Hillary Latina

Una de las grandes apuestas de Hillary Clinton es ganar el voto de la enorme comunidad de latinos en su país. Hay, sin embargo, una pregunta: ¿cómo esta mujer que pertenece a la mayoría racial anglosajona, con su jerga bostoniana, su sitio destacado en el establecimiento político, y su corrección pública, logrará el apoyo de los trabajadores, los migrantes, aquellos que mueven los engranes de la maquinaria estadounidense? La respuesta podría ser clave para convertirse en la primera mujer presidente de Estados Unidos en 2016.

photo 1

 

 

Hillary Clinton luce radiante. Sube a un escenario bordeado por tres flancos de simpatizantes que corean su nombre; el cuarto lado es una tarima con reporteros y fotógrafos. Vistiendo un traje sastre negro, una blusa verde, y un collar a juego, saluda, se acomoda el pelo rubio, camina al ritmo de la música, agita la mano hacia la tribuna. A su lado, portando un brillante saco rojo, Dolores Huerta, la mujer que junto con César Chávez se volvió el ícono de la lucha sindical de los campesinos mexicanos y mexicoamericanos durante los años sesenta, aplaude y posa para las fotografías. Hillary suelta de pronto esa risa de dientes descarados que la hace lucir espontánea, y coloca una mano sobre la espalda de Dolores. Los flashes de las cámaras las cubren como una lluvia.

Nada es casual en esta escena. La presencia de Dolores Huerta en este gimnasio de escuela de Albuquerque, Nuevo México, el 2 de febrero de 2008, es el sello de aprobación de un importante sector del liderazgo latino a la candidatura de Hillary Rodham Clinton —abogada, ex primera dama de Arkansas, ex primera dama de Estados Unidos, ex secretaria de estado y senadora por Nueva York—; una comunidad latina, migrante y mexicoamericana, que desde los años de la presidencia de Bill Clinton ha dado un voto de confianza a la pareja anglosajona más popular de la política estadounidense.

Tres días después del mitin en Albuquerque, se celebrará el llamado Super Tuesday, día en el que los demócratas de la mitad de los estados de la Unión Americana celebrarán su elección primaria entre cuatro precandidatos —John Edwards, Joe Biden, y los dos punteros, Barack Obama y Hillary Clinton— para designar a su candidato presidencial. Hillary ganará aquí, en Nuevo México, con 49% del voto, y al finalizar la ronda de primarias ganará también la mayor parte de los estados con alta población latina: California, Arizona, Nueva York, Nevada, Texas y Florida. Sin embargo, los resultados finales de la elección beneficiarán a Obama gracias al sistema electoral estadounidense basado en el número de delegados que obtiene un candidato y no en el número de votos directos: Hillary recibirá 94 000 votos más que Obama, pero obtendrá trece delegados menos. Obama, un senador de Illinois sin experiencia alguna en el Poder Ejecutivo local, estatal o federal, se quedará con la candidatura y más tarde ganará la presidencia al republicano John McCain.

Para que eso ocurra tendrán que darse varias cosas al interior del Partido Demócrata: tras la derrota, Hillary hará un recuento de su capital político, y encontrará un elemento clave: durante las primarias, el voto latino la favorecerá en un 63% sobre 35% para Obama. Para ganar, Obama necesitará el voto latino. Y resultará evidente que para ganar el voto latino, necesitará a Hillary.

Nada de esto cruza por la mente de la sonriente Hillary que esta noche de febrero en Albuquerque confía en que los números estarán de su lado. En una excelente pieza de oratoria, como las que la caracterizan, la precandidata agradece a Dolores Huerta su presencia y comparte con la audiencia su propia experiencia cuando, siendo estudiante, trabajó con los hijos de los campesinos migrantes. La audiencia, anglosajones y latinos principalmente, aplaude. Hillary Clinton, la política anglosajona más latina del país, luce radiante.

***

“Yo no nací siendo primera dama o senadora. No nací siendo demócrata. No nací siendo abogada o defensora de los derechos humanos o de las mujeres. No nací siendo esposa o madre. Nací siendo una estadounidense en la mitad del siglo XX, un tiempo y lugar afortunados. Tuve la libertad para tomar decisiones imposibles para generaciones de mujeres de mi país en el pasado, e inconcebibles para muchas mujeres en el mundo hoy en día. Me convertí en adulta en la cresta de un cambio social tumultuoso y formé parte de batallas políticas con respecto a lo que significa Estados Unidos y su papel en el mundo”.

Con un largo párrafo en el que se separa de la persona que es ahora para comprender cómo llegó a serlo, Hillary Diane Rodham, nacida en Chicago, Illinois, el 26 de octubre de 1947, da inicio a su libro autobiográfico Living History, un recorrido por sus orígenes familiares, sus años de formación, su encuentro con Bill Clinton, y las décadas a su lado que los llevaron desde el activismo social de finales de los sesenta, hasta sus ocho años en la Casa Blanca —incluido el affaire Mónica Lewinsky, pantano que logró cruzar sin mancharse el plumaje—. Las últimas páginas abordan su elección al Senado estadounidense.

Hija de un ama de casa y de un veterano de la Segunda Guerra Mundial que después se volvería un exitoso empresario textilero, Hillary nació en un hogar metodista y republicano. Ella misma sería una entusiasta joven haciendo trabajo político por candidatos republicanos hasta 1968, cuando su postura con respecto a temas como la guerra en Vietnam cambiaría sus simpatías partidistas. Graduada en Ciencia Política de Wellesly College y de la Escuela de Leyes de Yale, donde, en 1971, conoció a William Jefferson Clinton, graduado del mismo lugar. Tras un noviazgo en el que alternaron lo mismo causas políticas que visitas de costa a costa —ella empezó a trabajar en California mientras él arrancaba su carrera política en su natal Arkansas—, la pareja se casó por la religión metodista en 1975 y la joven Rodham se convirtió en Hillary Clinton.

A lo largo de su relato biográfico, Hillary salpica aquí y allá sus primeros contactos con la comunidad latina en distintos puntos del país y en distintos momentos de su vida. Inicia con las visitas a las iglesias de las comunidades negra e hispana en los barrios más pobres de Chicago para tener acercamientos con sus jóvenes, mientras estudiaba en Wellesly. Antes de eso, explica, los únicos afroamericanos que conocía eran los empleados en el negocio de su papá y en su casa. Más tarde habla con orgullo de su trabajo investigando las condiciones de vida de los niños migrantes de las familias trabajadoras de los campos para emprender su defensa legal contra sus empleadores —algunos de sus compañeros de Yale llevarían la defensa de tales empleadores—, y de su participación en la campaña presidencial del demócrata George McGovern contra el entonces presidente Richard Nixon —quien logró la reelección—. En esa campaña, a Hillary le fue asignado el sur de Texas.

“Los hispanos en la zona eran comprensiblemente cautelosos con una chica rubia de Chicago que no hablaba una sola palabra de español. Encontré aliados en las universidades, entre los trabajadores organizados y entre los abogados de la Asociación de Apoyo Legal del Sur Rural de Texas”, recuerda. Una de sus anécdotas favoritas de ese periodo ocurrió una noche en que ella, Bill y un amigo de ambos, cruzaron la frontera en un auto para comer en un restaurante de Matamoros “que tenía un mariachi decente y que servía el mejor —y el único— cabrito que he comido en mi vida”.

María Echaveste conoce de memoria estas anécdotas y ríe cuando las recuerda. Morena, de pelo negro rizado con mechones blancos y sonrisa contagiosa, entre 1998 y 2001 fue subjefa de personal de la Casa Blanca. Estuvo a cargo de iniciativas de políticas públicas de la administración Clinton relacionadas con educación y derechos civiles, y se especializó en asuntos internacionales y de América Latina, incluido el Plan Colombia. Tras sus años en la Casa Blanca, Echaveste montó una firma de consultoría y ha permanecido cercana a la familia del ex presidente. En septiembre de 2 014, Barack Obama la nominó al cargo de embajadora de Estados Unidos en México, lo cual la habría convertido en la primera mujer en ostentar esa posición. Echaveste lo consideró por un tiempo y declinó la propuesta a principios de 2015.

Echaveste y Hillary se conocieron a mediados de los años ochenta, cuando la primera, recién titulada como abogada, formaba parte de la mesa directiva de una fundación en Los Ángeles. Al inicio de la campaña electoral de Bill Clinton en 1991, Echaveste, convencida de que era necesario el cambio que representaba el joven político tras veinte años de gobiernos republicanos, buscó a Hillary para trabajar con ellos. Pronto fue nombrada directora nacional de la campaña para la comunidad latina.

—Pero Hillary y Bill ya habían tenido contacto con la comunidad— asegura Echaveste, recordando el trabajo de los Clinton en la campaña de McGovern en Texas—. Muchas de las personas que los conocieron en esa época los siguieron en 92. Mi trabajo entonces era presentar a Bill con la comunidad latina. Buscábamos delegados por varios estados: Illinois, Puerto Rico, Nueva York, y ahí es cuando los Clinton se acercaron a nuestro liderazgo, los conocieron e identificaron las diferencias entre nuestras comunidades. Porque todos somos latinos, pero no son lo mismo los puertorriqueños en Nueva York que los cubanos en Florida, o los mexicoamericanos en Texas y California.

Los allegados a los Clinton coinciden en describir esos años como un proceso de aprendizaje para el primero candidato, y luego presidente, y su esposa: identificar factores que afectaban a la comunidad latina en específico, como la falta de educación o de acceso a oportunidades. En el proceso, hicieron grandes amigos con los que terminaron trabajando.

—Recuerdo muy bien una nota que me envió el presidente Clinton —cuenta Echaveste—. El New York Times había publicado un artículo en el que se decía que la comunidad latina no avanzaba económicamente en la misma medida que otros grupos. El presidente me dejó una copia del artículo con la nota: “¿Por qué está pasando esto?”. Empezamos a hacer el análisis y una de las cosas que encontramos es que los latinos no estaban adquiriendo el mismo nivel de educación. Hillary vio este resultado con mucho interés y puso manos a la obra y se dedicó a conocer a nuestra comunidad. Ella es una persona muy cariñosa, muy amable… Yo sé que es raro que los medios vean esto, y es lógico. Hillary ha estado en la vida pública por tantos años que uno pone un poco de distancia para protegerse, pero quienes la conocemos sabemos que es una persona muy afectuosa y genuinamente interesada. El cariño que le tiene la comunidad a Hillary no es cosa de ayer.

***

La ciudad de Las Vegas es como un permanente surtidor de luz y sonido en medio de la nada. Imposiblemente asentada en el desierto de Nevada, a 70 kilómetros de la frontera con California. Las Vegas es la versión adulta y frívola de la Disneylandia yanqui: un sitio en el que todo el que pueda pagarlo —y en temporada baja el monto requerido no es muy elevado— tiene acceso a casi cualquier fantasía, lo mismo si ésta involucra leones o columnas romanas, volcanes en erupción o cascadas, que cuerpos desnudos cubiertos de brillantina suspendidos en el aire por un arnés.

La fantasía, que opera las 24 horas de los 365 días del año, tiene un andamiaje colosal: 150,000 habitaciones de hotel, 1,700 casinos, 1,450 restaurantes, y una derrama económica de 9,000 millones de dólares al año, sólo por concepto de apuestas, que son sostenidos por 60,000 trabajadores sindicalizados: un salario promedio de doce dólares por hora, más jugosas propinas, se vuelve un imán para trabajadores afroamericanos, algunos asiáticos, y un gran número de latinos.

El 19 de enero de 2008, tres semanas antes del Super Tuesday de la primarias demócratas, las puertas de uno de los dos ballrooms del Wynn, un hotel no temático, grande y exclusivo sobre Las Vegas Strip, se abrieron de par en par y dejaron entrar una marejada de trabajadores: recamareras con zapatos bajos y plaquitas metálicas al pecho con su nombre grabado; empleados y empleadas de cocina con mandiles blancos y redes en el pelo, algunos portando orgullosamente un gorro de chef; trabajadores de limpia, con camisas azules de letras bordadas que lo mismo decían “Williams” o “Robinson” que “Muñoz” o “Martínez”.

Uno a uno o en corrillos, riendo y bromeando, los trabajadores se sentaron en las sillas dispuestas en hileras frente a un breve escenario, desde donde un dirigente sindical leía un documento: ese día se celebraba el caucus de Nevada, el longevo mecanismo que existe aún en algunos estados, equivalente a las elecciones primarias, para nombrar un candidato a la presidencia de un partido. El líder informó que los trabajadores tienen derecho a que su empleador les dé tiempo para votar en las elecciones internas de su partido; los trabajadores tienen derecho a elegir con libertad al candidato de su preferencia en el partido de su preferencia, y los trabajadores tienen derecho a mantener en secreto el sentido de su voto, pero también tienen derecho a expresar su preferencia si así lo desean.

Tan pronto terminó la lectura y los empleados recibieron la luz verde para votar, hicieron uso del último derecho. Camareras y cocineras levantaban en alto carteles con la palabra “Hillary” en letras blancas enmarcadas por barras y estrellas rojiazules. Coreando con fuerza, su voz rebotaba en los muros y el alto techo del ballroom, las mujeres buscaban convencer a sus compañeros que apoyaban a Obama de que, al menos en ese precinto, “la Hillary”, como le dicen a la ex primera dama con campechana naturalidad, sería electa candidata. Algunos trabajadores afroamericanos hacían lo propio con los carteles del contrincante y la votación inició sobre las mesas largas cubiertas por manteles y colocadas a las orillas del salón. Cuando se dieron a conocer los resultados, la ventaja de Hillary fue absoluta. Un bullicio se escuchó mientras un hombre de bigote gritaba “¡Viva la Hilaria!”. Como ocurriría con la población latina en el resto de los estados, la de Nevada favorecía a Hillary dos a uno sobre Obama.

Tras la experiencia de las primarias en 2008, la pregunta ha permanecido en el aire: ¿cómo es que Hillary, perteneciendo a la mayoría racial anglosajona, con su jerga bostoniana, su sitio destacado en el establishment político, y su corrección pública —todo lo contrario al desenfado de un Barack Obama en campaña—, ha logrado tal apoyo por parte de los latinos, los trabajadores, los migrantes, aquellos que mueven importantes engranes de la maquinaria estadounidense? Y si ha sido capaz de asegurar el apoyo de esta base, ¿qué le ha fallado con otros grupos? Para Clinton, quien en marzo de 2015 anunció su intención de volver a contender por la candidatura a la presidencia de su partido, la respuesta podría ser clave para finalmente convertirse en la primera mujer presidente de Estados Unidos en 2016.

Desde que Hillary Clinton dejó de ser vista como primera dama para ocupar un cargo político, suele creerse que la base electoral natural de la ex senadora está compuesta por mujeres y por baby boomers —los integrantes de la generación nacida después de la Segunda Guerra Mundial, a la cual pertenecen los Clinton—. Sin embargo los datos indican que, al menos en el caso de los votantes latinos, la simpatía por la ex primera dama es más o menos uniforme.

De acuerdo con los resultados de las primarias demócratas de 2008, publicados por el think tank Pew Research Center, “la Hilaria” hace honor a su sobrenombre en todo el espectro votante latino, que además se ha incrementado. En California, los latinos constituyeron 30% de los votantes de la primaria demócrata, comparado con 16% de 2004. En Texas fueron 32%, comparados con 24% de 2004. Con respecto al rango de edad, más de uno de cada cinco votantes de esa jornada tenía entre 17 y 29 años, y más de la mitad de los votantes hispanos fueron menores de 45 años en comparación con solo la tercera parte de los votantes blancos de la misma jornada. En todos los casos, la preferencia de los votantes latinos fue por Hillary. En cuestión de género, los hombres hispanos de todos los niveles de ingreso económico también votaron por ella sobre Obama.

En su libro Obama Latino, el periodista mexicano Wilbert Torre analiza el fenómeno que llevó a Obama a erigirse en el candidato demócrata primero, y en el presidente de Estados Unidos después, desde la perspectiva de la organización de base a ras de suelo para atraer votantes, y desde la perspectiva de la comunidad hispana; ambas influenciadas por la estrategia utilizada por César Chávez en los cultivos de California durante los años de lucha por los derechos de los trabajadores campesinos.

Torre expone cómo al inicio de la campaña nadie pensaba en la posibilidad de que Obama pudiera convertirse en un adversario serio para Hillary, con las encuestas de principios de 2007 poniéndolo veinte puntos por debajo de la entonces senadora, para después ascender diez puntos, y al paso de los meses obtener otra ventaja: en el segundo trimestre del año, Obama había recabado fondos por 32 millones de dólares, venciendo por primera vez a su principal contrincante. La estrategia de organización puerta por puerta resultó un éxito y le dio la candidatura: mientras Hillary se embarcaba en una campaña política tradicional, tratando de hacer visitas exprés a la mayor cantidad de ciudades posibles, Obama recorría el estado de Iowa, el primero en votar durante las elecciones primarias, pueblo por pueblo y ciudad por ciudad, conociendo a la gente, conversando con ellos.

Sin embargo, en lo que respecta a los latinos, Hillary conservó su base y ésta se volvió su activo de negociación. Torre, quien describe a la administración de Bill Clinton para los latinos, como “una época de estabilidad y bonanza económica que había beneficiado sus comunidades y que ahora todos echaban de menos”, cita el comentario de un hombre en el sur de Texas durante las primarias: “A los latinos nos fue muy bien con Clinton; y como están de duras las cosas, más vale malo por conocido…”.

Para mediados de 2008, cuando resultaba evidente que en la Convención Nacional Demócrata de agosto Obama tendría más delegados a su favor y se alzaría con la candidatura del partido, Hillary aceptó su derrota y se sumó a la campaña de Obama para invitar a la gente de Arizona, Nevada, Nuevo México y Florida —los sitios que le habían dado su apoyo— a votar por su ex contrincante. La lucha interna había terminado y ahora había que unir fuerzas por un objetivo mayor: sacar a los republicanos de la Casa Blanca. Y así, Hillary se volvió uno de los recursos clave de la campaña presidencial demócrata en 2008.

Finalmente llegó la semana de la convención, celebrada en Denver, Colorado. Los Clinton, en eventos por separado, hicieron su entusiasta aparición, dieron discursos en apoyo a Barack Obama, y el 28 de agosto presenciaron su nombramiento como candidato. Cinco meses después, Obama tomaba protesta como el primer presidente afroamericano de Estados Unidos y Hillary Clinton se convertía en su poderosa secretaria de Estado.

***

Henry Cisneros está contento. El elegante salón Town and Gown de la Universidad del Sur de California (USC) se encuentra lleno a toda su capacidad: unos cuatrocientos integrantes de la élite política latina que este 9 de noviembre de 2013 han acudido al evento en honor a Hillary Clinton convocado por la U.S.-Mexico Foundation, una organización no gubernamental creada para impulsar programas binacionales. Alto, moreno, de rostro alargado, mirada triste y sonrisa cálida, Cisneros, a sus 65 años es uno de los políticos hispanos más influyentes de Estados Unidos, cercano a los Clinton, a la élite mexicoamericana, y a la cúpula ejecutiva de los medios de comunicación en español.

Sobre un escenario enmarcado por dos vistosos candiles, Cisneros dice unas palabras para presentar a la homenajeada: “En contadas ocasiones, en el horizonte de la historia de Estados Unidos, aparece un líder cuyo profundo entendimiento, probada experiencia e incansable dedicación lo convierten en la persona precisa para ese momento. Esa persona es la senadora, primera dama y secretaria de Estado Hillary Clinton, y ese momento es hoy”. Entonces Hillary sube al escenario y el abrazo que se dan —cálido y alegre, Cisneros ligeramente inclinado hacia el frente para acercarla a él— es el de dos personas que se conocen de toda una vida. En el caso de ellos, es así.

Conocí a Cisneros en una ocasión previa a esta ceremonia, durante aquella visita de Hillary a Albuquerque en febrero de 2008. En el lobby de uno de esos hoteles para viajeros de negocios que abundan a la orilla de las autopistas estadounidenses, conversé con el político que se encontraba en Nuevo México para apoyar a su amiga en la batalla por la candidatura.

Si alguien sabe sobre la participación de los latinos en la política, ese es Cisneros. En 1975, a los 27 años, se convirtió en el concejal más joven de San Antonio, su ciudad natal, y seis años después en el primer hispano en gobernar una de las grandes ciudades de Estados Unidos, cuando resultó electo alcalde. Siendo un activo miembro del partido demócrata, se involucró en la campaña presidencial de Bill Clinton en Texas, y dos años más tarde fue nombrado secretario de Vivienda y Desarrollo Urbano de su gobierno. Su amistad con Hillary data de entonces.

En aquel nuestro primer encuentro, a tres días del Super Tuesday, Cisneros habló sobre las cualidades de la senadora Clinton para dirigir el país, y en algún momento afirmó que esa elección sería el parteaguas para medir la fuerza del voto latino.

—Lo vimos en el caucus de Nevada— me dijo plegando el cuerpo de extremidades largas en un sillón, haciéndome recordar a los trabajadores de hotel de Las Vegas coreando el nombre de “la Hilaria”—. Hillary Clinton dedica su triunfo al voto latino porque eso hizo la gran diferencia. Esta elección demuestra que somos la base del sistema político, al menos del demócrata, y lo vamos a seguir siendo en las próximas elecciones. Esa ya es la formación, la trayectoria de la política de este país.

Esta vez, la segunda en la que veo a Cisneros, las circunstancias de Hillary han cambiado, pero no el objetivo. Tras desempeñarse como secretaria de Estado de Barack Obama durante los primeros cuatro años de su gobierno, y después de enfrentar, desde la crisis de seguridad en Benghazi, hasta algunos problemas de salud, Clinton vuelve a este territorio de aliados y amigos nueve meses después de haber dejado gabinete, sin cargo y sin responsabilidad. En 2011, durante la 41 Conferencia de las Américas en Washington, la imagen de una secretaria de Estado cansada, con el cutis ajado y visibles bolsas debajo de los ojos, provocó especulaciones sobre la capacidad de Clinton para continuar al frente del Departamento de Estado. Ahora, ataviada con un elegante saco largo de tono obscuro, el cabello arreglado de forma ligera, y una expresión relajada y divertida, Hillary luce con más energía que nunca.

En papel, el objetivo de este evento es la entrega del Premio Rebozo a Clinton por su papel en la creación de la Iniciativa Mexicoamericana de Liderazgo (MALI), una red creada en 2010 por la US-Mexico Foundation como plataforma para que los líderes mexicoamericanos puedan contribuir al fortalecimiento de las relaciones sociales con México. Siendo secretaria de Estado, Clinton dio su apoyo públicamente al lanzamiento de MALI en 2011.

MALI tiene en su ADN el sello Clinton. La iniciativa está bajo la dirección de un grupo formado por Cisneros, María Echaveste, el académico David Ayón, y José Villareal, un abogado y activista de San Antonio que ha sido parte de varias campañas, incluidas la de Bill Clinton en los noventa y la de Hillary en 2008, y que presidió la junta directiva del Consejo Nacional de La Raza. En repetidas ocasiones, Villareal ha insistido en que los esfuerzos de MALI tienen como meta “acabar con el juego de encontrar culpables [en la situación por la que atraviesa México] y empezar a construir soluciones para la gente que vive en ambos lados de la frontera como una obligación moral de los dos países”. Esta postura hace eco a la aceptación de la responsabilidad de Estados Unidos en el tráfico de armas hacia México por parte de Clinton durante su gestión en el Departamento de Estado.

Los asistentes a la celebración de MALI saben y disfrutan el hecho de que esto en realidad es uno de los primeros eventos de precampaña de la ex senadora; un termómetro que Hillary aplica para medir la temperatura a una posible candidatura. En la política estadounidense, algunas de estas entregas de premios son la coartada para un tácito pase de lista. En los nueve meses que siguieron a su salida del Departamento de Estado, Hillary recibió 15 premios, incluidos uno otorgado en Gran Bretaña por la Reina Isabel II, el Founders Award que entrega la asociación de Elton John dedicada al combate del sida —y a cuya ceremonia asistieron Billy Joel, Tom Hanks, Kevin Spacey y Mick Jagger, entre otros—, y el Global Champion Award del grupo humanitario International Medical Corps (IMC), con sede en la ciudad de Santa Mónica.

Una nota publicada en el diario Washington Post indica que imc recaudó cerca de dos millones de dólares tras la ceremonia en el Beverly Wilshire Hotel, en donde Clinton fue homenajeada. Cerca de 900 personas asistieron, Bill Clinton hizo una aparición en la recepción previa al evento, y la pareja se tomó fotos con el cantante Lenny Kravitz. Entre los organizadores se encontraban Jeffrey Katzenberg, director de los estudios DreamWorks, y el director Steven Spielberg. El productor y director Rob Reiner moderó una discusión a puerta cerrada entre Hillary y su hija Chelsea, con un grupo de altos ejecutivos y escritores de televisión. Todos son considerados potenciales donadores a una campaña política, y mantener tales bases bien vale un fin de semana en California.

Pero el evento relevante fue el del día siguiente, cargado de orgullo latino. Clinton convivió con la embajadora de Argentina Vilma Martínez; con el entonces alcalde de San Antonio, Julián Castro —quien también se ha mencionado como posible candidato a la presidencia por el Partido Demócrata, y a quien muchos quisieran ver como mancuerna de Hillary en el boleto presidente/vicepresidente—, y la ex secretaria del Trabajo y hoy supervisora del condado de Los Ángeles, Hilda Solís. También estaban ahí Tom Saenz, presidente del Fondo Mexicoamericano para la Defensa Legal (MALDEF); Carlos Gutiérrez, quien fuera secretario de comercio durante el gobierno de George W. Bush; la senadora Barbara Boxer; el presidente del Sindicato Campesino, Arturo Rodríguez; el presidente de finanzas del Comité Nacional Demócrata, Henry Muñoz; Mónica Lozano, presidenta de Impremedia, la cadena de diarios en español más grande del país, incluido el diario angelino La Opinión, e incluso Gil Cedillo, concejal de la ciudad y uno de los líderes chicanos más respetados por la comunidad —y quien en 2008, siendo senador de California, apoyó de manera temprana a Barack Obama e hizo campaña por él.

Hillary está cómoda. Habla de un futuro compartido con México y de cómo los mexicoamericanos pueden ayudar a construir ese futuro; e inevitablemente, termina abordando el tema migratorio.

—Nuestra diversidad es una de nuestras grandes fortalezas. Parte del argumento obvio para apoyar una reforma migratoria es que somos un país de inmigrantes, y deberíamos estar celebrándolo, en vez de temerlo— dijo ante un auditorio que le aplaudía de pie. Momentos después, Hillary recibía el Premio Rebozo: efectivamente, un elegante rebozo color acerina que le fue colocado sobre los hombros y en torno al cuello. La encargada de entregarlo fue María Echaveste.

***

En una ocasión, durante sus años de preparatoria, Hillary decidió lanzar su candidatura para ser la presidenta del gobierno escolar. Compitió contra varios hombres y perdió. “Lo cual no me sorprendió, pero me dolió”, escribiría años más tarde, “especialmente porque uno de mis oponentes me dijo que yo era ‘verdaderamente estúpida por creer que una mujer podía ser electa presidente'”.

La anécdota se convirtió en sólo un atisbo de los obstáculos que tendría que enfrentar por el hecho de buscar un lugar relevante en la política, un mundo construido por hombres y para hombres. Durante los años en que fue primera dama de Arkansas, sus comentarios causaron revuelo por ser demasiado políticos, y porque llegó a decir que ella no se quedaría en casa “horneando galletas y tomando té”, lo cual fue interpretado como una crítica a las mujeres que decidían ser amas de casa. Durante sus años en la Casa Blanca, Bill le asignó la tarea de coordinar una estrategia para lograr una reforma de salud; el Congreso la paró en seco recordándole que sólo era la primera dama, y que por ella nadie había votado.

Los ataques más severos llegaron, sin duda, durante las primarias de 2008. El propio Barack Obama, durante un debate televisado, cuestionó sus argumentos haciendo referencia al desempeño que había tenido Clinton como presidente. “Él no está aquí, yo sí”, respondió Hillary tratando de mantener la calma. En las calles, simpatizantes del Partido Republicano iban aún más lejos, sosteniendo carteles con la frase “si no pudo satisfacer a su esposo, menos lo hará con el país”, en relación a la aventura de Bill con Lewinsky.

—Esta campaña va a ser muy difícil— admite Echaveste, quien a pesar de que aún no tiene un cargo definido en el equipo de la precandidata, está acostumbrada a hablar como parte de él—. Habrá muchas personas que estarán en contra de una mujer, y más si esa mujer se llama Hillary Clinton. Habrá personas que se opongan a ella porque piensan que no es suficientemente de izquierda, y está bien, tenemos la oportunidad de discutir los temas y buscar soluciones. Y también hay demócratas de cierta edad a los que se les hace muy difícil imaginar a una mujer a cargo. Pero paso a paso.

Lo que sí es claro es que Hillary planea volver a jugar la carta latina, y que lo hará con todo. Tras el anuncio formal de su precandidatura para la elección de 2016, ha nombrado a dos latinos como parte de su equipo de campaña: Amanda Rentería como su directora política, y el viejo conocido José Villareal como tesorero.

—Esto no es extraño. Desde que estaban en la Casa Blanca, los Clinton abrieron espacio a los latinos— afirma David Ayón, académico de la Universidad Loyola Marymount, experto en política binacional México-Estados Unidos, y uno de los directivos de la iniciativa MALI—. Tanto María Echaveste como José Villareal tuvieron roles relevantes en la Casa Blanca y saben a detalle y de cerca cómo se vino profundizando esa relación con los latinos. Bill Clinton nombra a Henry Cisneros, tal vez el más conocido de los políticos latinos, como pieza fundamental en su gabinete; y él ha su vez ha sido un gran promotor, con enorme éxito, del acceso de latinos a nombramientos en todos los departamentos de gobierno: Bill Richardson como embajador a las Naciones Unidas, un paso significativo para promover la agenda de los latinos en la política exterior; o Ana María Salazar como asesora del presidente, por poner un ejemplo. La administración Clinton ha sido la más significativa en avances políticos para los latinos hasta el momento.

Ayón considera que otro paso importante se dio cuando Hillary fue nombrada secretaria de Estado.

—Su llegada marcó de forma dramática un nuevo nivel de participación de políticos latinos en la política exterior. En una cooperación entre el Departamento de Estado y la Casa Blanca, se nombró a Arturo Valenzuela como embajador ante la oea, Vilma Martínez a Argentina, Raúl Izaguirre a República Dominicana, Mary Carmen Aponte a El Salvador, Carlos Pascual a México. Se marcó una pauta, un nuevo nivel. Hillary llega al Departamento de Estado con una concepción sin precedentes de que las comunidades étnicas son activos subutilizados en la diplomacia de Estados Unidos en relación con sus países de origen.

Mientras otros posibles aspirantes a la candidatura tanto por el Partido Demócrata como por el Republicano siguen evaluando la conveniencia de lanzarse a la contienda, Hillary avanza con un grupo de apoyo ciudadano que se hizo llamar Ready for Hillary promoviendo su imagen desde hace varios meses, y con una ventaja en las encuestas que la pone en 60% de las preferencias del electorado de su partido con respecto a sus otros posibles contrincantes. El aspirante demócrata que más se le acerca también es una mujer y es la senadora Elizabeth Warren, con sólo 12%. Sin embargo es claro que, esta vez, Hillary no se dormirá en los laureles de la ventaja en las encuestas.

—Nuestra tarea es asegurar que estaremos hablando a todos los niveles, a todos los sectores de nuestra sociedad, y no dejar que ningún voto se quede pendiente porque nadie le habló a ese votante de las cosas que eran importantes para él —afirma Echaveste—. Las elecciones tienen que ser sobre las esperanzas y los sueños del votante, no sobre la ambición del candidato. Por eso me siento muy orgullosa de cómo empezó Hillary esta vez la campaña: no viajando en avión, sino recorriendo Iowa por carretera, conversando con la gente, escuchando al país.

Tal como lo hizo Barack Obama hace ocho años.//

 

*Publicado en Revista Gatopardo, junio 2015.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s