, sabe que si trabaja más, se gana más. Aquí gana lo mismo trabaje cuanto trabaje.

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Saúl habla poco del asunto, pero cuando suelta una frase, es demoledora: “Duele perder la casa, pero duele más perderla cuando es uno el que la construyó con sus propias manos”.

Cuando los Reyes llegaron a vivir a Fabens en 2013, Martín Huéramo ya se encontraba ahí. Martín tenía una posición cómoda en Guadalupe. Su familia, originaria de Michoacán, llegó cuando él era aún niño. Recuerda —como ocurre con cada persona que creció en el Valle de Juárez—, una época de abundancia en la cual el trabajo duro era gratificante y daba fruto. Así se hicieron las familias, los poblados, la zona del Valle de Juárez. Él, como sabía de construcción, tenía tres casas.

—No eran casas ostentosas, pero eran lo que se usaba en el valle de Juárez —dice con humildad, con la sonrisa enmarcada por el bigote que suaviza la mirada de unos ojos de por sí cálidos. Está sentado a la mesa del comedor de la traila en la que vive, una estructura en mejores condiciones que la que consiguió Saúl, con muebles más o menos nuevos y fotografías de sus hijos decorando las paredes. Momentos antes, mientras prepara un café, relata cómo entre él y su esposa le fueron haciendo arreglos a la traila, y antes de sentarse a la mesa se asegura de que el calentador eléctrico esté funcionando.

Martín viste la camisa a cuadros característica de los hombres de trabajo de esta zona, y aunque lleva casi tres años en Texas, su acento al hablar es puro Chihuahua. De las tres casas que tenía en Guadalupe, vendió una para venir a Fabens; como toda su vida fue dueño del lugar donde vivía, lo más natural fue buscar un lote para comprarlo y ahí construir algo. A los pocos días le cayó encima el primer golpe de realidad que reciben los recién llegados: el poder del dinero mexicano se esfuma al cruzar la línea.

—Lo que era una gran cantidad en México, en Estados Unidos no era nada. Lo que había sido el esfuerzo de toda mi vida, aquí no tenía un valor. Cuando tomé la decisión de quedarme, me empecé a dar cuenta de otras cosas: era analfabeta, no sabía el idioma y no sabía escribir. Tenía que comenzar de nuevo, como un niño —relata con una expresión que es puro desánimo.

Ése era un miedo contra el que Martín había luchado desde una época anterior de su vida. Como era bueno en su trabajo, y tenía la posibilidad de cruzar a Estados Unidos, le ofrecieron empleo en aquel lado por temporadas, como era común en el Valle. Martín nunca cedió a la tentación porque sabía que la vida como migrante era difícil y él vivía cómodo. No quería llegar a un sitio en donde posiblemente lo tratarían mal, un sitio que no era el suyo.

—Y mire la situación en la que me encontré de pronto. Cuando llegué aquí tenía que llenar documentos que no entendía porque estaban en inglés, tenía que preguntar y confiar en las personas que me dijeran dónde escribir y qué poner. Le preguntaba sobre el mismo documento a varias personas, para ver si me estaban diciendo la verdad. En Estados Unidos no puedes trabajar sin un número de seguro social, eso es violar la ley. No puedes manejar, necesitas una licencia. No puedes hacer muchas cosas, pero las tienes que hacer porque la situación te lo exige.

Como los demás, llegó preguntando cómo funcionaba el asilo. Martín era regidor, miembro del cabildo local de Guadalupe. En 2009 las extorsiones y la violencia en el pueblo aumentaron; primero llegaron las amenazas y más tarde mataron al presidente municipal y a dos de sus compañeras de cabildo. Todos le dijeron que seguía él, así que, muy a su pesar, tomó a su familia y llegó a El Paso. Sin embargo, los abogados que consultó le dijeron lo que todo el mundo sabe: dado que México es considerado un país democrático, los casos de asilo no son autorizados a ciudadanos mexicanos. Un abogado le aconsejó: “Ve al puente, saca un permiso para entrar, vete a cualquier lugar del país y quédate sin hacer ruido”. Sólo Carlos Spector se animó a tomar su caso.

—Este proceso es muy difícil —explica Martín—. Para probar mi situación tuve que conseguir actas de defunción de las regidoras, del presidente, y eso sólo se puede hacer en territorio mexicano, no a través del consulado. Pero eso implica involucrar a terceras personas y ponerlas también en riesgo. No puedes estar pidiendo favores, pones a esa gente en peligro. Y finalmente, cuando te entrevista un funcionario, es una persona que no te conoce, que no sabe nada.

A Martín le pesa estar de este lado. Más adelante me dirá que una de las razones por las que se quedó en Fabens es que quiere regresar a México. Que muchos de sus conocidos de Guadalupe ya no están ahí, que se fueron a Oklahoma a buscar cómo sobrevivir. Que él no lo ha hecho porque no cree que California, Nevada o Utah sean la solución. Que él se queda en Fabens a esperar el momento de volver: siente que tiene que dejar a sus hijos en su patria, o al menos conseguir el asilo para ellos, y que sólo entonces podría morir tranquilo. Claro, no sería lo mismo que estar en su país, pero finalmente eso es lo que se puede. En este punto de la charla, Martín ya tiene los ojos cargados de lágrimas.

—Nadie llega con ganas de quedarse —dice como si fuera una verdad de Perogrullo—. Yo pensaba: el día que se vaya Calderón las cosas tienen que cambiar. Pero a medida que entró el 2010 y asesinaron a Josefina Reyes, a Rubén, al presidente Jesús Manuel Lara… entonces empecé a ver que las cosas no iban a parar.

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La primera vez que vi a Sara Salazar de Reyes fue en ese restaurante de comida china donde Saúl me habló sobre su resistencia a dejar México. Llegué acompañando a José Luis Benavides, un profesor de la Universidad del Estado de California Northridge (CSUN) que desde hace dos años viaja periódicamente a la franja Juárez-El Paso, junto con el también académico Kent Kirkton, para recoger los testimonios de Mexicanos en Exilio. Su objetivo es crear un archivo de historias orales que documenten lo que ha ocurrido en esta zona en los últimos años.

Benavides es un tipo encantador. Moreno, de pelo obscuro y ojos soñadores de ojeras permanentes, suele usar su sonrisa enorme como involuntaria arma de persuasión. Habla español con un ligero acento que podría ser chicano pero que en realidad no lo es mucho; el clásico “ni de aquí ni de allá” que termina siendo de los dos lados. Benavides y Kirkton entraron en contacto con la familia Reyes a través de Spector. En las oficinas del abogado han realizado la mayor parte de las entrevistas, pero con Saúl y su familia han desarrollado una relación especial: intercambian libros, se cuentan anécdotas y sostienen debates políticos frente a un plato de chow mein que por estar charlando casi no tocan.

—La estrategia de Carlos va más allá de la simple defensa —explica Benavides sobre el trabajo de Spector cuando vamos en camino al restaurante—. Con estos casos, al hablar no sólo de lo que ocurrió con un individuo, sino de un patrón en una comunidad, Carlos está construyendo una narrativa legal en Estados Unidos que permite no sólo caracterizar a la víctima, sino identificar quién es el responsable. Está construyendo un caso para un grupo de personas protegidas, pero también para preservar la memoria de lo ocurrido. El día de mañana, cuando se cree una comisión de la verdad para tratar de entender qué pasó aquí, la estrategia de Carlos va a permitir que se entiendan los casos en su contexto.

Cuando llegamos al restaurante, Saúl recibe a Benavides con un abrazo, a mí con un apretón de manos, y me señala un asiento junto a su madre. Doña Sara tiene 79 años y los ojos vacíos. Su gesto es amable y le regala una sonrisa cordial a todo el mundo; pero en los ojos, nada. La saludo, me acerco a darle un beso, y extiende una mano para medio abrazarme, la otra colocada en un bastón; lanza la sonrisa. Le veo el rostro enmarcado por el pelo cano recogido hacia atrás, la blusa y la chamarra blancas, las marcas del sol sobre la piel también blanca, surcada de arrugas. Me regala el gesto amable. El vacío que deja la muerte me observa desde sus ojos vidriosos.

Casi un año más tarde, vi a doña Sara por segunda vez esa víspera del año nuevo en la traila de Saúl. Al llegar la medianoche todos nos sentamos alrededor de la mesa, cuyo centro era ocupado por una rosca de reyes que hizo Saúl en la panadería esa misma tarde. Como cabeza de familia, Saúl tomó la palabra y agradeció a quienes estaban ahí la amistad y la oportunidad de compartir el momento. Agradeció también la oportunidad de estar vivo e hizo votos porque el año que iniciaba fuera el mejor. Sonaron las doce campanadas que anunciaban el año nuevo y empezaron los abrazos. Doña Sara se acercó a una mesita sobre la cual había una serie de fotografías y empezó a llorar; no paró por un buen rato. De la pared colgaba un cuadro con la frase “The love of a family is life’s greatest blessing”. Más tarde Sara me contaría cómo cuando su hijo Eleazar enfermó de cáncer, ella les decía a todos: “Está prohibido morirse antes que yo”.

A la mañana siguiente todos se dieron cita para desayunar el “recalentado”, la comida que quedó del día anterior; además, Gloria hizo menudo. Las mujeres jugaban dominó en la mesa y doña Sara me invitó a pasar a su habitación para conversar. Ahí me dijo, entre otras cosas, que Saúl se las vio duras; cuando ella llegó a El Paso, la familia aún vivía en el albergue.

—¿Se imagina usted lo que es para un hombre que ha tenido panadería toda su vida, acostumbrado a comer el pan calientito, recién salido del horno, no poder trabajar y depender de lo que le den de comer ese día, lo que haya? Llegué y encontré a mi hijo comiendo un pan enmohecido. Se me rompió el corazón.

Por la ventana de doña Sara se alcanzaban a ver los lazos con pinzas que sirven para tender la ropa. En días de sol, como ese primer día de enero, la ropa se seca rápido; el problema es que cuando sopla el viento, ese que viene del otro lado, todo se llena de polvo. Es que el desierto es canijo.

*****

En junio de 2012, Rodolfo Porras, empresario y figura política de Villa Ahumada, a una hora y media de Juárez, fue asesinado por un grupo armado presuntamente vinculado con La Línea. La familia Porras realizó la ceremonia fúnebre y sepultaron a don Rodolfo.

A la mañana siguiente su nieto Jaime, de 18 años, fue al cementerio para regar un poco la tierra removida, y ahí mismo llegaron a asesinarlo. El joven Jaime cayó sobre la tumba de su abuelo. En cuanto esto ocurrió, los teléfonos celulares de la familia empezaron a sonar con amenazas de muerte, ordenándoles que abandonaran el pueblo. La familia tomó las amenazas en serio y acudieron entonces a la Policía Federal, que les dijo que lo más que podían hacer por ellos era trasladarlos a los cuarteles de la Procuraduría General de la República en Juárez. No hubo tiempo de recoger el cuerpo de Jaime. La madre, desgarrada de dolor, llamó al sacerdote del pueblo para pedirle que enterrara a su hijo.

Veinte integrantes de la familia Porras, doce adultos y ocho niños, se subieron en cuatro vehículos y dejaron atrás sus casas, sus negocios y sus cuentas bancarias. Tras dormir varios días en un espacio reducido dentro de la delegación, las autoridades les dijeron que honestamente no estaban preparados para garantizar su protección en caso de que los delincuentes vinieran a buscarlos, así que les sugirieron que abandonaran el país. Una tarde de junio de 2012, los encargados de brindar seguridad a los ciudadanos mexicanos cerraron la avenida Juárez y custodiaron a los Porras hasta el Puente Internacional Santa Fe que lleva a El Paso. Ahí los bajaron, los despidieron, y la familia se preparó para dejar su país llevando sólo lo que traían puesto. Uno de los agentes, tratando de ayudar, les dio un papelito con un nombre:

Carlos Spector
Abogado en El Paso

Todas las propiedades de los Porras fueron saqueadas y vandalizadas una semana después.

*****

En Chihuahua, en Texas, y ahora también en otros países, se sabe que si de asilo por violencia se trata, el asunto es con Spector. En los últimos años, especialmente tras la batalla contra el cáncer, la lucha por el asilo se ha vuelto su cruzada personal. No solamente por uno, diez o cien de sus casos; porque está convencido de que si lo que ocurre en México se ve a la luz de las normas internacionales, el asilo tendría que ser garantizado a miles de mexicanos en riesgo.

—A partir de la integración de Mexicanos en Exilio creamos una estrategia de visibilidad. Quienes están aquí peleando su caso no se esconden, al contrario: salen criticando al Estado y a los dos gobiernos, porque el problema es binacional y la solución tiene que ser también binacional —asegura el abogado—. Lo que no anticipábamos era que gran parte del problema son los Estados Unidos, donde no solamente rechazan a la gente, sino que la insultan, la detienen por periodos prolongados antes de resolver su solicitud.

Una estimación de la Universidad Autónoma de Chihuahua indica que a partir de 2008, cerca de cien mil mexicanos han mudado su lugar de residencia del área de Juárez al área de El Paso. Spector lo recuerda constantemente: Mexicanos en Exilio ha dado visibilidad a quienes optaron por la lucha legal, pero hay decenas de miles que cruzan como pueden, que a sabiendas de la ínfima probabilidad de obtener un asilo, deciden internarse en territorio estadounidense y, como el primer abogado recomendó a Martín, volverse invisibles, desaparecer. El exilio mexicano por violencia, afirma Spector, es el más numeroso desde la Revolución Mexicana y no hay manera de documentarlo.

—Yo mismo me considero un exiliado —dice en algún momento con las manos entrelazadas y los ojos empequeñecidos. La voz sonora de pronto se vuelve más suave—. Yo tengo la doble nacionalidad y pasaba la mitad de mi vida en Juárez. Tenía un programa de tele allá, comía todos los días en esa ciudad. Tengo ahí a mis amistades y a mis aliados políticos, pero ya no puedo ir.

Spector fue amenazado en varias ocasiones y en la última decidió que era momento de no volver. Aún viviendo permanentemente en El Paso, las amenazas han continuado.

—El exilio es una expulsión forzada por condiciones políticas que obligan a uno a no estar ahí. Es una condición temporal en busca de seguridad para uno y su familia. Hay casos en los cuales, después de ganado el asilo político, la gente puede regresar; legalmente es permitido. El problema es que, en este momento, quienes están aquí aún tienen una amenaza allá. Volver sería morir —dice en voz baja, pero de manera contundente.

Y entonces, habla por toda esa comunidad de la que él ahora se siente parte.

—Para quienes viven en Fabens, desde ahí pueden ver la iglesia de su pueblo, el sitio en Guadalupe donde se casaron y enterraron a sus abuelos. Ése para mí es el exilio más difícil: ver las calles en las que corrías de niño y no poder volver. Estar tan lejos y tan cerca; eso es el exilio.//

 

*Publicado en Gatopardo, septiembre 2014

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