Paz Vega, la embajadora

Detrás de ese enigmático rostro queda aún rastro de aquella joven sevillana, hija de un torero retirado, que se mudó a Madrid porque se había enamorado del teatro y luego comenzó a hacer televisión. Julio Medem la lanzó a la fama con la cinta Lucía y el sexo, hoy vive en plenitud su romance con Hollywood y le apasiona la diversidad latina de Estados Unidos.

paz

 

Caía la noche en la bellísima playa de Kuta en Bali, Indonesia, cuando un estallido sacudió las calles de ese centro vacacional sumiendo todo en un caos incomprensible; el que sigue a las muertes absurdas y a las grandes tragedias. Era el primero de octubre de 2005 y el fantasma de los atentados ocurridos en la misma zona tres años antes —que arrojaron más de doscientos muertos— se apoderó del lugar. Una bomba dejada en una mochila frente a un restaurante explotó, y después del estruendo y el sonido de cristales estrellándose, por un momento todo fue silencio.

—Se me pone la carne de gallina —me dice Paz frotándose los brazos, subiendo un poco las mangas del suéter gris claro de cuello en V, los ojos muy abiertos detrás de las gafas de aviador. Alcanzo a ver la piel erizada en sus antebrazos. Sacude los hombros—. Después de unos días maravillosos, nos explotó la bomba. Yo estaba como de aquí a ahí enfrente —señala una boutique al otro lado de la avenida Melrose, frente a la terraza del café en el que conversamos—. De pronto, la explosión impresionante. Salimos, y había un vacío, un silencio en la calle…

Paz Vega habla con el cuerpo. Mueve constantemente los brazos largos, esbeltos; los extiende, abre las manos, separa los dedos y hace círculos en el aire para tratar de explicarme el vacío, el silencio, el impacto indescriptible de la explosión que en esa ocasión mató a veinte y dejó heridos a más de cien. “Es como una cosa que te come”, me dice tratando de imitar un sonido hueco, moviendo las manos como si se estuviera cubriendo la cabeza con una bolsa gigante. Busca las palabras precisas, las encuentra: “Es como si la bomba se llevara la atmósfera del sitio. Un vacío aterrador”.

Nos encontramos un mediodía de clima perfecto a finales de abril, apenas unos días después del atentado terrorista en la línea de meta del Maratón de Boston el 15 de ese mes. Quienes vivimos en grandes ciudades de Estados Unidos, los días posteriores al ataque tuvimos que hacer alarde de paciencia: revisiones de seguridad en transporte público y en aeropuertos, retenes en ciertas avenidas, el gran ojo que te observa a todo lo que da. La gente está acostumbrada y lo acepta. Hace lo que sea por sentirse segura. Le aterra el terror.

—Bali, Boston, el lugar que sea: cualquier acto que implique la muerte de un ser humano me parece repulsivo. En esto no valen los ideales políticos, no vale la religión, no vale nada. Es un hombre que ha matado a otro, es inconcebible para mí. No sólo es el daño; es lo que dejas, la estela de tristeza, de tanta gente, el vacío… ese vacío —se queda callada unos segundos, pensando lo que sigue—. ¿Por qué no intentar que el mundo sea al revés? ¡Vamos a abrir! ¡Vamos a tirar muros! Pero para abrirnos tenemos que estar todos en esto, crear una conciencia colectiva. Tenemos que ser más humanos.

Me resulta difícil creer que quien me habla con voz apasionada sobre la conciencia colectiva universal sea Paz Vega la actriz, la sensual joven cargada de erotismo de Lucía y el Sexo (2001); o la adorable nanny de Spanglish (2004); o la sofisticada modelo internacional que en 2011 se volvió en el rostro de la firma L’Oréal España. En este momento la mujer que tengo frente a mí es más parecida a Paz Campos Trigo, la sevillana de treinta y siete años, hija de un torero retirado y una ama de casa, que de joven que se mudó a Madrid porque se enamoró del teatro como si le hubiera caído un rayo fulminante, y que más tarde recibiría un segundo rayo al conocer al venezolano Orson Salazar, su esposo por más de once años que también es su representante. La que conversa conmigo es la mamá de tres niños de seis, tres y dos años que tendrá que salir corriendo de la entrevista para comprar un pastel porque hoy le celebran el cumpleaños al mayor.

Sentada en este café de West Hollywood, el barrio hipster preferido por algunos actores alejados del excesivo oropel, Paz parece una chica más: jeans, suéter holgado, zapatos de piso, cara lavada bajo las gafas aviadoras que le quedan un poco grandes; el pelo recogido por encima de la cabeza deja ver un cuello estilizado y una nuca blanquísima, como el resto de su piel. Cuando llego al lugar me cuesta trabajo reconocerla, pero basta con que sonría para saber que, sí, esta mujer aparentemente común es nada menos que Paz Vega.

DE EMBAJADORA A ESTRELLA

Cuando era niña, Paz no jugaba a ser actriz ni soñaba con estar en el cine. Era estudiosa, deportista, ganaba medallas en natación y soñaba con ser diplomática. Se imaginaba viajando por el mundo y, curiosamente, el país que más le interesaba era México.
—No sé, para mí significaba estar en América, estar en otro continente. México me parecía un país exótico, con el que siempre he sentido una conexión mental, espiritual; además de que se habla español, claro. Así que cuando me preguntaban, yo decía que quería estudiar Ciencia Política.

El plan marchaba bien hasta que un día, cuando tenía 16 años, el primer rayo fulminante le cayó encima.

—Fui a ver una obra de teatro y en ese momento dije: esto es lo que quiero ser en la vida. La obra era La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, y descubrí que lo que estaban haciendo esas mujeres lo quería hacer yo. No es que me identificara con uno de los papeles o con una de ellas; es que me enamoré de todo: el olor del patio de butacas, del momento cuando se abre el telón, de las luces, del drama, de lo que es ir al teatro. Cuando vi aquello me impactó, fue una revelación. Se siente en todos lados, como el día en que te enamoras, que lo ves y dices “ése es el hombre”, o el momento en el que decides ser madre. Yo sentí eso y a partir de ahí lo tuve bien claro.

Quienes no lo tenían tan claro eran sus padres, así que le pidieron que buscara una carrera “normal” y que la combinara con el teatro. Paz eligió Ciencias de la Información, no porque tuviera vocación de periodista, sino porque era la que le quedaba más cerca del Centro Andaluz de Teatro, hacia el que salía corriendo para estudiar Arte Dramático. A los veinte años decidió que bastaba de engaños: anunció que lo suyo era la actuación, que daba el salto y que se mudaba a Madrid. Y Paz encontró su segunda casa.

—Mi familia está en Sevilla, pero Madrid es mi ciudad del corazón. Es donde viví la aventura maravillosa de la independencia, de vivir sola. Fue una época de mucho trabajo, de ser deportista, de ver muchas películas. Me divertí mucho en la noche de Madrid, con esa energía tan bonita que tienes a esa edad, y encontré a mi familia también ahí. Es mi casa, es mi sitio para volver.

Y la verdad es que Madrid la trató bien. A los dos meses de llegar ya había asistido a algunos castings; en poco tiempo se incorporó a la serie de televisión Más que amigos, que fue su primer contacto con una cámara “de verdad”, y más tarde a la serie Siete vidas, una especie de Friends en español. Tuvo la oportunidad de trabajar con actores como Amparo Baró, Blanca Portillo y Javier Cámara. Aunque el teatro fue su primer amor, Paz —que adoptó el apellido Vega de su abuela— considera que sus maestras fueron las series de televisión: la escuela perfecta para el actor porque, a diferencia de una película, que sale un año después, la serie da la oportunidad de autoevaluarse cada semana y mejorar.

—Uno aprende viéndose, eso me gusta. Ves qué te falló y dices: “Voy a intentar esto la semana que viene”. Puedes autocriticarte, decidir qué cambias, vas aprendiendo. En el cine, uno se ciega mucho con el personaje; te ves al cabo de un tiempo, pero para cuando la película sale, tú ya has cambiado. Siempre dices: “Esto lo haría de otra manera”. Por eso creo que cuando más edad tiene un actor, mejor es para ello. La gente joven puede ser fresca, pero la experiencia de los actores mayores hace que expresen lo que les ha dado la edad; eso no se puede aprender de otra manera más que con el tiempo.

Y el tiempo le ha ayudado. La joven que interpretaba a chicas de su edad en teleseries españolas hoy se codea con las estrellas de Hollywood interpretando personajes de rango mucho más amplio. A partir de su arribo a los estudios de las grandes productoras de cine, Paz ha sido lo mismo la novia de un periodista que oculta un secreto, interpretado por Collin Farrell en el thriller Triage (2009), que la voz de tres yeguas andaluzas en el filme animado Madagascar 3 (2012), o la soprano María Callas en Grace de Mónaco (2013), en el que el papel estelar está a cargo de Nicole Kidman, a quien Paz evidentemente admira.

—Yo lo sabía casi todo de Callas, siempre me ha fascinado, así que resultó un papel maravilloso, un sueño. Lo he hecho con respeto y admiración, lo disfruté mucho, y para mí haber coincidido con Nicole Kidman fue un gozo, era como una aparición cuando llegaba vestida de Grace Kelly. ¡Era Grace Kelly! Hay en ella una femineidad, una delicadeza… Aprendí mucho de ella.

Con Hollywood también llegó la internacionalización. En los días posteriores a nuestra entrevista, Paz tenía una agenda apretada que incluía un viaje a Toronto para participar en la película Pompeii, de Paul Anderson, en el rol de una sacerdotisa. De ahí, una escala en la ciudad de México y un viaje a Brasil para hacer el papel de una novia de juventud de Paulo Coelho en una película biográfica del escritor; luego algo más en Argentina y en septiembre vuelta a Los Ángeles para interpretar a Lizbeth, una prostituta, en A Fall from Grace, un filme estelarizado por Tim Roth y dirigido por Jennifer Chambers Lynch, la hija del director David Lynch. Paz me cuenta muy emocionada que la película incluirá un cameo de David.

A pesar de la trayectoria de los últimos años, aún hay un nombre que hace brillar los ojos de Paz, incluso por debajo de las gafas obscuras, y que le representa un pendiente que algún día tendrá que resolver: Pedro Almodóvar.

—Es un genio, es una persona maravillosa. Con él he hecho dos pequeñas cositas, pero tengo unas ganas infinitas de embarcarme en un proyecto con él, desde cero, y terminarlo. Ya me siento afortunada por haberlo visto crear en el set y dirigir, es extraordinario. Tiene una visión del mundo muy particular y es fiel a su visión, a su pulso. Pase lo que pase, haga lo que haga, comedia, ciencia ficción o melodrama —que es lo que mejor hace— es fiel a su estilo, a su mundo, al tipo de mujer que le gusta. Te puede gustar o no, pero tú entresacas un fotograma de cualquier película de él y sabes que es Almodóvar.

Buscando entre los fotogramas de la más reciente película de Almodóvar, Los amantes pasajeros (2013), es posible encontrar la intervención de Paz: es la amante de uno de los personajes que viajan en un avión que enfrenta una falla técnica y que empiezan a conectarse con gente fuera de la nave por medio de llamadas telefónicas.

—Ésa es la genialidad de Pedro: hace que pasen coincidencias. Fueron dos días de grabación pero fue muy divertido. Yo le digo: “¡Esto es un coitus interruptus, no me puedes dejar así! ¿Dos días y ahora me dejas ir? ¡Hay que seguir con más!” —ríe divertida—. Entrar al mundo almodovariano es un regalo.

PAZ Y EL SEXO

1. Lucía baila para Lorenzo. Ondula la cadera cubierta por una pequeña falda de piel negra. Sin quitarle los ojos de encima, se desabotona la blusa y se la quita coquetamente. Gira, queda de espaldas, se quita el sostén. Levanta la falda, muestra sus glúteos perfectos. 2. Lorenzo yace acostado con los ojos vendados. Lucía se acerca a su rostro y permite que Lorenzo toque con la lengua pedacitos de su piel: un dedo, un codo, la nariz, un hombro, un seno, la entrepierna. 3. Lucía se sienta a horcajadas sobre Lorenzo, que está recostado; ambos están desnudos. Lucía, el rostro vuelto hacia arriba, los ojos cerrados, se mueve sensual, cada vez más rápido. Gime. Lorenzo la abraza, le da la vuelta, se acuesta sobre ella. Lucía vuelve a gemir, largo.

Paz no era ninguna niña cuando filmó Lucía y el sexo, pero para los padres uno nunca es suficientemente mayor. La película del director español Julio Medem que la lanzó al estrellato internacional en 2001 y que le dio un Premio Goya, recorrió el circuito de festivales, se proyectó en varios países y todo el mundo habló de ella. Todo el mundo, excepto el padre de Paz.

—Es muy tradicional y dice que no la ha visto. Yo creo que sí —me dice con una sonrisita y da un sorbo al té verde que nos acaban de servir. Toma la taza con la punta de los dedos, sus movimientos son armoniosos—. Yo no era consciente en ese momento de lo importante que era esa película. La hice ingenuamente: no tenía experiencia en cine, era mi primer papel importante como protagonista, con un director de mucho renombre, una chica que viene de televisión… Y bueno, leí el guión y me asusté muchísimo. Tenía veintitrés años. Pero también pensé que si la hacía, la tenía que hacer con todas las de la ley, totalmente libre. A ese guión no le puedes poner límites, o lo haces o no lo haces. Acepté y me lancé a la piscina, y siempre se lo agradeceré a Julio. Es la que me dio a conocer, incluso en Estados Unidos. Aún hoy la gente me dice: “Es una de mis películas favoritas”. Eso me halaga mucho. No es que mi padre no sea abierto; él fue torero, entonces entiende el arte, el riesgo, a muchos niveles. Yo tomé mi riesgo y él me ha apoyado, pero sufre como padre viendo a su hija haciendo cosas así. Cuando salía en la serie de televisión, cuando había un beso cándido, él se levantaba. Obviamente le dije: “No vayas al estreno que lo vas a pasar mal”.

No es sólo que las escenas de Lucía y el sexo estén cargadas de erotismo y cachondería, es que Paz es de veras guapa, y una guapa destilando sensualidad no es algo de todos los días. Le pregunto sobre el rol que ha jugado la belleza en su carrera artística.

—¿Qué es la belleza? ¿Qué dice qué cosa es perfecta o imperfecta, sobre todo en el cine? Yo creo que hay personajes para todo tipo de mujeres. El aspecto físico no me ha cerrado puertas, en todo caso me las ha abierto. Pero me considero una actriz que cambia mucho. No soy tan guapa ni tan mamacita —momentos antes le conté que ésta fue la palabra que usó un amigo cuando supo que la iba a entrevistar— porque la gente te ve en la pantalla, te ve en las fotos, pero luego hay mil chicas así o mejor. La belleza es un conjunto de cosas, equilibrio, tu físico, estar bien contigo misma y con tu mente, las dos cosas conectadas. El problema es cuando tu físico va por un lado y tu mente va por el otro. Ahí se crean cosas que hacen que la gente se vea fea. Yo tengo treinta y siete años, tengo lo que tengo y estoy a gusto con mi cuerpo.

Basta dar un vistazo para saber que esto es cierto. A diferencia de muchas de las mujeres que nos rodean en esta zona de Los Ángeles que es toda fashion —las boutiques de diseñadores alternativos, los restaurantes que ofrecen menús vegetarianos, los estudios especializados en yoga y pilates—, con atuendos y andar cuidados y con pinta de modelos, Paz me parece relajada y tranquila. Eso no evita que note algunos detalles. Los pómulos marcados, los labios de forma perfecta, me parecen distintos a los de la Paz Vega de sus primeras películas, una de rostro infantil y dulce, un poco más redondo que el de ahora. El armazón de sus gafas hoy cae sobre unas líneas faciales más duras y marcadas; el rostro se ve más alargado, y en general toda su figura es más estilizada que antes. Lo que sí es que, aún sin gota de maquillaje, se ve superlinda.

Ese look, el de la mujer promedio sin efectos, cuya carga emocional puede ser más fuerte que la presencia física, es el que le gusta cuando actúa. Paz se convierte entonces en Marta, la protagonista de la película mexicana Espectro (2013), del director Alfonso Pineda Ulloa, que se estrenará próximamente y de la cual la actriz habla con pasión.

—A mí me encanta cuando hago una historia sin maquillaje ni nada. Espectro ha sido una película en la que no sólo salgo sin maquillaje, sino interpreto a una mujer desquiciada que ha pasado dos años en el hospital psiquiátrico. Una mujer que no cuida su aspecto, totalmente lo opuesto a una celebrity. Para mí ha sido un bien llegar al set y no estar concentrada en que tienes que salir bien, sino en que tienes que interpretar el alma de esta mujer. Eso ha sido liberador. Cuando yo encarno a un personaje en el que no hay que remarcar la belleza física, me conecto mejor conmigo misma, con mi naturalidad, con mi día a día.

Aunque en 2008 apareció como la número ochenta y cinco de las cien mujeres más sexies según la revista Maxim, Paz asegura que siempre fue una niña tranquila y que se tardó en descubrir su sexualidad. Que empezó a sentir que ya era mujer cuando usó los primeros toques de maquillaje y cuando empezó “con la tontería con los niños, pero hasta los diecisiete, ¿eh?”. “¿Cómo es que ahora los niños crecen tan pronto y preguntan de todo?”, se cuestiona en voz alta.

Justo cuando está diciendo esto, una adolescente de enormes gafas obscuras, top sin tirantes, jeans ajustadísimos y zapatos de plataformas gigantes pasa caminando por detrás de nuestra mesa con ensayada arrogancia.

SPANGLISH

Una toma panorámica, como la mirada subjetiva de un ave en vuelo, muestra una hilera de casas que se antojan acogedoras alineadas a la orilla del mar azulísimo del Pacífico. Corte al exterior de una de las casas. Deborah, una rubia interpretada por la actriz Téa Leoni, camina muy ocupada haciendo arreglos, llevando y trayendo cosas. Parece que habla sola, pero detrás de ella va Flor Moreno, la nanny latina interpretada por Paz Vega en la comedia Spanglish, del director James L. Brooks. Deborah es la parodia de una de esas amas de casa gringas un poco huecas, pero no malas personas, que es común encontrar en algunos suburbios exclusivos en el área de Los Ángeles y que no conciben pasar el verano en un sitio alejado del mar. Deborah da instrucciones a Flor, quien no domina el inglés y no entiende mucho de lo que le están diciendo. La rubia se detiene en seco: “You must learn english. Why don’t you learn english?”, le pregunta, francamente sorprendida.

Lo que muchos espectadores no podrían imaginar es que, en esa época, Paz tampoco entendía ni jota de inglés. Como Flor, Paz llegó a Los Ángeles por primera vez sin dominar el idioma, sin conocer a nadie, sin entender la dinámica de la ciudad y en el fondo sin muchas ganas de quedarse. Eso sí, con muchas ganas de trabajar.

—Aquí cada uno llega de una manera, con unos intereses. En mi caso, el verme aquí ha sido muy casual y muy inesperado, porque se me presentó la oportunidad —dice y yo recuerdo en ese momento haber leído en una de sus entrevistas que ella no llegó a Hollywood: Hollywood llamó a su puerta—. Estaba rodando en España una comedia, Di que sí, y la productora de Spanglish me habló y me dijo que un director muy famoso estaba buscando a una chica con mi perfil. Lo primero que le dije fue: “¿Cómo va a querer a una chica con mi perfil si no hablo inglés?”. Me respondió: “No te preocupes, el personaje tampoco”. Y dije bueno, vamos a intentar.

El personaje es esta inmigrante mexicana que viene a Estados Unidos a trabajar a la casa de una familia pudiente de Beverly Hills. La imposibilidad de comunicarse con ellos no sólo verbalmente, sino en otros niveles, va poniendo de manifiesto el choque de culturas. Paz envió la prueba, en Los Ángeles gustó y obtuvo el papel.

—De repente me vi en esta ciudad —dice, volteando a ver su barrio—. Yo estaba en Madrid con la idea de quedarme allá. Yo no había pensado que podía trabajar en Hollywood y vine, hice la película y me volví. Era el 2004.

Un dilema para Flor surge cuando su hija, que domina el inglés, establece una relación con la dueña de la casa, quien por momentos ignora la autoridad de la nanny. Entonces Flor descubre que tiene que aprender inglés. Un día ve en la tele un comercial del sistema Inglés sin Barreras y lo compra. Con unos audífonos puestos limpia la casa, repitiendo frases en un inglés imposiblemente bueno.

—Empezamos una gira de promoción de la película y yo no hablaba inglés, así que me prepararon para las entrevistas. Le di la vuelta al mundo con un curso acelerado, pero eso no fue para la película, sino para la promoción. Me aprendí las frases clave, me preguntaban una cosa y yo respondía siempre lo mismo —dice soltando una carcajada—. No podía, no tenía vocabulario. Al terminar ese viaje volví para hacer otra película, 10 items or less (2006), con Morgan Freeman. Entonces llegó un momento en el que tuve que plantearme la posibilidad de venir aquí por un tiempo. Cuando llegué no entendía Los Ángeles. Al principio te chocan muchas cosas: las distancias, la vida en el coche; pero a fuerza de vivir y trabajar aquí le he empezado a encontrar el gusto. Mantengo mi casa en Madrid, ese lazo nunca lo he perdido, ni con Sevilla; pero en España y en Europa me conocen más por estar trabajando aquí.

Una vez que Flor Moreno ha aparecido en nuestra conversación, ya no se va. Empezamos a hablar de las mujeres como ella, como Paz y como yo, las inmigrantes latinas que parecemos todas iguales pero que traemos historias tan diferentes.

—No todas son nannies o maids, obviamente; de hecho lo son cada vez menos. La mujer latina, y el hombre, ocupan aquí cada vez más puestos de poder y lo puedes ver. Eso es importante. En estos diez años que he estado yendo y viniendo he descubierto que tal vez hay una mujer como Flor, trabajando en casa, pero con una historia apasionante detrás. Escuchas sobre sus vidas en sus países, en Guatemala, en El Salvador, en México; a veces están muy preparadas pero les ha costado encontrar un hueco, te dicen que están haciendo algo temporal, y claro, todas te dicen que van a volver a su casa. Eso es muy bonito, yo me siento así también. Venir es una cosa temporal. Vienes por la experiencia, por lo que le puedes dar a tus hijos, una diversidad única.

La familia Salazar Campos es una buena muestra de esa diversidad. Orson, el marido de Paz, es venezolano, así que en casa se habla en español, y claro, en la tele se habla en inglés, aunque los niños van a un colegio francés porque sus padres quieren que aprendan el idioma.

—Fíjate, a mí me ha costado años aprender inglés, y ellos van a ser trilingües y van a conjugar cuatro culturas. Creo que la cultura americana tiene cosas muy positivas, bonitas; la cultura latina venezolana es maravillosa, ésa la maman de su papá, y de España, bueno, ellos son españoles, y en el colegio están aprendiendo otra cultura más. Veo que todos nos vamos volviendo cada vez más ciudadanos del mundo: yo mañana me voy a Toronto, vivo con una maleta y a mí me gusta eso. Me crié en un pueblito pequeño, cerradito, y he sido tan feliz cuando me he abierto que eso es lo que les quiero dar a mis hijos. Ése ya es motivo suficiente para estar fuera de mi país.

VIVIR EN PAZ

Justo en los días de mi encuentro con Paz Vega, el Senado de Estados Unidos inició la discusión sobre la iniciativa de reforma migratoria que podría hacer que 2013 sea el año en el que once millones de indocumentados viviendo en este país regularicen su situación migratoria. Hablando de España, de México, de América Latina y de Flor Moreno, necesariamente caemos en el tema y regresa la embajadora Paz.

—Para mí es lo lógico, lo demás sería ser ciego a la realidad. Aquí la gente viene y va a seguir viniendo, este país se ha hecho a base de inmigrantes ingleses, irlandeses; en este país son todos de fuera excepto los indios nativos. España es un país con el mismo problema, que al final casi todos son problemas burocráticos porque se trata sólo de unos papeles, y es una pena que sea eso lo que te impide hacer un futuro. Si quieres vivir aquí, ¿por qué alguien te va a quitar ese sueño? En España yo he visto una normalización de la inmigración; a lo mejor hace veinte o treinta años había uno que llegaba y era “el americano”, “el mexicano”, “el chino”, pero ahora los ves en la calle como a cualquier otro. Lo que es una pena, en el caso de España, es que con la crisis la gente se esté regresando a sus países. A veces vas con un sueño a un país y no te da opciones porque el propio país está enfermo.

Paz se apasiona cuando habla de diversidad. Hace pausas para encontrar palabras, evita repetir lo que ya dijo y trata de ser elocuente, precisa en la idea. En un momento golpea ligeramente con la mano la mesita donde se encuentran nuestras tazas. Hace un gestito de impotencia.

—Hay que estar abierto, hay que tirar fronteras, porque las fronteras cada vez tienen menos sentido. En un mundo con internet, no hay lugar para ellas en ningún sitio. Lo que hay que lograr es que esa apertura sea amable, que esté en ambos lados; tanto del que viene con ganas de integrarse, como del que abre con ganas de recibir. Tiene que pasar en todo el mundo, si no esto va a acabar mal.

La charla es interrumpida por el timbre de marimba del teléfono de Paz. Me ofrece una disculpa, debe tomar la llamada. La mantiene lo más breve posible y me indica que pronto se tendrá que ir: es su hijo mayor recordándole que debe pasar por el pastel. Desde la foto que usa como protector de pantalla del teléfono colocado junto a la taza de su mamá, el cumpleañero me lanza una sonrisa. Le pregunto con quién están sus hijos ahora, quién los cuida cuando viaja. ¿Dejarlos tan pequeños no genera fricciones en casa?

—El secreto es encontrar a la pareja que te apoya, que te entiende, que va contigo en este viaje que los dos empiezan y que los dos deben tener el ánimo de acabar hasta el final. Si uno de repente se desencanta y se marea en ese barco, se baja. Pero nosotros seguimos en el barco navegando a viento y marea —dice con sonrisa de adolescente enamorada—. Me siento tranquila, en un momento en el que estoy muy satisfecha, muy en paz. Lo mas difícil es tenerte que ir de viaje, pero procuro que mis hijos tengan su rutina, nada de vivir en hoteles, o de casa en casa, o con profesores en el hogar. Tienen una vida normal como si sus padres trabajaran aquí en una oficina; mi esposo y yo siempre hacemos arreglos para que uno se quede si el otro viaja. Y ahora Skype acorta las distancias. Te digo, el mundo se acorta. Pero una de las mejores cosas que me ha dado esta profesión es poder viajar, descubrir amistades, sabores, recuerdos de la gente local. Descubrir que todos somos iguales, que lo que tenemos diferente es la posibilidad de desarrollar el potencial que traemos al nacer.

Nos despedimos y camina hacia las vitrinas del lugar en busca del pastel prometido. De pronto pienso que tal vez al final, a su manera, la niña Campos Trigo sí resulto ser una embajadora de paz.\\

 

*Publicado en Gatopardo, julio-agosto 2013

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