Demián Bichir, “pata de perro”

Una mañana de 1980 en una preparatoria de la ciudad de México, el profesor de Literatura interrumpió la clase de Historia y pidió permiso para hablar con un alumno de apellido Bichir. Cuando lo tuvo enfrente, le preguntó: “¿Eras tú?”. La noche anterior se había presentado la obra Ah, soledad, de Eugene O’Neill, interpretada por la Compañía Nacional de Teatro; el profesor reconoció a su estudiante en el papel del joven Richard Miller y quedó impresionado con su actuación. “Sólo vine a decirte una cosa: si puedes hacer eso, puedes hacer lo que se te antoje en la vida, lo que tú quieras”. Ese Bichir se llamaba Demián.

Más de treinta años después, Demián va por la vida con la certeza de que puede hacer cualquier cosa. Lo mismo interpreta al Marlboro, el héroe de barrio popular de Fuera del cielo, que al padre de la patria enHidalgo, o al comandante Fidel Castro en Che. Hoy, a sus cuarenta y ocho años, se puede dar el lujo de seleccionar meticulosamente la obra y el personaje que va a interpretar. Lo que busca es el reto; y mientras más difícil se la pongan, mayor es el interés.

“Es cuando no sé qué hacer con el personaje que digo que sí”, dice pensando antes de responder, entrecerrando los ojos hasta que se le hacen arruguitas. Relata cómo es que ha llegado al punto en el que el público estadounidense lo reconoce en la calle por su papel de Esteban Reyes —el pulcro y controvertido político mexicano de la serie Weeds—, y al mismo tiempo lo saludan sus paisanos que viven en Los Ángeles porque lo vieron como el jardinero indocumentado de A Better Life. “A veces me ofrecen papeles que son muy atractivos; papeles que son blockbusters, con mucha lana de por medio, pero digo que no porque tengo que seguir creciendo como actor”.

Este proceso le ha tomado toda una vida marcada por el apellido. Demián es el segundo hijo del director de teatro Alejandro Bichir y de la actriz Maricruz Nájera. La casa infantil de los Bichir se encontraba en la colonia Prohogar, en la delegación Azcapotzalco del Distrito Federal. De ahí, la familia se mudó a Tlatelolco, donde años después Demián y Bruno, su hermano menor, filmarían Rojo amanecer, una de las películas con mayor éxito de taquilla en México, que sirvió para catapultar la carrera de los Bichir. Una tercera mudanza llegó cuando Demián aún era adolescente, esta vez a la zona de Arboledas, en el Estado de México. El movimiento continuo cobró su cuota en su rendimiento académico y de plano tuvo que repetir tercero de secundaria. Luego terminó la preparatoria, la única condición impuesta por su padre para permitirle actuar a temprana edad. Lo demás ha sido, como él la llama, la constante presentación de tesis en una carrera en la que nunca se deja de estudiar.

Odiseo, su hermano mayor, recuerda a un Demián que era amiguero y “aventado”, que veía poca televisión pero que poseía un gran ingenio. De niño solía crear personajes a los cuales les inventaba una historia, una nacionalidad e incluso una voz: se volvió tan bueno para imitar acentos que una de sus travesuras favoritas era llamar por teléfono a sus hermanos o a su mamá y fingir con éxito que era otra persona, para terminar atacado de la risa. Su vida familiar y la formación en el oficio se confunden: pateaba una pelota en los pasillos de Canal Once cuando acompañaba a su padre a recoger a Odiseo, y más tarde corría al salir de la secundaria para llegar al ensayo de una obra, y de ahí a dar una función. El trabajo paralelo, y en ocasiones conjunto, con Odiseo y Bruno, ha dado como resultado que los Bichir sean una presencia constante en la escena histriónica mexicana.

El tema de sus hermanos provoca una sonrisa instantánea en Demián. La mirada, que suele sostener fijamente en su interlocutor, de repente se va hacia otro lado, como tratando de evocar las palabras precisas para describir lo que siente por ellos. “Yo tengo la enorme bendición de que dos de los actores que más admiro son mis mejores amigos, y además son mi sangre. Me sorprenden constantemente, se me llena la boca cada vez que tengo que hablar de alguno de los dos. Odiseo es un tamaño de actor que no lo puedes creer, es uno de los actores que más me impactan, la forma en que prepara sus personajes de una manera totalmente analítica. Bruno también tiene la intelectualidad para crear al personaje, pero al mismo tiempo tiene una animalidad fantástica, una intuición a prueba de todo. Muchas veces hemos competido por el mismo personaje, y uno es el primero en aplaudir cuando le toca al otro, porque sabes que es un resultado que te va a gustar ver. Hemos estado en esas circunstancias varias veces y no hay celo”.

En el año 2003, los MTV Movie Awards crearon la categoría “Mejor Bichir en una película”, debido a la cantidad de producciones en las que participaron los miembros del clan. El premio se lo llevó Demián por su papel de Manny en Bendito infierno.

Entre paisanos

Caminando por el barrio de West Hollywood, en un día de perfecto clima californiano, Demián parece un angelino más. Viste pantalones cargo, una camiseta y gorra. Lleva una barba de un par de días y un teléfono en la mano. Llega a pie a una de las tantas cafeterías con mesas sobre la acera, que hay en el área. La razón por la que él viene aquí, explica, es que venden el mejor café de Los Ángeles. Una chica lo recibe en inglés, pero en seguida aparece un mesero y al actor le sale del alma un “¡paisano!” que suelta con naturalidad. El mesero sonríe, al igual que los otros que andan por ahí; es que en esta zona de gringos no es muy común recibir a alguien que llega a preguntar sobre la chamba o la última pelea de box, o que sea seguidor de las Chivas del Guadalajara. Pero cuando Demián va por su cafecito, cuentan más tarde los trabajadores, la charla es entre paisanos.

Otro paisano, Carlos Galindo, es el personaje que protagoniza Demián en A Better Life, del director Chris Weitz, presentada en la inauguración del Festival Internacional de Cine de Morelia. Aunque en cada entrevista promocional el actor ha dicho que ésta es su película más importante por la honestidad de la historia, cuando empieza a hablar sobre su acercamiento a la realidad del personaje, un inmigrante indocumentado de Los Ángeles, Demián se “prende”, se apasiona y le sale lo Bichir.

“Cuando me empecé a preparar para el papel me puse a recorrer con mi carro las zonas donde trabajan: las casas donde son cocineros, meseros, nannies, la gente que arregla el jardín, que limpia, que cuida a los niños. Es gente que trabaja todo el tiempo, pero con la incertidumbre de que mañana alguien viene y te pregunta algo, y entonces nunca estás realmente tranquilo”.

La película narra la historia de Carlos, un jardinero, y su hijo Luis, criado en Los Ángeles. Las diferencias entre el padre, inmigrante ilegal, y el adolescente; el riesgo que representa para uno la deportación y para el otro la vida en una zona de pandillas provocan situaciones límite.

“La separación de las familias es lo peor. Éste es un juego de varias bandas. Ellos saben quiénes somos, saben dónde estamos, lo que hacemos —dice Demián enfático al referirse a la autoridad estadounidense—. Si quisieran, aquí estamos para lo que sea, pero no lo hacen porque nos necesitan. Lo que pasa es que si empezamos a trabajar en una situación legal, tal vez les armamos una huelga, o les pides que en lugar de pagarte a diez cacahuates la hora, te la paguen a una cantidad justa. El gobierno mexicano sabe que cuando un paisano sale de México va a entrar mucho dinero. Cuando un paisano decide cruzar la frontera, todos ganan, y el más perjudicado es él. Por eso me atrapó esta película, porque creo que eso es lo que busca el arte, lo que busca el cine: tratar de cambiar la perspectiva, presentar otro punto de vista. Hay gente que ha visto la película, anglos, que no entendían realmente cuál es el problema con la inmigración en este país, y que me han dicho: en dos horas me hiciste cambiar la manera en la que veo el problema. Esta película ha logrado tocar corazones y abrir mentes”.

A pesar de vivir en la zona oeste de la ciudad, en el área hip and trendy de Los Ángeles, Demián asegura estar familiarizado con la zona este, en donde se desarrolla la historia deA Better Life, debido a su cercanía con la escena artística de esta área en el vecindario de Boyle Heights. Eso, más la búsqueda de auténtica comida mexicana, es lo que lo ha llevado a recorrer distintos barrios de la ciudad, le ayudó a perfilar el personaje de Carlos.

Quienes frecuentan el restaurante Tere’s sobre la avenida Melrose fueron testigos de esa preparación. Tere’s es un lugar pequeño, con unas cuantas mesas, decorado con motivos mexicanos. El menú ofrece desde la casera sopita de fideos hasta las flautas y las tostadas para saciar el antojo de garnachas. Un letrero con la leyenda “Para comer bien hay que saber esperar” recibe al cliente que se acerca a pedir su orden.

Luis, el hermano de la dueña del lugar, atiende a Demián con frecuencia desde hace dos años: tacos de carne asada, chile relleno y enchiladas verdes figuran entre sus platos favoritos. Un día, Luis vio que se estacionó frente al negocio una camionetita blanca, vieja y en no muy buenas condiciones. Se bajó un hombre con atuendo de trabajador y lo saludó con el conocido “¡paisano!”. Era Demián, que había comprado una camioneta sin aire acondicionado y con un radio viejito, para ir entrando en su papel de jardinero.

“La vida cambia cuando manejas otro tipo de auto —dice el actor al recordar esos meses—. Hay una discriminación no sólo racial, sino clasista; la discriminación de clase es brutal. Cuando alguien te ve manejando un auto destartalado asume de manera inmediata que eres un loser y entonces el trato es muy rudo”. Con esa camionetita, Demián llegó una vez al set de filmación y el guardia de seguridad de la locación lo detuvo y le preguntó qué necesitaba. No creía que un actor pudiera llegar en ese auto.

Otro ajuste que tuvo que hacer para realizar este papel fue subir de peso. Durante tres meses subió los más de diez kilos adicionales que necesitaba para interpretar a Carlos; tardó un año en bajarlos. Aun así, asegura que él siempre ha sido flaco, que come lo que quiere y no engorda. Mientras lo dice, vacía un sobrecito de azúcar “de a de veras” en el café latte que ordenó.

Vivir en inglés

La primera vez que Demián Bichir vino a vivir a Estados Unidos lo hizo siguiendo a una mujer. Era 1986 y, mientras filmaban una película en San Miguel de Allende, Guanajuato, se enamoró de la actriz Rona de Ricci, quien vivía en Nueva York. Demián entró al país con una visa de turista y al poco tiempo consiguió empleo sin tener permiso de trabajo, con tan buena suerte, que unos meses después llegó la Ley de Amnistía y pudo regularizar su situación. A Nueva York siguió Los Ángeles, donde vivió hasta 1994. Fueron años de batalla, de no encontrar los espacios donde desarrollar su trabajo; las cosas no estaban saliendo como el actor quería, o como lo explica él, “nomás no se abría el ostión”.

Hoy es diferente. Demián, aplicando la mirada de arruguitas alrededor de los ojos, escrutina las posibilidades de cada papel. En pleno Hollywood, donde el que vende mucho gana mucho, Bichir se da el lujo de, a veces, decir no.

Algo así pasó cuando le ofrecieron un papel en la película Fast Five, la quinta de la serieFast and Furious. Los agentes le llamaron emocionados porque el personaje estaba diseñado pensando específicamente en él, un tipo que era una copia de Esteban Reyes, el papel que Demián interpreta en Weeds.

“No sólo era idéntico, sino que también se apellidaba Reyes; la imaginación de Hollywood es del tamaño de un cacahuate. Fue un pollo difícil de pasar con mis representantes porque, además de que había mucha lana de por medio, significaba que una gran cantidad de espectadores nos iba a conocer en todo el mundo y eso iba a hacer más fácil para ellos negociar otros contratos. Pero yo siempre he tenido muy claro lo que quiero”. Dijo que no, por supuesto, y ni siquiera sabe finalmente quién se quedó con el papel. “No es el tipo de película que yo veo como espectador. Si es una película por la que no estoy dispuesto a pagar un boleto, no tengo por qué hacerla”.

Eso no quiere decir que tenga empacho en hacer personajes terribles, afectados o viles, y de hecho no le molesta interpretar villanos; todos los seres humanos, asegura, tienen una dualidad, aunque algunos desarrollen más los diablos que los ángeles y viceversa. Esta gama de posibilidades, la convicción de que no hay personajes de un solo color, es lo que le atrae.

En uno de esos matices llegó la oportunidad de trabajar en Weeds, la serie de televisión de Showtime sobre una guapa y astuta ama de casa de un ficticio suburbio estadounidense, que tras la muerte de su esposo se convierte en distribuidora de drogas. En un momento entabla una relación amorosa con el alcalde de Tijuana, el Esteban Reyes de Bichir: un hombre culto y encantador que, como buen político, tiene su lado turbio.

Demián confiesa que en primera instancia no le entusiasmaba hacer televisión, pero al final accedió y es evidente que la experiencia le encanta. Sentado ante una mesa de su cafetería favorita, empieza a comer un sándwich que se ve buenísimo y que, a juzgar por las ganas con las que lo muerde, lo está. Por un momento combina el placer de su comida con el que le produce hablar de la serie, de su experiencia al compartir créditos con Marie-Louise Parker, de que la audiencia anglosajona lo reconozca en la calle, “sobre todo cuando estoy vestido como el personaje, si tengo el pelo corto y traigo traje”.

“El personaje estaba diseñado para ser un tipo vulgar, un personaje lineal, pero me dieron chance de hacer un personaje tridimensional, un político mexicano fuera de lo común: sofisticado, bien educado, que de pronto resulta estar en circunstancias particulares, haciendo negocios por debajo del agua pero para construir hospitales y otras cosas. Afortunadamente me escucharon y no hicimos al típico político corrupto bueno para nada; lo vestimos muy bien y los escritores hicieron un trabajo fenomenal, porque de pronto sacaba unas palabras domingueras increíbles que tienen que ver con alguien que lee, que sabe de ópera o de literatura. Y tuve mucha suerte porque es una serie muy querida, que tiene muchos fans y tiene premios importantes; caí de pie”, dice con una sonrisa bien amplia mientras da otra mordida a su sándwich. El ostión ya se abrió, y Demián de veras lo disfruta.

A pesar de ello, el asunto de interpretar a un hombre involucrado con el narcotráfico en una ciudad fronteriza de México, en un momento como el que se vive en el país, no ha sido algo que la prensa deje pasar fácilmente, sobre todo la prensa mexicana. El tema hace que el actor se apasione, que la sonrisa desaparezca un poco y que por momentos frunza el ceño. La energía con la que mueve las manos al hablar indica cuánto le afecta lo que considera una crítica que no siempre es justa.

“Mucha gente te recrimina eso como actor, te pregunta cómo es que aceptas ese tipo de personajes, pero es muy curioso cómo nuestra escala de valores en ese sentido no es igual para todo el mundo. Nosotros no criticamos a De Niro o a Al Pacino por haber hecho una carrera basada en gángsters italianos, al contrario; los aplaudimos y les damos premios, y es muy curioso cómo la gente puede sentirse ofendida cuando aceptas un personaje así. Pero lo que no saben es que he rechazado personajes porque en la historia resulta que todo en México es una mierda, que todas las mujeres son putas, que todos los hombres son unos hijos de la chingada, y por más que sea Hollywood, y por más que sea una lana o por más que me dedique a eso, tengo el derecho y la libertad de decir que no”.

“Cuando existe este tipo de personajes escritos es porque existe una realidad, no es que alguien lo esté inventando. Nosotros le damos ese material a la industria con todo lo que pasa en nuestros países, y hablo de Latinoamérica en general, pero concretamente de México. Cuando estamos inmersos en corruptelas, malos manejos y demás, le estamos dando armas a los grandes escritores de este lado del eje para que escriban ese tipo de cosas. Es muy curioso que de pronto la gente se rasgue las vestiduras justo por eso, ¿no? Hace un tiempo me enviaron un cuestionario de una revista de México diciendo que por qué mis últimos trabajos eran personificando a drug dealers latinos, y qué curioso, porque seguramente esa persona no vio Hidalgo, Che o al jardinero de A Better Life. Ésos son mis últimos trabajos. Creo que el único lugar donde debería caber la violencia es en la ficción; ojalá no tuviéramos que hacer películas como Miss Bala o como El infierno, pero son necesarias porque somos cronistas de un tiempo en particular, y si se escriben es porque hay una realidad ahí, aunque no nos guste”.

El México que duele

Sin importar de qué esté hablando, la charla con Demián siempre pasa por la política y los problemas sociales en México. Lo mismo si se refiere a migración, arte, cine o televisión, parece que todos los caminos lo llevan a tocar la realidad nacional. Esta característica, su conocimiento de lo que ocurre en la sociedad mexicana y su libertad para expresar su postura sin ambigüedad han sido elementos clave en la configuración de su carrera como actor.

El mejor ejemplo lo constituye uno de sus papeles más entrañables: el comandante Alfonso Carbajal. Cuando Epigmenio Ibarra, productor de la telenovela Nada personal, decidió crear el personaje de un policía atormentado, le bastó ver a Bichir para saber que ahí estaba su actor. Nada personal fue la primera telenovela producida en México que tuvo como fondo el narcotráfico y la corrupción, y para ello resultaba indispensable un actor inteligente, con preparación y con criterio, que entendiera los matices de la historia. Carbajal tuvo tanto éxito que Argos, la compañía productora de Ibarra, se embarcó en un segundo proyecto con el personaje, Demasiado corazón. A pesar de que ambas series fueron producidas durante los años noventa, el público sigue recordando esta caracterización —en una ocasión Odiseo caminaba por un aeropuerto y, tras confundirlo con Demián, un policía bromeó con él llamándole “comandante Carbajal”.

“Demián es esencialmente verdadero, se entrega en los papeles y comunica una textura de realidad que se separa mucho del estilo común y corriente de la televisión mexicana —dijo Ibarra—. Una cosa que nos empata es que miramos el país de la misma manera y desde la misma trinchera, la izquierda; nos alienta la búsqueda de la transformación del país y la lucha contra la impunidad, la justicia”. En un par de ocasiones, Demián, a invitación de Ibarra, accedió a hacer presentaciones en público para apoyar las candidaturas del líder de izquierda Cuauhtémoc Cárdenas tanto a la presidencia de la República como a la jefatura de gobierno del Distrito Federal.

“Demián no solamente es mexicanísimo, sino que va mucho más allá de su conciencia social. Tiene un compromiso con su país que se demuestra aun viviendo fuera de él”, afirma la actriz Sofía Álvarez, quien lo conoce desde que era niño, cuando ella trabajaba con Odiseo en Canal Once. “Va y viene, pero es un mexicano por convicción. Es uno de los pocos actores de este país en los que la sociedad siempre cree”.

El muy mexicano Demián afirma que el mayor mal que hay en su país es la impunidad, incluso por encima de la corrupción. Dice que en Estados Unidos puedes violar la ley, cometer lo peor, exactamente igual que en México; pero si te agarran, pagas. “Y en México puedes tener a una corte diciendo que hubo irregularidades en una elección, que los empresarios violaron la ley, y nadie es castigado y no pasa nada. ¡Y no pasa nada! Hay un gran cinismo, y ante eso el ciudadano común dice: entonces yo puedo robar, puedo pasarme el alto, puedo hacer tranza, puedo ponerle el cuerno a mi vieja, porque al fin y al cabo no va a pasar nada”.

Durante la conversación, su teléfono suena un par de veces; él ignora la llamada y sigue hablando sin que se altere la pasión con la que lo hace. A veces se ríe, como si las preguntas lo agarraran desprevenido. Empieza a responder de manera mesurada, pero luego se encarrera y no para. Así es como llega al tema de la elección presidencial de 2012. Explica que él tiende a ser liberal y de izquierda, pero aclara que no cree en partidos sino en personas, elogia el trabajo realizado por los gobiernos recientes del Distrito Federal.

“Más allá de si te gusta la obra, o el proyecto de transporte o la jardinera, es la primera vez que veo qué están haciendo con mis impuestos. La postura de los gobiernos panistas es seguir favoreciendo a las mismas quince familias que controlan el país; pero lo que hay que hacer es ‘vámonos con las mayorías’, como dice López Obrador: si mejoras la situación del restante 80% del país, no tienes que protegerte de ellos. Es como, por ejemplo, a mí que me gusta el futbol: si ves que a un delantero le das la oportunidad y no anota, pues dale chance a que venga otro y meta un gol. Otros ya tuvieron su oportunidad, le toca a un Marcelo Ebrard o a un López Obrador”.

Demián asegura que lo que se siente ahora es una enorme desesperanza en la gente; antes estaba enojada y ahora tiene miedo, y el miedo no es bueno para nadie. “Hace falta gente valiente —afirma sin amargura, compartiendo lo que parece el fruto de años de experiencia y reflexión—. Creo que el día después de la elección lo que vamos a ver es la tasa más alta de abstencionismo, porque la gente siente que nos han tomado el pelo”.

Pata de perro

Es preciso contar con cierta templanza para habituar el alma a las despedidas. De los tres hermanos Bichir, el que mejor sabe de esto es Demián. Desde joven, su carácter inquieto lo llevó a moverse todo el tiempo. Cuando era niño sabía transportarse en el metro de la ciudad de México y regresaba hablando de los sitios que había visitado, inventando historias, imitando personalidades y, probablemente, iniciando la construcción de personajes que hasta ahora lo acompañan. “Demián es un gran tío, es el aventurero que regresa de los viajes por Irlanda, por Bolivia, por Estados Unidos, y platica alguna anécdota, habla sobre grandes celebridades o sobre cómo se las arregla para abrirse paso”, cuenta su hermano Odiseo. “Tiene un gran talento para darse cuenta de su realidad”.

“Yo siempre he sido un pata de perro —dice Demián con naturalidad—. Me gusta ir lejos, siempre estoy trabajando lo más lejos posible. Es como parte de mi naturaleza estarme moviendo”. En uno de esos ires y venires, justo cuando terminó de filmar A Better Life, se fue a hacer una película a España, donde conoció a una chica que nueve meses más tarde le dio la sorpresa más grande de su vida: el nacimiento de una nena a la que llamaron Gala Bichir.

La mirada de ensueño vuelve cuando le toca hablar de su hija. “Quienes me conocen dicen que era la única manera, así de sorpresa, porque yo todavía siento que no estoy preparado para ser papá”, dice soltando una carcajada. Aunque sin duda se encuentra en una situación familiar poco ortodoxa, Demián minimiza la distancia y detalla con voz entrecortada, paso a paso, su experiencia de viajar a España para recibir a Gala en su arribo al mundo. “Estás atestiguando la llegada de un ser humano, y eso en sí es magia pura. Uno qué más quisiera que poder planear absolutamente todo de la mejor manera, pero también hay matrimonios felizmente casados que al rato se pelean y se agarran a hijazos. Nada te garantiza un escenario ideal. Cuando un evento tan feliz como el nacimiento de un hijo sucede, lo tienes que abrazar con amor en las circunstancias en las que sucede”.

A pesar de los ajustes que implica vivir de esta manera, la vida de pata de perro le ha dado a Bichir un montón de satisfacciones. Un día, por ejemplo, recibió la llamada del director de escena José Ramón Enríquez, quien adaptó una lectura dramatizada de La región más transparente, de Carlos Fuentes, con motivo del cuadragésimo aniversario de la obra. “Se trata de tener a los mejores veinte actores de México, y Carlos Fuentes quiere que tú leas a Ixca Cienfuegos”, le dijo Enríquez. Bichir no le creyó lo último, pero aceptó de mil amores porque Fuentes es uno de los escritores a quienes más admira. Un día en pleno ensayo en un aula de la UNAM, Fuentes apareció de pronto. “Demián, qué bueno que aceptó porque yo insistí en que le llamaran a usted”, cuenta el actor impostando la voz para sonar como el escritor. “Y qué bueno que no uso falda, porque de seguro ahí se me hubieran caído los calzones”, dice muerto de la risa. El encuentro dio buenos frutos, y en los años posteriores Fuentes y Bichir han compartido proyectos en más de una ocasión.

Otro regalo de su andar por el mundo lo recibió en pleno Festival de Cannes, cuando llegó a una sala con todo el elenco de Che, la película en la que dio vida al comandante Fidel Castro. El público se puso de pie y de pronto, en primera fila, justo frente a él, se encontraba Diego Armando Maradona. “Y yo como un vil fan dejé la delegación de Che de lado y fui a estrechar su mano; y él se me quedó viendo como diciendo ‘¿qué le pasa a este pibe?'”, dice imitando el acento del argentino. Más tarde, en el bar donde se realizaba la celebración, volvió a encontrarse a Maradona de frente, y antes de que pudiera decir cualquier cosa, el Diez levantó los brazos y le dijo: “¡Comandante, felicidades!”. Demián relata el encuentro con todo detalle y pega un brinco en el asiento. “¿Te imaginas? Para un pambolero como yo, cuando pasa algo como esto es maravilloso”.

Los Ángeles también le ha dado lo suyo. Fue gracias a su experiencia en esta ciudad y la zona fronteriza de Tijuana que pudo “amarrar” su primer protagónico en cine, el personaje de Mauricio en Hasta morir, dirigida por Fernando Sariñana. “El personaje era muy arriesgado, había que hacer a un cholo que tenía un pasado tormentoso, con un complejo lenguaje corporal y con la filosofía de vida que tienen los cholos, un personaje muy rico”, dice Sariñana. Pero Demián había vivido en Los Ángeles y se las había visto duras —era 1992, la época en la que aún no se abría el ostión—, así que peleó por el papel y se quedó con él. Hasta morir le dio a Bichir el único Ariel que ha ganado en su carrera de un total de seis nominaciones; Sariñana y él siguen siendo amigos y comparten una mutua admiración profesional.

“Yo creo que Demián es un actor que en cada ocasión da muestra de su enorme talento. Lo que hizo en A Better Life, en Enemigos íntimos, en Che, no me sorprende porque lo conozco y sé que es un actor con una versatilidad impresionante. Es como De Niro, o como Pacino —dice Sariñana—. Ésa es su vida y se vuelve un privilegio trabajar con él”.

El regalo más reciente que le ha dado su paso por Hollywood es la relación con su actual pareja, Stefanie Sherk, cuya presentación “en sociedad” tuvo lugar durante la entrega de los premios ALMA en esta ciudad. Stefanie, una muy guapa modelo y actriz canadiense de veintinueve años es, asegura Demián, su alma gemela. “Yo le digo a la güera: ¿tú sabes todo el trabajo que tuvo que pasar el universo para que dos personas que nacieron en lugares tan diferentes terminaran juntas? Tenemos que honrar ese trabajo”, dice sonriendo.

A pesar de la migración, de la distancia, de lo pata de perro, Demián asegura que casi nunca le entra el “síndrome del Jamaicón”, la nostalgia punzante por estar lejos de casa. Un poco sorprendido ante la idea, reflexiona un momento y encuentra una explicación. “¿Sabes por qué no me da? Porque por muy lejos que esté, sé que siempre terminaré regresando”.\\

*Este perfil fue publicado originalmenteen la revista Gatopardo.

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