La violencia como excepción

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Hace unos días me invitaron a participar en una conferencia sobre el estado de la prensa en México y los retos que enfrentamos quienes colaboramos en medios en ese país o cubrimos temas vinculados con él.

El evento fue organizado por el Center for US-Mexican Studies de la Universidad de California San Diego (UCSD). Durante un par de días se habló de historia de la prensa en México, sobre censura y libertad de expresión; se hizo un recorrido por la relación entre los medios y el poder, y tanto los panelistas como la audiencia estaban marcados por el sello de la binacionalidad: académicos y periodistas provenientes de Boston o de Culiacán, hicieron presentaciones y participaron en debates por demás iluminadores.

Cuando llegó mi turno, tuve el privilegio de compartir la mesa con personas a quienes admiro y respeto: Rafael Barajas “El Fisgón”; Vicente Calderón, de Tijuana Press; Sam Quiñones, ex corresponsal del diario LA Times en México, o el sensacional Javier Valdez Cárdenas, fundador del semanario Ríodoce de Sinaloa, ganador del PEN Club Award.

Sentado junto a mí se encontraba Javier Garza, quien fue director del diario El Siglo de Torreón durante el sexenio de Felipe Calderón. El Siglo fue de los pocos medios que continuó haciendo una cobertura certera durante los años en los que la violencia y la extorsión se ciñeron en la región de La Laguna y callaron las prensas. El trabajo bajo amenaza y ataque ha sido el signo de sus periodistas en estos años. Con esta experiencia, Garza diseñó el protocolo de seguridad que hoy se sigue en varias redacciones del país para proteger a sus periodistas.

Froylán Enciso, quien forma parte del programa del Centro y fue el coordinador de este panel, nos pidió hablar de retos, de las condiciones materiales para realizar el trabajo periodístico, de transparencia en la información y estrategias para la cobertura binacional. Se invocó a Manuel Buendía y a Miguel Ángel Granados Chapa, y se habló, desde luego, de la violencia; la que calla redacciones y siembra el miedo entre quienes desempeñan el oficio.

Valdez Cárdenas hizo un planteamiento claro: cuando vives en un estado de narcoviolencia, ni los editores, ni los periodistas, ni los lectores son capaces de marcar la agenda de los medios; esta se encuentra dada por los grupos delictivos. Habló del instinto que permite que un reportero trabajando en estas circunstancias, con la experiencia, vaya sabiendo hasta dónde puede llegar sin arriesgarse innecesariamente. “No hay líneas marcadas, la línea la va trazando uno para no cruzarla”, explicó. También pidió –y creo que nos hace falta escuchar este pedido– que cuando un medio como Ríodoce asume el riesgo para publicar una historia que de otra manera no sería contada, los demás se vuelvan eco de ella, particularmente quienes están fuera de las áreas de cobertura de riesgo; divulgar el periodismo que hacen quienes se la juegan a diario, ayuda a que su trabajo contracorriente valga la pena.

En esas estábamos, cuando Garza, al ser cuestionado sobre su propia experiencia en relación con la violencia, dijo una frase que me parece relevante compartir: “Por muy difíciles que estén las cosas en este momento, tenemos que hacer que los periodistas jóvenes, los que van empezando, entiendan que el estado actual de la prensa en México, la violencia, las amenazas, son parte de un ciclo, pero no son permanentes. Todos los fenómenos son cíclicos, y este también lo es. El ejercicio de la prensa va a ser muy diferente en México dentro de diez años; esto va a pasar”.

Lo que Garza afirma, se sostiene no sólo por el trabajo que hacen él, o Valdez Cárdenas, o tantos otros colegas. Se sostiene por el hecho de que quienes hacen periodismo en las condiciones más adversas han desarrollado la capacidad de dar unos pasos atrás y ver lo que en inglés se conoce como “the big picture”: no es mejor periodista el que arriesga innecesariamente su vida para contarlo todo hoy, sino el que sabe que en algunos momentos sólo hay que acercarse lo suficiente a los fenómenos para entenderlos y conservar la información que los rodea; para tener elementos que permitan que cuando el ciclo pase, empecemos a explicar qué fue lo que sucedió. Así lo dicen los textos que Valdez Cárdenas guarda en un cajón, esperando que llegue el momento oportuno para publicarlos. Así lo dice también el mecanismo que está desarrollando Garza para identificar y clasificar las agresiones contra periodistas, para guardar la memoria.

La tarde previa, mientras presentaba al periodista Alfredo Corchado, el corresponsal en México para el Dallas Morning News amenazado debido a su cobertura sobre narcotráfico, Enciso hizo un planteamiento similar al de Garza: “No podemos seguir dando a los jóvenes estudiantes de periodismo la idea de que es preciso poner tu vida en riesgo para ser un buen periodista. Esto no es necesario, no tiene por qué ser así. El buen periodista se hace de muchas otras maneras”.

De lo vivido en estos dos días, de las experiencias y el aprendizaje, me quedo con esta última idea. No basta con entender qué ha pasado históricamente con la prensa en México, ni con analizar su relación con el poder. No basta con que los periodistas veteranos sepan que un reportero muerto no le sirve a nadie, y que en los momentos de violencia, la paciencia es el mejor aliado. No basta con decirle a los que viven lejos que es su obligación mantener los ojos en México. Es preciso que con todo eso, quienes hemos sido partícipes de la construcción de este momento, digamos a quienes vienen al relevo que las cosas no necesariamente son así; que no fueron así antes y que no serán así en el futuro. Que la violencia, la amenaza de muerte, la cobertura de sangre, el contador de cadáveres, son una realidad dolorosa en este momento de nuestra historia, pero que son la excepción.

Me preocupa darme cuenta de que estamos formando a una generación de jóvenes periodistas en cuya escala de valores la cobertura de miedo se encuentra en primer lugar. Me angustia descubrir que los modelos a seguir en las redacciones son los que traen la crónica del cadáver, porque quienes empezaron en el oficio hace dos, tres, cuatro, cinco años, no han visto otra cosa. Me aterra pensar que estamos haciendo una apología del perseguido, del amenazado, del que trae medida cautelar. Tenemos que recordar cada que sea necesario que eso no es lo deseable; esa es la excepción, y para terminar con ella es que debemos seguir trabajando.

Quienes tenemos la posibilidad de ver un panorama a largo plazo, a la distancia, podemos trabajar para cambiar esta percepción en la generación que viene detrás de nosotros: tener un botón de pánico no te hace parte de una élite; te hace parte de una desgracia nacional que debe cesar.

*Publicado en Cuadernos Doble Raya

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