La tradición de un asilo en Texas

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Foto: Alex Briseño

A diez cuadras de la frontera entre México y Estados Unidos, esa línea imaginaria que en este punto toma como referencia al Río Grande, se yergue un edificio de ladrillo rojo. La construcción, de casi un siglo de antigüedad, se ubica en la ciudad de El Paso, Texas. Del otro lado del río está Ciudad Juárez, Chihuahua. Y a pesar de haber sólo unos pasos entre una y otra, quienes llegan al edificio rojo pueden sentirse finalmente a salvo.

Desde su fundación en 1978, Annunciation House ha ofrecido refugio, una cama, una ducha, comida caliente, a personas desamparadas y sin hogar. La idea surgió entre 1976 y 1977, cuando un grupo de adultos jóvenes, católicos e idealistas, se reunieron en El Paso buscando un propósito mayor, algo que les hiciera sentir que estaban cumpliendo con una misión; entonces pensaron en crear un sitio donde pudieran recibir a quienes vivían sin hogar. En 1978, la diócesis católica de El Paso decidió que el proyecto valía la pena, y apoyó a los muchachos cediéndoles para su uso el segundo piso del edificio de ladrillo rojo, bajo la condición de que le dieran mantenimiento. Había nacido Annunciation House.

Rubén García se encontraba entre ese grupo de jóvenes. Siendo director de la Oficina para Adultos Jóvenes de la diócesis, decidió encauzar su entusiasmo y energía en el proyecto; él y otros cuatro decidieron dejarlo todo y se mudaron al segundo piso para buscar “a los más pobres entre los pobres” y extenderles una mano.

“Cuando la casa empezó, aquí en El Paso sólo había dos albergues –recuerda García, quien hasta la fecha se desempeña como director de Annunciation House–. Lo que nosotros no sabíamos, es que esos albergues no recibían a personas indocumentadas.” Era 1978 y tras el fin del Programa Bracero, el acuerdo que permitió que entre 1942 y 1964 los trabajadores mexicanos ejercieran sus oficios temporalmente en ese país, las leyes migratorias se habían endurecido. Ningún servicio social podía ser otorgado a quienes no contaran con documentos.

“Si una mujer acababa de cruzar la frontera con sus dos hijos y andaba en la calle, y buscaba quedarse en alguno de los albergues, no podía alojarse ahí. Nosotros no sabíamos eso; nos dimos cuenta cuando nos topamos con inmigrantes que nos dijeron que habían buscando ayuda y que se la habían negado ‘porque no tenemos papeles’ –recuerda García–. No había un lugar donde los indocumentados pudieran recibir los servicios más básicos para su supervivencia. Nos dimos cuenta entonces de que los inmigrantes eran el grupo más vulnerable. Que eran ellos los más pobres entre los pobres.”

Una historia que se repite

En la vecindad entre México y Estados Unidos, el área El Paso/Juárez ha sido el escenario donde se desarrollan los cruces migratorios, la actividad de disidentes y opositores al gobierno mexicano, y la dinámica de exilio y asilo para quienes se ven obligados a abandonar México para salvar la vida. A finales del siglo XIX los opositores al régimen del dictador mexicano Porfirio Díaz hicieron de El Paso su centro de operaciones conspiratorias; años después los hermanos Ricardo y Enrique Flores Magón, y el líder que concretaría el movimiento revolucionario en 1910, Francisco I. Madero, encontraron aquí apoyo y adherentes para sus ideas. En esa época determinante para México, sectores importantes de la sociedad paseña, incluyendo al diario El Paso Times, se manifestaron abiertamente a favor de los opositores.

El primer grupo significativo de exiliados de la Revolución Mexicana llegó a El Paso tras la toma de Ciudad Juárez en 1911, en plena revuelta. Curiosamente, el sitio que antes ocupaban los opositores al régimen de Díaz, ahora sería tomado por las familias acomodadas que habían apoyado a ese régimen; ante la gesta revolucionaria cruzaron el puente internacional Santa Fe, que une a las dos ciudades, y para 1915 ya había en El Paso un asentamiento de exiliados de la clase alta mexicana. Con el caudal natural de fenómenos colaterales al exilio, desde el dolor de la separación familiar, hasta la fuga de capitales mexicanos, la sociedad paseña también vio nacer a una generación bicultural y bilingüe que amplió los horizontes de los comercios y empresas de la zona.

Esta característica es visible hasta ahora. Por el puente de Santa Fe y los otros dos que existen en la línea fronteriza, cruzan 10 millones de personas cada año desde México hacia Estados Unidos. Muchos lo hacen para ampliar sus horizontes; otros simplemente para ir a trabajar en el lado opuesto del río: durante la gestión de John Cook, ex alcalde de El Paso, al menos uno de sus guardias de seguridad era residente de Ciudad Juárez y cruzaba cada mañana para ir a trabajar para el gobierno de la ciudad vecina. Pero muchos otros, lo hacen para salvar la vida.

La tradición del exilio y el asilo siguen acompañando al Paso del Norte, como se conoce también a la zona por su ubicación estratégica, justo a la mitad de los 3 mil kilómetros de frontera entre ambos países. Tras el arribo de migrantes mexicanos a través del Programa Bracero, vendría una siguiente ola de exiliados, esta vez provenientes de Centroamérica: heridos de guerra civil, salvadoreños y guatemaltecos buscaron salvar la vida en Estados Unidos. Muchos encontraron su sitio en Annunciation House.

“La casa fue fundada en 1978, en el momento en que los sandinistas derrotan a Somoza en Nicaragua y toman control del país –recuerda Rubén García–. Es cuando la guerrilla de El Salvador y Guatemala se lanza con la esperanza de que ellos también podrían lograr un cambio de gobierno, que como sabemos no pasó. Pero la guerra civil provocó un flujo de migrantes exiliados y El Paso fue una de las fronteras a donde llegaron; así que los recibimos en la casa.” Con la aplicación de la Operación Guardián para proteger las fronteras por parte del gobierno de Estados Unidos, y el endurecimiento de las políticas migratorias tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, la migración indocumentada hacia ese país se volvió cada vez más riesgosa, pero no por eso numéricamente menor. Durante las dos últimas décadas Annunciation House ha permanecido llena, un promedio diario de entre 100 y 125 personas, la mayor parte del tiempo. En sus años de funcionamiento, calcula García, él y sus voluntarios han recibido a cerca de 125 mil personas.

El exilio, el asilo

Saúl Reyes cruzó el puente de Santa Fe con su esposa y sus tres hijos tras el secuestro y asesinato de sus dos hermanos y su cuñada en febrero de 2011. Con ellos, sumaban seis integrantes del clan Reyes asesinados en el valle de Juárez, debido a su activismo político y a su resistencia al abuso y la extorsión por parte de la policía y las autoridades locales y estatales en complicidad con el crimen organizado. Ante una escalada en las amenazas, la familia dejó todo: su vivienda, el negocio familiar, todas sus pertenencias. Llegaron a El Paso tan sólo con lo que llevaban puesto, con la esperanza de iniciar un proceso de asilo político que les permitiera salvar la vida quedándose en Estados Unidos. El sitio a donde llegaron fue Annunciation House.

La de los Reyes es tal vez la historia de violencia y exilio de Juárez a El Paso más conocida en México. La familia fue acosada, perseguida y violentada; sus propiedades fueron quemadas y hasta el momento las autoridades mexicanas no han hecho justicia en los casos de asesinato de seis de sus miembros. Sin embargo el caso de los Reyes dista de ser único; una estimación de la Universidad Autónoma de Chihuahua indica que a partir de 2008, cuando inició la violencia en la zona, cerca de cien mil mexicanos han mudado su lugar de residencia del área de Juárez al área de El Paso.

Como ocurrió con los acomodados porfiristas de principios de siglo, algunos de quienes salieron de Juárez contaban con los recursos, una visa o un permiso de trabajo para permanecer legalmente en Estados Unidos; otros, como los Reyes, consideraron que tenían un caso de asilo suficientemente fuerte y decidieron iniciar el proceso legal. Pero muchos otros, tal vez la mayoría, optaron por la única alternativa que les quedaba: ingresar al país sin documentos, o con una visa temporal que pronto dejarían vencer, para perderse en la anomia de los 11,5 millones de indocumentados que viven en el país.

Aunque el Paso del Norte es una zona en la que la migración y el asilo son algo cotidiano, la legislación estadounidense es restrictiva con respecto al otorgamiento de asilo político a quienes vienen de países como México, El Salvador, Guatemala u Honduras. Dado que las leyes de asilo estadounidenses datan de la década de los ochenta y tienen como base los criterios de la Guerra Fría, quienes vienen de estos países no son considerados sujetos de protección debido a que los regímenes que los gobiernan son, en teoría, democráticos. Inmigrantes procedentes de países como China, Irán o Venezuela, calificados por Estados Unidos como no democráticos, presentan tasas de aprobación en solicitudes de asilo que van del 70 al 82%, mientras que Honduras y Guatemala presentan entre el 12 y el 16%, y El Salvador y México no llegan al 8%.

“Lo que pasa en México ha tenido repercusiones de este lado. Cuando una de las dos ciudades está saludable, la otra también lo está; lo mismo ocurre si una de las dos enferma”. El sacerdote Arturo Bañuelas conoce bien su ciudad. Párroco del templo de San Pío durante 26 años, y recientemente mudado a una nueva parroquia, también en El Paso, Bañuelas ha sido cercano al trabajo de García en Annunciation House. La operación de este sitio es indispensable, asegura, especialmente ante el exilio generado por la violencia reciente en Juárez. Todo movimiento allá tiene eco en El Paso.

“Existen lazos económicos, culturales y religiosos muy fuertes. La gente aquí es una sola comunidad; hoy sabemos que tras la ola de violencia, por cada persona asesinada, cien más han sido afectadas en ambos lados de la frontera. Washington DC y la Ciudad de México –las capitales de ambos países– están muy lejos de aquí, pero los gobiernos no entienden eso; estamos más cerca uno del otro que lo que estamos de las capitales de nuestros países. Así que quienes tenían recursos encontraron la manera de salir cuando empezó la violencia; los que se quedaron en Juárez son los más pobres, los que no pudieron pagar por su exilio”, agrega.

La nueva ola

Una mañana de julio de este año, García recibió una llamada. Era un representante de ICE, la Agencia de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos. El agente le habló del incremento en el número de migrantes menores de edad viajando solos, o acompañados por sus madres, detenidos en el área del Río Grande, al sur de Texas. Las autoridades de inmigración apenas daban abasto para procesarlos, pero advertían que tras su liberación bajo fianza, no tenían adónde ir: los dejarían en libertad sin tener un techo o una familia que los recibiera. Entonces el agente le anunció a García: van a llegar al centro de procesamiento de El Paso algunos aviones con 140 personas cada uno. Los vamos a soltar bajo palabra. A los que no tengan a donde ir, ¿los podría recibir usted?

Aunque García está acostumbrado a recibir familias enteras, la llamada le sorprendió por venir de quien venía. Por muchos años Annunciation House fue víctima de redadas y acoso por parte de la Patrulla Fronteriza y los agentes de inmigración; al menos una vez al año, afirma el director. Sin embargo, gradualmente las agresiones bajaron de intensidad, al punto en que en ocasiones han sido los propios agentes de inmigración quienes llevan ahí a mujeres embarazadas, personas enfermas o niños, todos sin documentos. En el caso de los menores que llegaron en julio pasado, la casa terminó recibiendo a cerca de 2.500 personas. “Pero esto es lo que hemos hecho por 36 años”, señala García sin inmutarse.

Annunciation House se ha convertido en un ícono para la comunidad paseña, cuyos miembros se jactan de vivir en “la Ellis Island del Sureste de Estados Unidos”, como lo describe el periodista mexicoamericano Alfredo Corchado, cuya familia, originaria de Durango y tras vivir algunos años en los campos de California, hizo de El Paso su casa.

“Esta ciudad es el hogar para la gente que busca reinventarse, que huye de tiempos difíciles y necesita seguridad, una forma de reempezar ­–dice Corchado con orgullo–. En El Paso encuentras remanentes de la historia, los rostros de la Revolución Mexicana, del Movimiento Cristero, el movimiento estudiantil de 1968 y, en estos días, a la gente que huye de México por la violencia. Es una ciudad que acoge a los oprimidos, a los desposeídos, a los que han vivido el derramamiento de sangre y la incertidumbre. Annunciation House ha permanecido por más de tres décadas cerca de las turbulencias en México, a una o dos millas de distancia, como un faro de esperanza.” En mayo de 1976, cuando García aún trabajaba para la diócesis, tuvo la oportunidad de extender una invitación a la Madre Teresa de Calcuta para que visitara a su grupo de jóvenes adultos. La madre aceptó la invitación e inició una relación entre ambos que dos años más tarde llevó a la religiosa a invitar a García a sumarse a un proyecto que ella estaba iniciando. Pero entonces García ya tenía la autorización para crear un espacio que albergara a los más pobres de los pobres, y así se lo hizo saber: no podía aceptar la invitación. La Madre Teresa respondió con una carta celebrando su decisión: “Ahora podrás salir a hacer un trabajo de anunciación. Anunciarás las buenas nuevas y darás a la gente un hogar en nombre de Jesús”.

A partir de ese momento, estaba dictado el destino de Annunciation House.

 

Publicado en el número especial de Fronteras, de Revista Ñ, Clarín.

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