Treinta Dreamers de vuelta a casa

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Son las seis de la tarde del sábado 28 de septiembre y Nuevo Laredo, Tamaulipas, está medio muerto. No se ve el movimiento de fin de semana en una ciudad cualquiera, pero eso es porque Nuevo Laredo ha transitado por tiempos marcados por la violencia. Hay apenas algunos negocios abiertos, la mayoría de comida, entre las calles que, entre más alejadas del centro, más áridas y polvorientas se ven.

En una de estas calles, entre los montones de tierra que ha dejado una reparación inconclusa, se encuentra la Casa del Migrante Nazareth, un albergue de la red de los misioneros Scalabrinianos que todos los días recibe migrantes deportados de Estados Unidos, o a aquellos que apenas van en camino. y requieren de un sitio en donde descansar antes del cruce tras días de camino, desde otros estados de México o de algunos países centroamericanos. La casa tiene cupo para 140 personas; este fin de semana, el último de septiembre, 30 de ellas son Dreamers.

Una puerta de metal se abre y un hombre de rostro amable me deja pasar sólo tras asegurarse de que estoy ahí con autorización. Se llama Tino, trabaja en el albergue y parece estar contento con ello. Me pide esperar a que alguien venga por mí. El vestíbulo amplio, bañado de la luz que se filtra entre las rejas que protegen los ventanales, tiene un aire solemne. Una fotografía del padre Giovanni Scalabrini es la pieza principal del espacio. Algunas personas pasan, me ven, y siguen de frente lanzándome una segunda mirada de reojo. Pregunto cuánta gente hay en este momento y Tino me informa que cerca de cuarenta migrantes “además de los muchachos”.

–Pero aún no es de noche, al rato van a llegar como cuarenta más –me dice como si nada.– En la noche siguen llegando porque a esa hora hacen las deportaciones.

Le digo a Tino que, según los acuerdos internacionales, las autoridades no deben dejar migrantes deportados en la frontera durante la madrugada. Me lanza una mirada que no cree en mi ingenuidad.

–A veces llegan aquí como a la una de la mañana. Cuando llegan a la frontera no hay nadie esperándolos, ni para darles información –explica.– Unos se van a la terminal, esos tienen suerte. Pero otros nomás se quedan ahí; esos son los más vulnerables.

La conversación se interrumpe cuando Benito Miller sale a recibirme. En sus veintes, de piel blanca y pelo rubio rojizo, nariz afilada y expresión tranquila. Él es uno de los líderes de la Alianza Nacional de Jóvenes Inmigrantes, conocida como The NIYA; una red de organizaciones conformadas por jóvenes inmigrantes indocumentados, Dreamers, traídos por sus padres a Estados Unidos cuando eran menores de edad.

La organización de Dreamers más radical del país, Dreamactivist, es el grupo toral de The NIYA. Desde hace tres años los jóvenes originarios de diversos estados han realizado más de veinte acciones de desobediencia civil que han ido, desde bloquear calles y hacerse arrestar por las autoridades arriesgándose a la deportación, hasta ocupar las oficinas de congresistas y funcionarios públicos; todo con el fin de exponer la necesidad de una legislación que regularice su situación migratoria y pedir el cese de deportaciones. Este es el mismo grupo que, bajo la “sombrilla” de The NIYA, organizó el regreso a casa del grupo conocido como #Dream9, en julio pasado. nueve jóvenes indocumentados que se encontraban en México debido a una deportación, o a una salida voluntaria de Estados Unidos, y que buscaban volver a casa ingresando por el puerto de entrada oficial. Portando togas y birretes de graduados, los chicos se acercaron desde el lado mexicano a la garita de Nogales, Arizona, y pidieron su reingreso. Tras permanecer 17 días arrestados, les fue iniciado un proceso de solicitud de asilo político y ahora se encuentran legalmente en el país que los vio crecer, mientras se resuelve su caso en las cortes de inmigración; un proceso que podría durar varios años.

Benito ha estado presente en buena parte de las acciones de desobediencia civil de Dreamactivist, y fue un elemento clave en la planeación y ejecución de la estrategia de los #Dream9. Hoy, en Nuevo Laredo, está a cargo de entrenar a estos treinta jóvenes para que en su camino de vuelta a casa sepan qué decir ante las autoridades, conozcan los pormenores de su caso legal, hablen con medios de comunicación, y se preparen para las dificultades que enfrentarán en caso de que sean arrestados. Los preparará para que conozcan y confíen en quienes realizarán la acción con ellos, porque a partir de este momento serán su familia. La vida de estos jóvenes se dividirá en antes y después de Laredo.

 

Entrenamiento

Benito me recibe y rápidamente le pasa la estafeta a Sandra Jara, una de las chicas del grupo, para que sea ella quien me muestre la casa, me presente con los otros Dreamers, y me indique cuáles son las reglas del lugar. Saludo a Sandra como si fuéramos viejas conocidas; unos días antes la entrevisté vía Skype y me contó su historia. Me dijo que tuvo que abandonar EE.UU., para seguir su educación, pero al ser negada su visa de estudiante de España, tuvo que regresar a Lima, lejos de su familia y con los retos de una mujer lesbiana en una sociedad machista. Fue por eso que decidió unirse al grupo.

Originaria de Perú, la única no mexicana entre el grupo de jóvenes que participarán en la acción, Sandra migró con su madre a Estados Unidos cuando tenía 15 años. Tras el periodo de adaptación por el que pasan todos los menores que llegan a vivir a este país, Sandra y su madre instalaron su hogar en Alhambra, California. Cuando vino el momento de ir a la universidad, la joven se dio cuenta de que no podría seguir estudiando y no podría obtener un empleo por la falta de documentos. Entonces buscó la manera de estudiar en España y para este fin regresó hace dos años a su natal Lima, desde donde tramitaría una visa de estudiante; pero la visa le fue negada y la carrera profesional de Sandra se vio interrumpida. A esto, se sumó la separación de su madre y la vida en una sociedad que no la admitía, ya que Sandra es lesbiana. Por todas estas razones, Sandra decidió sumarse a los #Dream30

El recorrido por la laberíntica Casa del Migrante es un camino lleno de historias. Hay salones comunes y algunos privados, en donde se dan charlas sobre SIDA y VIH, sobre la esperanza y el peligro, el valor y la fe. Los pasos tropiezan con hombres sentados en el piso de baldosas color crema esperando la hora de comer. La mayoría tiene la piel tostada a fuerza de sol y porta ropas que han visto mejores tiempos; son hombres cansados y en algunos casos desesperanzados. Uno de ellos me lanza una sonrisa amplia y desdentada. Otro me observa desde una esquina; tiene una pierna lastimada. Es de Veracruz, tiene una hija estadounidense que lo espera del otro lado, y está desesperado por cruzar: un año y medio antes salió a México por una emergencia familiar y no ha podido volver. El viernes previo lo intentó; iba corriendo hacia el otro lado y se lastimó, así que lo detuvieron.

Estamos a 101 grados centígrados, el clásico calor húmedo de finales de septiembre en esta región. La casa tiene habitaciones semiprivadas para mujeres, donde caben dos y cuatro personas en literas. Las amplias habitaciones de hombres están el área superior; ocho literas por habitación. Huele a encerrado, a humedad, a humanidad –a patas, me dirá uno de los muchachos después– pero cada cama está recogida y las escasas pertenencias apiladas en orden, metidas el bolsas o mochilas.

Sandra me explica que la mayor parte del día la casa está sola. Por la mañana, a las diez, los hombres y mujeres que se alojan aquí salen a trabajar; muchos quieren regresar a Estados Unidos y necesitan juntar dinero. Vuelven a las cuatro y se cena a las seis. La casa está limpísima porque tiene reglas estrictas: todos se forman para comer, se sientan en mesas que ya tienen los platos enfrente, dicen una oración antes, y al final se turnan como voluntarios para barrer, lavar las ollas y lavar los platos. Todo el mundo está a cargo de recoger mesas y sillas. Los Dreamers que este fin de semana se encuentran aquí no están exentos del trabajo aunque ellos pueden permanecer en la casa todo el día; también les está permitido el uso del teléfono celular, facilidad que los demás no tienen por motivos de seguridad para los propios inquilinos del albergue.

Este sábado por la noche, después de ? la comida, los jóvenes tuvieron una sesión de entrenamiento: sentándose uno frente a otro practicaron como si los estuviera entrevistando un periodista. Ensayaron no sólo las frases más apropiadas para transmitir su mensaje y las que hay que evitar para que no haya malentendidos; también la capacidad de comunicación a través de la postura, los gestos faciales y la forma de decir las cosas; mientras más contundente, mejor.

Más tarde, el entrenamiento se centra en el sitio por donde cruzarán para pedir su reingreso a pesar de no tener documentos. Benito les muestra un mapa del área, les indica en qué parte del centro de Nuevo Laredo en donde empezarán a caminar, a dos cuadras de la garita, y les dice en qué dirección está el puente. Les pide tener cuatro pesos mexicanos listos para el peaje del puente peatonal que conecta con Laredo. Les indica cuál será la forma adecuada de hacer llamadas telefónicas desde el centro de detención: todas las llamadas son grabadas y no deben dar detalles del caso, ni siquiera a sus familiares. Todos ya saben qué tipo de ropa vestir –una sola prenda de manga larga, pantalón de mezclilla, zapatos cómodos sin cordones–; saben también que no pueden llevar lentes de contacto, sólo de armazón, y que todo lo que les sea confiscado al momento de ingresar al centro de detención les será regresado, excepto, tal vez, su identificación.

Mientras Benito habla, uno por uno los jóvenes son llevados a otra habitación para grabar los videos testimoniales que distribuirán vía YouTube al día siguiente. Antes de ir a dormir, ensayan las consignas que gritarán antes y durante el cruce de la frontera.

De vuelta a casa

Latarde del domingo 29, todo en el albergue estaba en letargo. Por la mañana llovió, parecía que un diluvio se cernía sobre Nuevo Laredo, especialmente en la zona que colinda con el río. Posiblemente por esta razón no llegaron al albergue tantos medios de comunicación como los chicos esperaban para compartir con ellos sus historias. Una reportera de televisión, un par de periodistas de radio, algunos otros. El cielo gris transmite pura nostalgia a los muchachos que, cuando ha dejado de llover, salen al pequeño patio interior de la casa, donde se encuentran los lavaderos y las sogas para tender la ropa. Un perrito color mostaza chapotea entre los charcos.

Benito no para. Junto a David Bennion, el abogado que dirige al equipo legal que presentará los casos jurídicos de los #Dream30, lleva y trae documentos, expedientes; entre los dos alistan las últimas firmas, les piden que verifiquen datos, sacan copias de pasaportes e identificaciones. Los muchachos realizan las últimas llamadas telefónicas: a los papás, al novio, a los hermanos que esperan del otro lado, a los amigos que organizarán eventos de apoyo. A partir de las diez de la noche todas las pertenencias de los chicos, incluido el teléfono celular, irán a dar a una bolsa ziploc con el nombre de cada quien. Resguardadas en una caja, les serán entregadas cuando, si todo sale como esperan, sean liberados del lado estadounidense con un proceso de asilo político en curso.

Las primeras horas del lunes 30 caen cuando se dirigen a dormir. Cuatro horas más tarde estarán de pie, desayunando, despidiéndose de quienes los acogieron, abrazándose entre ellos. Están marcados con la etiqueta de los #Dream30, pero en realidad son más: 29 jóvenes, cuatro de ellos menores de edad, y tres padres de familia acompañando a los menores. A ellos se suma Elsy, la mujer hondureña indocumentada, madre de Valeria, una niña discapacitada de cuatro años que es ciudadana estadounidense.

Los 34 caminarán por la mañana hacia la garita vistiendo togas y birretes o camisetas que dicen abiertamente que son indocumentados. No imaginan en ese momento que ocho horas más tarde Elsy y Valeria serán liberadas con una visa humanitaria, y que un día después lo serán también los cuatro menores de edad junto con sus padres. Que en un plazo de tres días serán llevados a un centro de detención en El Paso, Texas, en donde quedarán retenidos por semanas. Que los mantendrán juntos, sólo separados por género, pero que no les permitirán ningún tipo de contacto con el resto de los detenidos. Que mientras ellos están en detención, el gobierno tendrá un “shutdown” que impedirá que las autoridades de inmigración respondan a las llamadas telefónicas pidiendo su liberación. Que en los días subsiguientes, las calles de las principales ciudades de EE.UU., se seguirán llenando de gente pidiendo una reforma migratoria; y que ahí, habrá quienes también exijan su liberación.

Momentos antes de salir del albergue, los jóvenes se toman de los brazos, dicen una última oración y lloran abrazados.

–Nosotros somos una familia y no tenemos fronteras –les recuerda Benito.– Nuestra casa es donde nos sentimos a gusto. Vamos a crear una crisis moral donde la misma sociedad estadounidense tendrá que verse a sí misma y pensar si quiere ser una sociedad justa o no.

Los jóvenes se dan ánimo por una última vez:

–¿A dónde vamos? –grita uno de ellos.

–¡Vamos a casa! –responden los demás.

En una fila india, entrecerrando un poco los ojos bajo la luz del sol, los #Dream30 cruzan la puerta y salen a la calle. El regreso a casa está por iniciarse.

Publicado en Hoy Los Ángeles

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