Alfonso Cuarón, un acto de cuerda floja y sin red

cuaron

 

Alfonso Cuarón está cansado. Son las seis de la tarde y empezó a dar entrevistas antes del mediodía, de manera que el sofá supercómodo en esta suite del hotel Beverly Hills de Los Ángeles ya se ve un poco hundido de su lado. Un reportero, otro, y otro más, entran y salen de la pequeña salita para sentarse junto a él, siempre escoltados por representantes de los estudios Warner Bros. Aunque a algunos les tocó esperar más de tres horas, las entrevistas son cortitas: diez minutos cuando mucho, estricto reloj de relacionista público en mano. La espera no parece importarles; todos quieren llevarse un pedazo de charla sobre Gravity, la película que siete años después de Children of Men ha traído de vuelta a la pantalla grande a Cuarón.

Gravity narra la historia de dos astronautas —interpretados por Sandra Bullock y George Clooney— que, tras un accidente ocurrido mientras maniobran en el espacio, a unos metros de su transbordador, quedan a la deriva y deben sobrevivir sin oxígeno, sin sonido y sin gravedad. La cinta fue seleccionada para abrir el Festival de Cine de Venecia de este año y está programada para inaugurar el Festival Internacional de Cine de Morelia; y aunque su estreno oficial tendrá lugar en México apenas el 18 de octubre, desde hace varias semanas ha generado comentarios y reseñas que la consideran la mejor película con una trama desarrollada en el espacio, e incluso coquetean abiertamente con una nominación al Oscar.

Además de la buena campaña de promoción por parte de la productora —el tráiler de la película es capaz de transmitir la angustia de una Bullock que rebota entre piezas de basura espacial—, la ola de expectación tiene que ver con la belleza y el realismo con los que Cuarón logra llevar a la audiencia al espacio: una escenografía sobrecogedora, armoniosa y perfecta, sobre la cual los protagonistas ejecutan una pieza coreográfica que por momentos desborda violencia y que en otros se sumerge en resignada paz.

—Es que Gravity no es sobre el espacio —me dice Cuarón semihundido en el sillón, con el brazo recargado sobre un cojín para echar el torso hacia donde me encuentro. El cansancio se nota en los ojos, pero la energía con la que habla, mueve las manos, gesticula, hace que parezca que empezó la promoción apenas hace unos minutos—. Ésta fue una apuesta de hacer una película despojada de narrativa, para tratar de que subtextualmente se crearan temas. Para nosotros, la adversidad y el renacimiento es el tema de la película; tal vez no quede claro intelectualmente, pero sí emocionalmente.

Lo que queda claro, sin duda, es que Gravity rompe con lo establecido. Cuando Alfonso, de 51 años, empezó a desarrollar el proyecto con su hijo Jonás, de 32 —padre e hijo escribieron la historia—, se dio cuenta de que no existía la tecnología para hacer la película que él quería. Consultó con algunos de sus colegas, entre ellos James Cameron y David Finch. Éste último le sugirió esperar siete años, el tiempo que calculó que tardarían en desarrollarse las herramientas para lograr los efectos visuales y de gravedad cero que Cuarón buscaba. Alfonso decidió que había que crearlas ya.

—Tuvimos que inventar e invertimos muchísimo, dos años de desarrollo de esa tecnología para llegar al día del rodaje, y a esas alturas todavía no funcionaba. No fue sino la noche anterior al inicio que todo empezó a funcionar. Pero además sólo íbamos a saber si todo lo que rodábamos se iba a poder aplicar, hasta seis meses después; y cada minuto de esto cuesta mucho dinero, y llega un momento en el que el estudio quiere ver resultados, y tú no sólo no los tienes, sino que no les puedes prometer que algo va a salir de eso. Pero tienes colaboradores que son todavía más necios que tú, como el Chivo —dice riendo, en alusión a Emmanuel Chivo Lubezki, mancuerna de Cuarón en varias producciones y director de fotografía de Gravity—. Por ejemplo, en Children of Men, planeando algunas escenas de la manera en que las hicimos, alguien de pronto decía: “Sí se puede hacer si lo hacemos en pantalla verde”, y el Chivo contestaba: “Si esta escena que debe ser absolutamente realista se hace en pantalla verde, yo renuncio”. Y de eso se trata, de saber que hay un concepto que va a ser imposible y hacerlo; hay una cierta satisfacción al hacer un acto de la cuerda floja a gran altura y sin red abajo. Hay algo que es casi adictivo.

Los estudios Warner Bros. son el epicentro de la pequeña ciudad de Burbank, un suburbio al norte del condado de Los Ángeles que concentra a varias de las principales empresas productoras de cine y televisión, entre ellas Walt Disney Company y NBC. Situados al pie de Mount Lee, la colina sobre la cual se encuentra el icónico letrero de Hollywood —pero del lado opuesto a él—, el conglomerado de enormes bodegones color beige coronados por el logotipo WB, sucesión de estudios en constante actividad, alberga 95 años de historia cinematográfica estadounidense.

En el centro del lugar y frente al Estudio 21, en donde Cuarón filmó A Little Princess en 1995, se encuentra la sala de proyecciones de Warner, el sitio donde los reporteros de cultura y entretenimiento que viajan como parte de un press junket —los eventos organizados por el equipo de promoción para obtener las mejores reseñas posibles antes del estreno—, más algunos medios locales, pueden ver la película como una primicia.

Estamos a mediados de julio, tres meses antes del estreno de Gravity, pero la prensa ya sabe que habrá mucho que decir de la producción. Los reporteros más jóvenes, algunos que viajaron desde México exclusivamente para este evento, están emocionados por la novedad; los veteranos, viejos conocidos de los relacionistas públicos del estudio, toman sus lentes 3D y se sientan a esperar con un ligero aire de arrogancia.

La secuencia inicial de Gravity dura más de quince minutos. La vista del planeta Tierra al fondo, la recreación del espacio interminable, abismal, resulta estremecedora. La falta de gravedad casi se puede sentir; una danza ordenada lleva y trae astronautas en torno a una nave. De pronto, el accidente: la astronauta Bullock gira vertiginosamente sin parar, durante varios minutos. Una chica en la butaca de atrás dice estar mareada. A la pobre Bullock se le rompe la pieza que la une con la nave, queda flotando en medio de la nada. Se le empieza a acabar el aire, se le empaña el casco, la oímos respirar con dificultad. Yo, que soy asmática, siento que me ahogo.

Los siete años que Cuarón tardó en presentar una nueva película no han pasado en vano. Durante la ronda de entrevistas junketeras en Beverly Hills viste jeans, camisa azul con las mangas dobladas y zapatos cómodos; habla con confianza, tira netas y conserva el toque de informalidad que siempre lo ha caracterizado, pero sobre las marcadas cejas negras ya no caen los rizos oscuros de hace unos años, cuando presentaba su Harry Potter y el prisionero de Azkaban; las entradas en la frente son más marcadas y las canas reclamaron su terreno, incluso en la barba. La sonrisa, eso sí, es la misma con la que recorrió la alfombra roja del Teatro Kodak en 2007, cuando acompañado por Alejandro González Iñárritu y Guillermo del Toro —la triada que en Hollywood se conoce bajo el cliché de The Three Amigos—, fue uno de los diez mexicanos nominados al premio Oscar.

Por muy breve que sea la charla, todos los tópicos siempre parecen llevarlo a su clan de cineastas mexicanos. Cuarón habla de Del Toro, de Lubezki, de Iñárritu, como si fueran parte de su equipo de producción. Los considera sus cómplices al hablar de la cuerda floja a la que se refiere cuando lleva sus producciones más allá del límite. En el caso deGravity, de la cuerda pendía una producción de 80 millones de dólares.

—Es un poco ser irresponsable y bien necio —dice con esa sonrisa que le entrecierra los ojos—. He tenido la suerte de contar con cierta confianza de los estudios. Alejandro [González Iñárritu] acaba de hacer algo similar en lo que acaba de filmar, una película hermosa, y me decía: “Ya te entendí este asunto de la cuerda floja sin red. Yo estaba acostumbrado a la seguridad del cuarto de edición, pero aquí sabes que cada momento es fundamental; hay algo que creativamente crea un mayor compromiso”.

Aunque hasta ahora le ha ido bien con las reseñas de Gravity, Cuarón asegura que la crítica negativa no le afecta porque sus críticos más duros son Lubezki y él mismo. Reflexionan, buscan virtudes y defectos, descubren cosas y aprenden lo que van a aplicar en el futuro. Y así, dice, están listos para la que sigue.

Gravity fue concebida en el seno de la poderosa maquinaria del cine hollywoodense, pero, a pesar de ello, Cuarón afirma que esta historia apela al sistema de valores universal que caracteriza a las producciones que circulan por el mundo sin importar el país del que vengan o el presupuesto que haya detrás de ellas. Y esto, dice, incluye al cine mexicano.

—Tiene que ver más con el género que con el país. En general la comedia es local, rara vez una comedia viaja; incluso en Hollywood, es el género que menos sale al mundo porque tiene que ver con idiosincrasias locales, no con temas universales. En México ha habido casos como Amores Perros, que podría ser una película local, y que sin embargo viajó por todo el mundo porque el tema es universal y se entendió muy bien. Pasó algo similar con Y tu mamá también, y pasa con las películas de Carlos Reygadas o de Amat Escalante.

Con el eco que provoca el intercomunicador dentro de su traje de astronauta, Sandra Bullock escucha la voz de su compañero de viaje, George Clooney. “¿Hay alguien allá abajo volteando hacia el cielo, preguntando por ti?”, le pregunta Clooney. Bullock voltea hacia la Tierra, y a través de sus ojos vemos una imagen del planeta magnífica y conmovedora.

—No sé si yo soy un director universal, pero espero ser un ser humano más o menos —dice Cuarón con un tono profundo—. Tuvimos que ver muchísimas fotos del planeta para hacer esta película, para crear nuestro modelo de la Tierra; ver ese planeta que es hermoso, bellísimo, sin colores que separen a los países, sino una cosa orgánica, hace que cuando ves un mapamundi con colorcitos te parezca procaz. Yo sí creo que primero naces y después te dan pasaportes. En esto, a final de cuentas la nación es el cine y el lenguaje fílmico es universal.

 

*Publicado en Gatopardo 145, octubre 2013.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s