Kechiche después de Adèle

Triunfadora en Cannes, donde fue merecedora de la Palma de Oro, La vida de Adèle, quinto largometraje del director tunecino Abdellatif Kechiche, llegó a las salas de cine mexicanas el 24 de enero.

La historia de amor entre la adolescente Adèle y la joven Emma, basada en la novela gráfica El azul es el color más cálido de la francesa Julie Maroh, ha sido aclamada por la crítica y en el circuito de festivales ha sumado al menos 40 nominaciones a premios internacionales, lo mismo el Independent Spirit Award, que el BAFTA o el Golden Globe.

 

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Abdellatif Kechiche fuma. El hotel SLS de Beverly Hills tiene un vestíbulo acogedor y pequeñas salitas para conversar, pero él se encuentra parado sobre uno de los escalones que conduce a un estacionamiento: en esta ciudad no se puede fumar en espacios públicos, así que el hombre busca un rincón y, en actitud casi clandestina, da una bocanada larga a su cigarro. Dos minutos después, está listo para empezar.

El director y su actriz, Adèle Exarchopoulos, pasan unos días en Los Ángeles con motivo de la entrega de los premios Golden Globe, que se realizará al día siguiente de la entrevista con emeequis. La vida de Adèle, la historia sobre una joven cuya vida cambia y se redefine al enamorarse de otra chica un poco mayor, es el quinto largometraje de Kechiche. La cinta, nominada como Mejor Película Extranjera en Esados Unidos, se llevó la Palma de Oro en el Festival Internacional de Cine de Cannes, Francia. Al día siguiente se sabrá que la ganadora del Golden Globe fue La grande bellezza, del cineasta italiano Paolo Sorrentino; pero por el momento, Kechiche sonríe en actitud relajada.

Es la segunda semana de enero. Son días de sol extraordinario y cielo azul en Los Ángeles, mientras el norte de Estados Unidos está hasta el cuello de hielo y nieve debido al vórtex polar que llevó a ciudades como Nueva York a temperaturas récord, entre 15 y 20 grados bajo cero. Por esta razón, explica un intérprete, Kechiche ha insistido en tener la charla en una terraza exterior del hotel.

—Llegué apenas anoche, de manera que aún no he po- dido ver nada de la ciudad —dice, como para justificarse, con una sonrisa directa que contrasta con la mirada un poco tímida—. Estuve aquí antes, en septiembre, durante la promoción de la película, pero sólo dos días. No tuve oportunidad de sentir la vastedad de la ciudad. Yo crecí en Niza y tengo la impresión de que Los Ángeles es muy similar, geográficamente y en el clima. De manera un poco bizarra, Los Ángeles me recuerda a mi infancia.

Los rasgos físicos que remiten al origen árabe de Kechiche —la piel ligeramente aceitunada, las cejas espesas, los ojos profundos bordeados por líneas oscuras, el

Los rasgos físicos que remiten al origen árabe de Kechiche —la piel ligeramente aceitunada, las cejas espesas, los ojos profundos bordeados por líneas oscuras, el asomo de una barba cerrada que enmarca unos labios gruesos— se acentúan con el atuendo perfectamente europeo: pantalón negro de vestir, camisa azul marino, saco a rayas de corte impecable, zapatos deportivos. En algún momento se quita el blazer y lo deja en el respaldo del asiento. Se le ve cómodo.

No es mucho lo que se sabe de su vida personal y se muestra reacio a hablar de sí mismo; más por timidez, afirma, que por pedantería. Nacido en 1960 en Túnez, su familia migró a Francia cuando Abdel, como le dicen sus conocidos, tenía seis años. Aunque inició su carrera como actor en 1978, ha sido su trabajo como director el que le ha dado fama internacional y reconocimiento en el circuito de producción fílmica independiente.

Tras su opera prima, La Faute à Voltaire (2000), sobre un inmigrante tunecino que busca refugio en Francia —y con la cual obtuvo el Cinema for Peace Award del Festival de Cine de Venecia—, el nombre de Kechiche se ha ido abriendo espacio en la industria de la producción fílmica independiente y ha ganado un sitio permanente en el circuito de festivales. Siguieron L’esquive (2003) y Le grain et le mulet (2007), en las cuales Kechiche fue consistente: presentar situaciones locales que apelan a problemas globales, como las dificultades en la interacción familiar, generacional y social desde la perspectiva de grupos inmigrantes, en este caso provenientes de África asentados en Euopa.

Curiosamente, su segunda y tercera películas ganaron, entre otros reconocimientos internacionales, pre- mios Cesar —los “Oscar franceses”— como Mejor Película, Mejor Director, Mejor Guión y Mejor Actriz Revelación; los mismos cuatro premios en ambos casos. Su cuarto filme fue Vénus noire (2010), la controversial historia de Saartjie Baartman, una mujer africana que a principios del siglo XIX es llevada a Europa para ser presentada como fenómeno en un humillante espectáculo. Le dio la oportunidad a Kechiche de regresar a Venecia, en donde recibió el Equal Opportunity Award. Vénus obtuvo en total 15 premios.

A partir de su estreno, La vida de Adèle ha sumado más de 40 nominaciones en certámenes internaciona- les, ya sea el Independent Spirit Award, el BAFTA o el Golden Globe. El único revés recibido hasta ahora es la exclusión de las nominaciones al Oscar, pero ¿quién se fija en eso después de arrasar en Cannes?

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Adèle enciende el cigarro de Emma y enciende uno para ella también; están sentadas en el prado de un parque. Emma —pelo pintado de azul, unos años más grande que la preparatoriana Adèle— asumió abiertamente su homosexualidad hace tiempo; para Adèle es la primera cita con una chica. Adèle mira a Emma con deseo, las miradas se cruzan entre
una nube de humo. Ahora están recostadas sobre el pasto y los ojos de Emma, del tono de su pelo, se clavan en Adèle. Adèle fuma —la mano nerviosa, la mirada serena, la sonrisa que estalla—, exhala el humo y besa a Emma en los labios.

La vida de Adèle está basada en los capítulos uno y dos del libro Le bleu est une couleur chaud, de la joven escritora Julie Maroh; una novela gráfica que cuenta la historia de Clémentine, la joven que descubre su identidad a partir de su relación con Emma, de quien se enamora, en dos líneas temporales: el presente, narrado con imágenes a color, y el pasado, con ilustraciones en blanco y negro y toques de azul. Maroh, quien estudió artes visuales en su natal Francia, inició el proyecto a los 19 años de edad, hace una década, y le tomó cinco años finalizarlo.

Kechiche ha contado que para el rol de Emma entrevistó a varias actrices y finalmente se decidió por Léa Seydoux, hoy de 28 años, quien tenía experiencia previa en Hollywood con filmes como Inglorious Bastards o Midnight in Paris. Sin embargo, para el papel de Adèle, Kechiche supo que había encontrado a su protagonista en cuanto vio a Exarchopoulos, una joven francesa con alguna expe-riencia en cine y televisión en su país, que en aquel momento tenía 18 años (hoy tiene 20).

La película tomó su nombre definitivo durante el ro- daje, cuando Kechiche, encantado con la interpretación de Exarchopoulos en el rol de Clémentine, pidió permiso a la actriz para rebautizar al personaje con su nombre de pila. De esta manera, personaje y actriz iniciaron una travesía de casi seis meses, durante la cual existió una sola Adèle. Después de Cannes, en donde ambas actrices compartieron la Palma de Oro con Kechiche en un rubro de “premio especial”, Exarchopoulos se convirtió en la persona más joven que ha recibido esta presea.

La vida de Adèle inicia en el momento en que las mi-radas de Emma y Adèle se encuentran por primera vez al cruzar una calle. Las tres horas de duración del filme siguen a las protagonistas en una trama cargada de amor, erotismo, pasión y madurez, que por momentos hacen que el mundo se vea exclusivamente a través de los ojos de Adèle.

Esta característica ha hecho que en más de una ocasión Kechiche sea interrogado sobre su habilidad para narrar el universo femenino, rasgo que ya había asomado con Vénus Noire, aunque desde perspectivas diferentes: en Vénus, la mujer-objeto, espectáculo, juzgada desde la palestra pública, víctima de una sociedad frívola y racista; en Adèle, la transformación personal, privada, de la mujer que asume su sexualidad y construye una relación a partir la conciencia de sí misma.

Kechiche escucha la pregunta y se muestra auténticamente sorprendido al ver que el tema regresa a él.
—Yo no entiendo cuando me preguntan si comprendo la psicología femenina porque no lo veo así. Para mí, es la psicología del personaje. Ocurre que en esta película hay dos mujeres, y sí, exploro todas las facetas de su psicología —explica—. Tal vez en algún punto sí estoy más interesa- do en personajes femeninos, reconozco su fascinación, pero trato de no analizar mis motivaciones para ello.

El director tiene unas manos grandes, expresivas, que usa constantemente para comunicarse. Como si sostuviera dos enormes esferas, hace suaves movimientos circulares acompañando la cadencia de su hablar rítmico, lento. Se detiene —a veces demasiado— entre frase y frase, buscando la palabra precisa. Pronuncia cada consonante con su acento francés y espera paciente a que el intérprete termine su trabajo. Kechiche no habla inglés.

—Si en realidad hay una psicología masculina o femenina, tal vez es una fórmula que no conozco.

—Pero su trabajo reciente ha creado la percepción de que la domina.

—Entonces seguiré guardando el secreto —dice y sonríe.

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De pie, desnudas cara a cara, Adèle y Emma son un nudo de besos desesperados. Adèle toca los senos de Emma, el cuello, la espalda; baja a las nalgas, las acaricia, las estruja. Emma busca el pecho de Adèle, la boca se apodera de un pezón, se desplaza a la entrepierna. Adèle gime extasiada, presiona el rostro de Emma contra su pubis, labios sobre labios. A dos lenguas, cuatro manos, cuatro tetas, cuatro nalgas, el primer encuentro sexual entre las protagonistas del filme se convirtió en una de las escenas sexuales más explícitas de los años recientes del cine: seis minutos de frotamientos rítmicos, dedos exploradores, gestos orgásmicos, líquidos y piel.

La primera en brincar fue Julie Maroh, quien calificó las escenas sexuales de “ridículas” y aseguró que el director había convertido el erotismo de la historia en pornografía. En un texto publicado en su blog tras la entrega de la Palma de Oro en Cannes, Maroh escribió que “lo que hizo falta en el set, fueron lesbianas”, en relación al hecho de que tanto el director como las actrices “son heterosexuales hasta que se pruebe lo contrario”. La autora también afirmó que durante la presentación de la película la audiencia homosexual rió debido a que las escenas “no son convincentes y las encontraron ridículas”. Por su parte, Kechiche sostiene que su película no es un filme militante o sobre un tema específico como la homosexualidad, sino una historia de amor. “Pero puede ser vista de esa manera y no me molesta”.

La duración de las escenas eróticas, particularmente la primera, también fue cuestionada. Durante las primeras conferencias luego de la presentación de la película, la prensa se lanzó casi inmediatamente sobre el asunto; la historia de amor entre Emma y Adèle de pronto se convirtió en una historia de sexo.

Adèle, la actriz, dijo entender el proceso por el cual tenía que pasar la construcción del personaje. En la rueda de prensa del Festival de Cine de Nueva York, Exarchopoulos dijo disfrutar “cuando alguien me pide dar todo y saber que es legítimo dentro de la historia (…) Es humano cuestionarte cosas, pero nunca me he arrepentido de nada”. Kechicke, por su parte, restó importancia al asunto de la carga sexual.

—Yo espero que la idea de belleza emerja, se vuelva lo más importante —dijo el director—. No había nada establecido, decidí permitir que las actrices finalizaran la escena como ellas querían. Improvisaron, propusieron, fue muy sorpresivo cómo resultaron las cosas, y fue el resultado de las relaciones que evolucionaron después de trabajar juntos muchos meses.

Cuando parecía que amainaba la crítica, se renovaron los motivos. En una conversación sostenida por las actrices con el periodista Marlow Stern y publicada por The Daily Beast, Exarchopoulos y Seydoux narran detalles del proceso de filmación que retratan a un Kechiche obsesivo y controlador: la presión, el perfeccionismo que hizo que la filmación de la escena del primer encuentro sexual, realizada sin coreografía, durara 10 días de proceso agotador.

Otros detalles compartidos en la publicación revelaron supuestos arranques violentos de un director que avienta objetos o que presiona a Seydoux para que, en la escena de una discusión, golpee en el rostro con fuerza, una y otra vez, a una asustada Adèle. En un momento posterior Adèle llora; la escena se prolonga, y una línea de mocos escurre de la nariz a la boca de la actriz. La acción que sigue indica que Emma debe a besar a Adèle en la boca. Kechiche, narra la actriz, se niega a cortar para que Adèle se limpie el rostro.

A pesar de que la prensa se dio vuelo con esta historia, publicada después de la entrega de la Palma de Oro, Kechiche afirma que en ningún momento se ha sentido agredido.

—La controversia no la creó la prensa; ellos se basaron en lo que se permitió que saliera del reparto durante el proceso de la propia película —asegura con ese tono pausado —. Ciertamente, cuando la controversia apareció, algunas publicaciones decidieron echarle leña al fuego; pero en general no siento que hayan sido particularmente duros.

Mientras Kechiche concede entrevistas en la terraza exterior del SLS, Adèle hace lo propio en el interior con otros medios de comunicación. Durante un receso, ambos han coincidido en la escalera que va al estacionamiento para fumar. Como si fueran dos cómplices, se encuentran uno junto al otro y cruzan apenas unas palabras, pero dan bocanadas al mismo ritmo en el que parece su microcosmos personal. Adèle apaga el cigarro y sube los escalones; el vestido negro ajustado resalta unos glúteos perfectos, mientras los brazos desnudos se elevan para acomodar el pelo recogido sobre la cabeza de forma casual. La chica se va a su siguiente entrevista y minutos más tarde Kechiche hace lo propio.

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La vida de Adèle está compuesta por 179 minutos de escenas largas, con pausas prolongadas entre los diálogos, en situaciones cotidianas que desbordan detalles. Durante ese tiempo, el espectador es testigo de la evolución del personaje: el descubrimiento de su inclinación sexual, el viaje iniciático en el amor, el paso de la adolescencia a la edad adulta, el descubrimiento de la vocación, la construcción de un plan de vida, la intersección entre la esfera privada y la pública marcada por las diferencias de clase.

Una de las preguntas que aparece con más frecuencia en las entrevistas a Kechiche —particularmente por parte de periodistas de Estados Unidos—, es si aceptaría que se edite una versión más corta de la película para su distribución en el circuito de cine comercial norteamericano. La respuesta de Kechiche sorprende a todos: tiene tanto material valioso aún, que trabaja en una segunda versión con 40 minutos adicionales.

El director ha cruzado la barrera entre el cine independiente y el llamado mainstream estadunidense. Sentado en la terraza de su hotel en Beverly Hills, listo para recorrer la alfombra roja de la ceremonia de los Golden Globe al día siguiente, el director lo niega.

—Yo no marco la diferencia entre el gran público y el público selecto —responde, contundente—. Creí que esta película se dirigía a una forma de emoción común que todos tenemos y a la que todos somos más o menos receptivos según la sensibilidad de cada quien. No tengo esta noción de “película para las masas”, de películas más limitadas o restringidas o incluso de cine de autor. Continuaré haciendo películas con ese deseo de hacer sentir emociones a los espectadores, a los seres humanos, a la gente en general. Lo otro… es una frontera muy abstracta, que no sé si existe en realidad.

—¿Pero los premios cambian algo?

—Sí. Te ponen en el ojo del público.

No importa cuántas veces lo intente uno, Kechiche se resiste a hablar de sí mismo. Asegura que no hay nada “realmente interesante” en él. Se incomoda, desvía la mirada.

—Si lo consideramos desde el punto de vista del carácter, quizás podría definirme un poco, pero siempre será en comparación con otro. Podemos decir que alguien es bueno o malo, o que sabe ahorrar o es despilfarrador. Podemos decir muchas cosas acerca de una persona, pero en lo profundo del ser en sí, me cuesta trabajo mirarme en un espejo y decirme que sé quién soy.

Tal vez por eso, el director se vuelca en sus personajes y parece vivir a través de ellos: los describe con pasión, los sigue, imagina lo que hacen cuando no están actuando, desarrolla sus vidas mentalmente.

—Cuando estás inmerso en el proceso no hay mucho espacio para voltear y sentir, debes estar concentrado en tratar de encontrar la realidad de estos personajes. Pero sí hubo un momento particularmente sensible para mí mientras realizaba esta película: la escena en la que filmo el sueño de Adèle (Adèle duerme, tiene un sueño erótico en el que aparece la aún desconocida Emma. Despierta agitada).

Kechiche tarda varios segundos en hallar cómo describir el instante. Su vista se clava en el suelo, lanza una sonrisa apretada, emocionada; mueve las manos a punto de soltar una palabra, pero se detiene un poco más para dar con la más adecuada.

—En ese momento, no me quedaba más que capturar la belleza de su sueño. Fue estremecedor.

Con nostalgia, la mirada fija en la distancia —un gesto distinto a aquel que emerge cuando el director busca ser convincente y clava, tajante, los ojos en su interlocutor—, Abdellatif, el hombre que asegura que su propia persona no es interesante, reconoce que meses después de que un proyecto ha terminado se sigue preguntando qué habrá pasado con los personajes, qué será de sus vidas. Para su quinto filme, Adèle, con sus nalgas perfectas bajo su vestido azul, alejándose a paso rápido por la calle antes de los créditos finales, es la única que tiene la respuesta. //

*Publicado en Revista Emeequis.