De aquí y de allá: El derecho a lo mejor de dos mundos

esquina

Los últimos nueve años de mi vida están marcados por una frontera. La línea imaginaria que empieza en el Océano Pacífico, entre las ciudades de Tijuana, en México, y San Diego, en Estados Unidos, se extiende por más de tres mil kilómetros hacia el Este, según loestablecido en un tratado leonino firmado hace casi dos siglos entre los dos países (bueno, en realidad entre fulanos que pretendían representar a los dos países), y llega al punto en el que el Río Grande desemboca en el Golfo de México separando a la ciudad de Brownsville, en Texas, de la mexicana Matamoros.

Por momentos agua, en otros montaña, en algunos tramos desierto y en muchos un muro de acero con alambre de púas, que de tan absurdo ofende, la frontera es una larga cicatriz mancillando tierras, bosques y comunidades hermanas que en la práctica nunca han estado divididas. Uno se puede parar en un punto cualquiera y mirar hacia los dos lados: el agua no cambia de color, la tierra seca suelta el mismo polvo, el viento sopla de un lado al otro, se cuela por las rejas y regresa. Mientras más avanza uno, la línea imaginaria se va convirtiendo en un sinsentido mayor.

Como es sabido, por la frontera entre México y Estados Unidos transitan las esperanzas de cientos de miles de indocumentados que cruzan cada año de manera ilegal, y también las de 350 millones de personas que cruzan legalmente. Sea de una manera o de otra, esta línea tiene el poder de colocar sobre quien la atraviesa etiquetas que en el caso de México, mi país, se vuelven marcas que deconstruyen y reconfiguran la identidad. Dime cómo, por qué, hace cuánto tiempo, por dónde y en qué dirección cruzaste la línea, y te diré quién eres.

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Una barrera formada con barrotes rectangulares suficientemente espaciados para que alguien meta los brazos por ahí, forma el muro fronterizo en el extremo oeste de California, donde empieza el Pacífico. La costumbre popular llama a este sitio “la esquina de Latinoamérica”, por ser el punto más al norte en el pedazo de continente que, al menos en mi país, nos enseñaron a llamar nuestro.

De ahí para arriba, también nos enseñaron, es territorio de los gringos, los yanquis, los güeros, los gabachos, los hijos del Tío Sam, la república de los hot dogs y las hamburguesas. De ahí para arriba se conspira, se vende, se explota, se es frívolo, se come chatarra, se pavonea el imperio, se declara la guerra, se discrimina, se embrutece, se hacen malas películas que venden bien y se fabrican buenas armas que causan el mal. Eso sí, también hay buenas computadoras, se hace buen shopping, se consiguen los vestidos de las princesas de Disney, y si vas a ir te encargo unas cremas de Victoria’s Secret, ¿sí? –Sent from my iPhone.

Con Estados Unidos tenemos una relación dependiente; necesitamos ser lo opuesto a ellos para seguir siendo nosotros. Escribió Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad: el mexicano y la mexicanidad se definen como ruptura y negación.

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Llegué a la ciudad de Los Ángeles en 2004. Mi esposo y yo veníamos cargando un par de maletas y como es común escuchar entre quienes han migrado a Estados Unidos, nosotros también veníamos “por un año, máximo dos”. En nuestro caso han pasado casi nueve; hay otros que llevan veinte, treinta años viviendo aquí, y hay quienes llegaron apenas hace unos meses jurando que vienen por uno, máximo dos.

A partir de que puse un pie en el lado norte de la línea, empecé a librar la batalla de la reconfiguración de la identidad. Por más de treinta años viví en la Ciudad de México y fui muy feliz. No vine a Estados Unidos huyendo ni deseando su modo de vida; vine por una inquietud personal y me he quedado porque cada día encuentro una historia que vale la pena ser contada para saciar mi apetito de periodista. Anhelo volver a la vida en mi tierra, pero he aprendido a amar a esta ciudad de ángeles en donde se concentra una numerosa y bien organizada comunidad mexicana con presencia cultural y política en ambos lados de la frontera. En Los Ángeles se construye cada día la realidad de una generación binacional, bilingüe y bicultural, que contribuye a mover los engranes de ambos países.

Esta realidad, sin embargo, está lejos de ser aceptada en alguno de los dos sitios. Para Estados Unidos, es sabido, la migración es un tema espinoso que da para varios artículos; el hecho de que la que proviene de México sea en gran medida indocumentada complica las cosas. Pero en México el asunto no es muy diferente. Al que migró a Estados Unidos se le ve con cautela y se le recibe con recelo si decide volver; se le cuestiona la incorporación de nuevas marcas culturales, se le exige que decrete su nostalgia por la patria y ¡ay! de aquél que en una comparación declare ganador al yanqui; “entonces para qué regresas, quédate allá”, será la condena. Ante cualquier asomo de binacionalidad, el individuo será negado por los puristas de la patria –cualquiera de las dos. Con regocijo será calificado como “ni de aquí, ni de allá”.

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En mis años en Estados Unidos, hablando con personas binacionales originarias de México, de Guatemala, El Salvador, Argentina o Venezuela, he aprendido varias cosas. Que Latinoamérica no termina en donde lo indica un muro, sino en donde vive el último latinoamericano que se siente como tal. Que esto no contraviene tu pertenencia a la comunidad que te ha abierto los brazos en otro país. Que por antagónicos que éstos sean, la unión de los dos mundos siempre dará por resultado una suma; la resta no existe. Que las fronteras son arbitrarias, autoritarias, obcecadas, pero no indestructibles. Que las fronteras las ponemos nosotros, no un papel.

A partir de hoy, y espero que por muchos jueves más, buscaré compartir en este espacio las historias de quienes, como yo, reclaman su derecho a ser de aquí y de allá. Tal vez en algún momento le contaré con tono triunfal que hoy puedo pararme en cualquier punto de la línea y decirle en dónde estamos, a qué temperatura, y cuánta “migra” hay en la zona, pero no sólo eso: le diré también que quienes viven ahí, y un poquito más hacia adentro –de cualquiera de los dos países– tienen historias sorprendentes, divertidas, conmovedoras, inspiradoras, sin importar el lado de la frontera que habitan. Le contaré por qué es que quienes han salido de un mundo conocido para aventurarse a uno distinto, merecen conservar lo mejor de los dos. Le diré, en síntesis, que las historias que importan se encuentran aquí y allá.

*Publicado en Cuadernos Doble Raya.

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