Gabriel García Márquez y el mejor oficio del mundo

GGper

–Y mire, la casa de allá; no, no esa, la de al lado: esa es la casa de Gabrielgarciamárquez Premionóbel. Pero por aquí no viene nunca, ¿eh? Él vive en México.

Era de noche e íbamos en un taxi Liliana Alcántara, María Eugenia González y yo. Habíamos pasado todo el día, uno de esos días de sudor que te pega la ropa al cuerpo, encerradas con otros once talleristas en el edificio de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano en Cartagena de Indias, Colombia. Era julio de 2002, hacía un calor del carajo, y nos habíamos ido a dar un baño al hotel antes de robarle horas al sueño para caminar por la ciudad amurallada que al anochecer se pinta con la luz color ámbar.

Como decenas de periodistas antes que nosotras, y como cientos más en los años por venir, empezábamos a reconocernos como parte de esa generación que ha pasado por el edificio de la calle San Juan de Dios, con sus techos altísimos, sus escaleras angostas de barandales de madera indestructible, y los balcones que asoman a los muros del templo de San Pedro Claver. Una generación que en las aulas de piso de ajedrez ha aprendido que el periodismo se hace con ética, con investigación y sin comillas; caminando las calles, escuchando, preservando la capacidad de sorpresa, y escribiendo, y borrando, y volviendo a escribir. Echando el cuento, pues.

El taxista tenía razón: Gabrielgarciamárquez Premionóbel, el nombre y apellido compuestos que la gente le daba a Gabo al hablar de él por aquellas calles, iba poco a Colombia. Era más fácil en ese entonces encontrarlo en México, visitando la redacción de la revista Cambio, que viajando a la escuela que fundó en su país. Sin embargo Gabo estaba ahí, en el primer texto de la guía de lecturas: “El mejor oficio del mundo”. Estaba en las palabras de un Javier Darío Restrepo que de pie, con gesto serio y una mano en la cintura, planteaba hipotéticas disyuntivas para poner a prueba nuestros parámetros de ética periodística. Estaba en el café cargadísimo que Jaime Abello presentaba como el favorito del maestro, y hasta en los vallenatos que bailamos una noche de luna nueva en la azotea de la fundación.

Un hombre no es más que su obra y lo que en ella deja de sí.

*****

Si el público que le otorga reconocimiento como Premionóbel admira a Gabrielgarciamárquez por su trabajo literario, quienes lo reconocemos por su impulso al periodismo narrativo aprendimos a realizar hallazgos en su obra periodística.

Un día llegaron a mis manos un par de tomos del compendio de sus artículos, publicado por editorial Diana. Hojeando primero con curiosidad, y después casi de manera compulsiva, encontré, descubrí, me admiré con un García Márquez que lo mismo hablaba de la llegada del Papa al infierno con motivo de su visita –la del Papa– a Centroamérica (1983), que del absurdo criterio estadounidense para negar visas, o no, a los escritores –no así a su obra–, o de una horrible anécdota de cadáveres putrefactos que lo persigue cuando debe entrar a un elevador. Cada pieza constituye una historia fascinante con personajes construidos en apenas unas palabras, escenas detalladas cargadas de referentes de cultura popular; un hilo finísimo que va tejiendo datos e información para terminar entregando una pieza de filigrana que contiene una historia o una reflexión tan cercana como la que hubiera podido escuchar uno esa mañana en el autobús.

Lo raro es que cuando uno dice que le gusta la música se piensa casi siempre en la música que por pura pereza mental se ha dado en llamar música clásica. También se la llama música culta, lo que no resuelve el problema, pues pienso que la música popular también es culta, aunque de una cultura distinta. Aún la simple música comercial, que no siempre es tan mala como suelen decir los sabios de salón, tiene derecho a llamarse culta, aunque no sea el producto de la misma cultura de Mozart.

Con esta reflexión, Gabo inicia un relato que nos lleva hasta una niña indígena que cantaba en una isla de Panamá. Era tan hermosa la voz, que quiso regresar al día siguiente con una grabadora, para lo cual pidió ayuda al general Omar Torrijos.

“No vuelvas más”, me dijo, “que esas cosas suceden una sola vez en la vida”. No volví, por supuesto.

Trabajaba yo en el manuscrito de Dreamers, mi primer libro, cuando regresando a aquellos tomos encontré un artículo de 1966, titulado “Desventuras de un escritor de libros”. Tras explicar lo ingrato que es el proceso de publicación, desde la inversión de tiempo y angustia por parte del autor, hasta el momento de recibir sólo dos pesos de los veinte que paga el lector por la edición impresa del libro, Gabo alude a la antigua figura del mecenas, añorada por algunos escritores.

En mi caso, prefiero escribir sin subsidios de ninguna índole, no sólo porque padezco de un estupendo delirio de persecución, sino porque cuando empiezo a escribir ignoro por completo con quién estaré de acuerdo al terminar. Sería muy injusto que a la postre estuviera en desacuerdo con la ideología del patrocinador, cosa muy probable en virtud del conflictivo espíritu de contradicción de los escritores, así como sería completamente inmoral que por casualidad estuviera de acuerdo.

Hay una línea que encontré en otro artículo, que no recuerdo de qué trataba, pero que se me quedó grabada. Es atemporal y se ha vuelto una de mis frases favoritas para toda ocasión:

 Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad.

Pero mi hallazgo mayor fue uno realizado en un ataque de nostalgia chilanga desde mi hogar angelino; una de esa tardes en las que uno lee, a través de los mensajes de los amigos, cómo a su ciudad y a su país se los anda cargando la chingada. Entonces, en uno de esos azares improbables, me topé con “Regreso a México”, un artículo de 1983.

De la ciudad de México, donde hay tantos amigos que quiero, no me va quedando más que el recuerdo de una tarde increíble en que estaba lloviendo con sol por entre los árboles del bosque de Chapultepec, y me quedé tan fascinado con aquel prodigio que se me trastornó la orientación y me puse a dar vueltas en la lluvia, sin encontrar por dónde salir.

Gabo habla entonces de cuando llegó a vivir a la hermosa ciudad de México “en un atardecer malva, con los últimos veinte dólares y sin nada en el porvenir”. Y termina el artículo diciendo:

He revivido este pasado –enrarecido por la nostalgia, es cierto– ahora que he vuelto a México como tantas y tantas veces, y por primera vez me he encontrado en una ciudad distinta. En el bosque de Chapultepec no quedan ni siquiera los enamorados de antaño, y nadie parece creer en el sol radiante de enero, porque en verdad es raro en estos tiempos. Nunca, desde nunca, había encontrado tanta incertidumbre en el corazón de los amigos.

Podrá imaginar el lector cuánto, cuánto lloré.

*****

 Los periodistas de mi generación estamos en un momento de definición para el oficio. Nos tocó la llegada del uso de las plataformas digitales y la tiranía del “click” en Internet; el falso concepto de que muchos “clicks” significan muchas lecturas, y el otro falso concepto de que la gente no quiere leer más de tres párrafos en la computadora. Como si eso fuera poco, nos tocó también la crisis económica en algunas redacciones, lo que ha hecho que parezca fácil prescindir de los periodistas experimentados que, claro, cuestan más dinero. A los recortes en papel, viáticos y prestaciones, se ha sumado el recorte del conocimiento, la paciencia, la búsqueda artesanal de información, y en ocasiones hasta de la ética y la integridad. Un medio en el que trabajé empezó recortando editores y terminó metiéndole tijera a todo el departamento de corrección: las personas más cultas de la redacción se volvieron prescindibles. Quienes antes salían a reportear durante dos, tres, cuatro días un asunto que valía la pena, hoy deben entregar dos, tres, cuatro notas diarias a destajo. Ostentan el cargo de reporteros individuos que lanzan una pregunta en su muro de Facebook y con las respuestas escriben una nota, sin despegar el culo del sillón.

En un entorno como este, García Márquez llegó con su proyecto de hacer una escuela en la que se pudiera enseñar periodismo de manera empírica, reivindicando la crónica como género y el periodismo narrativo como herramienta para entender y explicar la realidad.

“La formación de los periodistas no logró evolucionar a la misma velocidad que los instrumentos del oficio y se quedaron buscando a tientas el camino en el laberinto de una tecnología disparada sin control hacia el futuro”, decía Gabo en su discurso durante la inauguración de la FNPI. “Deberían salir preparados para dominar las nuevas técnicas, y es todo lo contrario: salen llevados a rastras por ellas, sin los mecanismos de participación que fortalecían el espíritu en el pasado y sin tiempo ni ánimos para pensar y seguir aprendiendo el oficio. La misma sala de redacción, que siempre fue el aula máxima, es ahora un laboratorio deshumanizado, donde parece más fácil comunicarse con los fenómenos siderales que con el corazón de los lectores”.

Gabo el periodista, nuestro Gabo, apostó por su proyecto imaginado como una respuesta al riesgo de periodismo efímero y superficial. Quienes pasamos por las aulas de la FNPI escribiendo felices con la ropa pegada al cuerpo por el sudor; quienes trabajaron con él en redacciones, quienes lo tuvieron por amigo, como compañero; quienes gracias a la corriente del Nuevo Periodismo Iberoamericano hemos aprendido que además de los números, y los nombres, y los pixeles y el Internet, este oficio se trata de echar el cuento, sabemos que el legado de Gabrielgarciamárquez es más que mariposas amarillas o un Premionóbel: es la certeza de que el nuestro sigue siendo el mejor oficio del mundo, uno indispensable para la preservación de la justicia social; y que quien tiene el privilegio de ejercerlo, debe esforzarse todos los días por estar a la altura de él.

Gracias por eso, maestro.

Publicado en Cuadernos Doble Raya.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s