‘Cuando camino estas calles me voy fijando, a ver si la miro”

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Tomasa Gómez tiene el gesto adusto. Ve con recelo alrededor, asegura su bolso sobre el hombro, observa. Cuando uno se acerca sonríe, pero la sonrisa es apenas una mueca que los ojos, tristes, vacíos, contradicen.

Tomasa salió de Vallecillo, Honduras, hace más de ocho días. Viene en la Caravana de Madres Centroamericanas: 48 mujeres que por novena ocasión recorren la misma ruta siguiendo los pasos de sus hijos en su intento por llegar a Estados Unidos; hijos de los que no saben nada desde hace años.

Esta novena caravana, encabezada por la organización Movimiento Migrante Mesoamericano, inició el 2 de diciembre en Tabasco, aunque las madres salieron de Honduras, Nicaragua, Guatemala, varios días antes. Como en ocasiones anteriores, su objetivo es encontrar una pista que lleve al paradero del hijo o la hija que se reportó desde México por última vez: México, el país desde el cual se escuchan tantas cosas aterradoras, el que en los últimos años les ha ocasionado tanto dolor.

Con las fotografías familiares colgando al cuello –Jorge Luis, Nelson, Glenda, Mauro, Álvaro–, las madres gritan a las autoridades, al pueblo mexicano, que las escuchen, que les ayuden a encontrar a sus desaparecidos, que les den alguna certeza para salir de la peor de las incertidumbres: no saber en dónde se encuentra el hijo, si vive o está muerto, si lo torturaron, si está en un hospital psiquiátrico, si acabó en la fosa común.

“El 7 de diciembre de 2010 fue el último día que hablé con ella”, dice Tomasa con voz bajita y rostro de piedra durante la conversación que casualmente tiene lugar el 7 de diciembre de 2013. Exactamente tres años sin saber nada de Wendy Suyapa, su hija, quien hoy debe tener 35. Wendy se fue hace siete años a Chicago. Tras dos retornos obligados a casa, inició el trayecto de nuevo hacia Estados Unidos en 2009. “Mami, me voy a ir despacio”, le dijo al salir.

Lo último que Tomasa escuchó fue que Wendy estaba trabajando en México. “Ese día hablamos rápido. No le pregunté en qué estado estaba, no supe nada más. Pero algo me dejó preocupada, una voz de hombre que le decía: ‘vaya, platique con su mami’. Algo andaba mal”, recuerda.

Acompañada por las otras madres, Tomasa llegó el fin de semana a Guadalajara, en donde fueron recibidas en el albergue de migrantes FM4 Paso Libre. El autobús en el que viajan recorre los caminos y se topa con “la bestia”, el temido tren que mutila y mata. También con los agentes que extorsionan, con otros que extorsionan sin ser agentes, con la solidaridad de algunos y el abierto desdén de otros. A todo se acostumbran las madres, menos a la ausencia.

“Me levanto y me acuesto pensando en dónde está mi hija, qué le harían. Uno imagina muchas cosas”, dice Tomasa con esos ojos vacíos. “Quiero una respuesta; nosotros ya se la entregamos al Señor, pero yo siento que ella está viva. Sueño con ella. La miro que se está riendo, y cuando camino estas calles me voy fijando a ver si la miro. Uno primero los anda en el vientre, después en el corazón y después en el pensamiento. Uno vive así”.

Los hijos de Wendy, hoy de 16 y 13 años, preguntan por su mamá. Tomasa no tiene el corazón para decirles que está desaparecida, así que a veces prefiere no hablar con ellos. Mejor sigue caminando.

Reencuentro

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Después de ocho caravanas, la novena trajo buenas noticias. Cada uno de los recorridos ha sido una siembra y, quienes regresan, cosechan lo de la caravana anterior.

Narciza Gómez lo acaba de descubrir. El año pasado, con la foto de su hijo Eugenio colgando del cuello, recorrió los caminos mexicanos junto con las otras madres. Nadie le dio una pista, nada.

Narciza Gómez, de Nicaragua, se reencontró con su hijo Eugenio en Guadalajara durante esta su segunda caravana por México.

“Me daba miedo venir, veía en las noticias las atrocidades que hacen aquí, pero pensé que con la ayuda de Dios podía encontrarlo”, recuerda. “Me consolaba con las demás madres; es como una cosa que se siente en el corazón, un vacío. Y yo quería hallar a mi hijo pero no muerto, lo quería vivo…”.

El deseo de Narciza se cumplió. Tan pronto entró el autobús a Guadalajara, las puertas se abrieron y Eugenio, a quien no veía desde hace ocho años, subió en él, caminó hasta la parte trasera y, alto, moreno, la tomó en brazos.

Gracias a la caravana del año anterior, una red de contactos ubicó a Eugenio en Tijuana. El único número de contacto con su casa lo perdió en Guatemala durante el año que trabajó ahí antes de venir a México. Nunca llegó a Estados Unidos: se quedó en la frontera, desde donde alguien en una ocasión le ayudó a enviar un mensaje a un ingenio azucarero cercano a Chinandega, Nicaragua, de donde la familia es originaria. Eso fue en 2008. Después, no hubo forma de comunicarse más.

“Estoy bien contento, estoy feliz de saber que voy a Nicaragua”, decía un Eugenio sonriente, demasiado grande junto a la frágil Narciza. “Quiero ir a ver a mis abuelos, estar unos días allá. Pero luego regreso a Estados Unidos; tengo que trabajar por mi mamá, pero esta vez lo voy a hacer bien. Ahora no nos volvemos a perder”.

Publicado en Hoy Los Ángeles.

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