La transgénero que incomodó a Obama

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Barack Obama está molesto. Apenas va iniciando el discurso que trae preparado —bien articulado, cada palabra en su lugar, como de costumbre—, cuando es interrumpido a gritos por una voz al fondo del salón. “¡Presidente Obama! ¡Presidente Obama!”, se alcanza a escuchar fuera de cámara. Obama reacciona sin ápice de paciencia, tajante; levanta la voz, hace un gesto con la mano.

—¡No! ¡No, no, no, no, no! Escucha: estás en mi casa. ¿Y sabes qué? Es una falta de respeto que te inviten a la casa de alguien…

La voz continúa oyéndose. Palabras entrecortadas hacen alusión a indocumentados, tortura y centros de detención.

—No vas a obtener una buena respuesta si me interrumpes de esta manera —continúa Obama—. Lo siento… no, no. Deberías avergonzarte.

Un exasperado mandatario pide que saquen del salón a quien lo ha interrumpido. Detiene su discurso, destinado a celebrar el mes del Orgullo LGBT (Lesbian, gay, bisexual, transgender). Es el miércoles 24 de junio y esta reunión, a la que cada año convoca la Casa Blanca, agrupa a los principales líderes y activistas de este movimiento en Estados Unidos. En esta ocasión la celebración es particularmente importante: en unas horas la Suprema Corte de la nación emitirá un veredicto histórico que legaliza el matrimonio igualitario. Mientras los gritos siguen, Obama trata de mantener el gesto suave, pero lanza una mirada filosa; pide que los guardias se apresuren a escoltar a la señalada afuera del ala este de la residencia presidencial.

Jennicet Gutiérrez sonríe con una mezcla de picardía e incredulidad cuando recuerda el episodio. Pasó más de una semana y desde entonces su vida ha dado un vuelco. Le han llegado mensajes de apoyo y solidaridad, y también de odio; trata de ignorar los segundos. Sentada en una mesa pequeña del apartamento que comparte con una roommate en el modesto barrio de Van Nuys, en la ciudad de Los Ángeles, Jennicet se emociona al hablar de ese momento. Sigue leyendo

La Acción Ejecutiva que llegó demasiado tarde

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Rocío Hernández ha pasado dos meses en centros de detención de inmigrantes. La primera vez fue en octubre de 2013, cuando siendo parte del grupo conocido como #DREAM30 –un grupo de ‘Dreamers’ que no fueron beneficiados por DACA por haber sido deportados o haber retornado a México antes del anuncio–, llegó a la frontera de Estados Unidos pidiendo asilo político para volver a este país. En esa ocasión, de todo el grupo, sólo Rocío y tres jóvenes más fueron deportados. La segunda vez fue este año, cuando en marzo, se unió a un nuevo grupo del movimiento #BringThemHome, esta vez de 150 personas, para realizar la misma acción. En abril la deportaron por segunda vez.

El pasado 20 de noviembre, Rocío, ahora viviendo en su natal Veracruz, escuchó en su hogar la noticia que en Estados Unidos fue recibida con sensación agridulce: el presidente Barack Obama anunció una acción ejecutiva que protegerá temporalmente de la deportación a 4.1 millones de personas, pero que deja fuera a más de seis millones. Rocío recordó entonces una cifra adicional: el medio millón de ‘Dreamers’ que, como ella, no fueron beneficiados por DACA en 2012, y no lo serán ahora tampoco, por encontrarse fuera del país.

Aunque de acuerdo con el anuncio de Obama, la acción ejecutiva busca mantener unidas a las familias que tienen niños ciudadanos o ‘Dreamers’, el presidente nunca volteó a ver a las familias que la propia administración separó como resultado de una deportación o de la falta de oportunidades. Para esos ‘Dreamers’ que volvieron a México, la decisión llegó demasiado tarde. Sigue leyendo

La máquina de deportar

 

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El número tabú era 2 millones, y hace unos días el tabú rompió récord.

Desde el primer año de la administración del presidente Barack Obama, cuando se revisó la cantidad de deportaciones realizadas durante su gestión, las organizaciones pro-inmigrantes de Estados Unidos alertaron que al llegar a su segundo periodo, el “presidente de la esperanza” podría convertirse en el que más deportaciones haya realizado en la historia del país.

Aunque no es posible determinar con exactitud el momento del cruce de la línea en la cifra récord, los grupos pro-inmigrantes eligieron el pasado 5 de abril como la fecha clave para protestar por los 2 millones de deportados y en contra de la política aplicada por la Casa Blanca durante los últimos cinco años.

Decenas de organizaciones realizaron manifestaciones en algunas de las principales ciudades del país, en las que pidieron al presidente que emita una orden ejecutiva, facultad que está en su poder, para detener las deportaciones en los casos de inmigrantes que no han cometido delitos graves y no representan una amenaza para el país.

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Diego Luna: El riesgo se llama César Chávez

 

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Diego Luna está contento. Los ojos brillantes y la sonrisa de niño, que lo siguen acompañando a sus treinta y cuatro años de edad, son el centro de atención a pesar de sus esfuerzos por pasar inadvertido. Semihundido en una butaca de la última fila en el teatro James Bridges, conversa con Pablo Cruz, su socio en la productora Canana, fingiendo que es un espectador más. Pero claro, alguien voltea, lo reconoce, le pide la foto, le planta un beso y en dos minutos ya está compartiendo la sonrisa con todo el mundo.

Las cerca de trescientas personas que están hoy en este teatro ubicado en el campus de la Universidad de California Los Angeles (UCLA), saben que no van a ver una película promedio; de hecho, ellos mismos no son la audiencia promedio. Quienes están aquí tienen como punto común al líder campesino mexicoamericano César Chávez: fueron sus amigos o compañeros de sindicato, son estudiosos de su vida, o intentan dar continuidad a su proyecto. Durante cuarenta años se preguntaron qué pasaría cuando alguien se atreviera a hacer una película sobre él. Diego Luna está a punto de darles la respuesta.

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Acción masiva para pedir asilo en EU

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María Peniche cuenta las horas. Instalada en un hotelito de San Diego, California, hace llamadas, da entrevistas, ayuda en los preparativos, pero nada disminuye la ansiedad: ya quiere que llegue el día, saber de ellos, verlos. María no puede ir a México, pero este lunes sus padres vendrán a la frontera, se presentarán en la garita con una solicitud de asilo político, y buscarán quedarse en Estados Unidos.

Este 10 de marzo un grupo de entre 150 y 200 personas, niños, jóvenes y padres de familia, intentarán hacer lo mismo que los papás de María: volver a Estados Unidos, el sitio en el que han pasado varios años de su vida -en algunos casos prácticamente la vida entera-, y que tuvieron que dejar para volver a México, su país de origen, debido a un proceso de deportación, a un problema familiar, o ante la falta de oportunidades en el país del norte. En todos los casos, la experiencia mexicana no ha sido buena; ahora anhelan volver al sitio que consideran su hogar.

La cita para “la acción”, como describen los organizadores este retorno masivo de migrantes, es en la garita conocida como Mesa de Otay en el lado mexicano (Tijuana), o como Otay Mesa en el lado estadounidense (San Diego), a las diez de la mañana. Hasta ahí llegarán las 157 personas confirmadas hasta ahora, más las que se sumen en las siguientes horas, para iniciar el cruce; la meta son 200. Este es el tercer evento de este tipo impulsado por el grupo activista Dreamactivist a través de la Alianza Nacional de Jóvenes Inmigrantes (The NIYA), parte del movimiento que bautizaron como Bring Them Home (tráiganlos de regreso a casa), y que inició en julio de 2013. Sigue leyendo

Legalización en veremos… y a pedacitos

Tener la ciudadanía completa o simplemente alejar el peligro de una deportación. Esta es la disyuntiva a la cual se enfrentan en Estados Unidos los indocumentados y los activistas que defienden su causa. En todo caso, la eventual aprobación de una ley en materia migratoria no ofrecería una reforma integral para otorgar la ciudadanía, sino una serie de medidas para dar estatus legal a ciertos sectores. Justo este tema tiene divididos a los posibles beneficiarios de la reforma.

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LOS ÁNGELES, CAL.- El pasado 28 de enero, durante su discurso sobre el “estado de la nación”, el presidente estadunidense Barack Obama pronunció una frase que provocó aplausos entre algunos de los presentes: “Es tiempo de arreglar nuestro inoperante sistema de inmigración”. Las palabras de Obama no son novedosas. Las ha pronunciado con cierta regularidad durante los últimos seis años –uno de campaña y cinco de gobierno–. Sin importar cuán bien intencionado sea, hasta el momento su gobierno arroja un saldo negativo en lo tocante a los 11 millones de inmigrantes indocumentados en este país.Dos días después del discurso presidencial y a un año de presentada la iniciativa de Ley S744 –el proyecto del Senado que buscaba revivir una posible reforma migratoria y terminó en la congeladora de la Cámara de Representantes–, el líder republicano en la Cámara Baja, John Boehner, dio a conocer una serie de lineamientos que constituirían la base para una nueva propuesta legislativa a discutirse los meses venideros.

Entre los puntos a considerar resaltan, igual que en el proyecto aprobado por el Senado, la necesidad de fortalecer la seguridad en la frontera, el control de ingresos al país mediante un estricto sistema de visas y la aplicación de sanciones a quienes contraten a empleados indocumentados. Estas tres medidas se presentan como el eje indispensable para considerar cualquier tipo de ley encaminada a la regularización del estatus migratorio de la población sin documentos.

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De aquí y de allá: El derecho a lo mejor de dos mundos

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Los últimos nueve años de mi vida están marcados por una frontera. La línea imaginaria que empieza en el Océano Pacífico, entre las ciudades de Tijuana, en México, y San Diego, en Estados Unidos, se extiende por más de tres mil kilómetros hacia el Este, según loestablecido en un tratado leonino firmado hace casi dos siglos entre los dos países (bueno, en realidad entre fulanos que pretendían representar a los dos países), y llega al punto en el que el Río Grande desemboca en el Golfo de México separando a la ciudad de Brownsville, en Texas, de la mexicana Matamoros.

Por momentos agua, en otros montaña, en algunos tramos desierto y en muchos un muro de acero con alambre de púas, que de tan absurdo ofende, la frontera es una larga cicatriz mancillando tierras, bosques y comunidades hermanas que en la práctica nunca han estado divididas. Uno se puede parar en un punto cualquiera y mirar hacia los dos lados: el agua no cambia de color, la tierra seca suelta el mismo polvo, el viento sopla de un lado al otro, se cuela por las rejas y regresa. Mientras más avanza uno, la línea imaginaria se va convirtiendo en un sinsentido mayor.

Como es sabido, por la frontera entre México y Estados Unidos transitan las esperanzas de cientos de miles de indocumentados que cruzan cada año de manera ilegal, y también las de 350 millones de personas que cruzan legalmente. Sea de una manera o de otra, esta línea tiene el poder de colocar sobre quien la atraviesa etiquetas que en el caso de México, mi país, se vuelven marcas que deconstruyen y reconfiguran la identidad. Dime cómo, por qué, hace cuánto tiempo, por dónde y en qué dirección cruzaste la línea, y te diré quién eres.

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Nueve Dreamers desafían al sistema migratorio de EEUU

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El miércoles 7 de agosto, tras 17 días de permanecer en prisión, nueve jóvenes indocumentados lograron lo que durante décadas congresistas, abogados y organizaciones activistas estadunidenses han intentado: utilizar las leyes de inmigración de ese país para solucionar la situación de quienes han sido deportados o han tenido que abandonar su vida en Estados Unidos para volver a sus países de origen.

Los jóvenes mexicanos iniciaron el martes 22 de julio la acción de desobediencia civil más radical que ha realizado el movimiento Dreamer. Caminando desde el lado mexicano hacia la garita que conecta las ciudades de Nogales, Sonora, y su homónima en Arizona, Lizbeth Mateo, Lulu Martínez, María Peniche, Adriana Gil, Claudia Amaro, Marco Saavedra, Mario Gómez, Luis León y Ceferino Santiago hicieron saber a quienes se encontraban en el lugar, incluidos los oficiales de inmigración, que eran indocumentados, que no sentían vergüenza de serlo, y que tras haber regresado a México por diversas razones —algunos semanas atrás, otros hace años; algunos debido a una deportación, otros por motivos personales— deseaban regresar al país que los vio crecer y que consideran suyo. Sigue leyendo