Cuando el sueño consiste en volver a casa

‘Dreamers’, que fueron obligados a regresar a México, intentarán cruzar la frontera en un acto que podría cambiar el futuro de miles de jóvenes deportados

dreamers

Claudia Amaro se ha vuelto una experta en empezar de cero. Lo tuvo que hacer una vez cuando, teniendo diez años de edad, asesinaron a su padre y su vida dio un vuelco. Lo hizo en una segunda ocasión a los trece años, cuando su madre decidió mudar a toda la familia, ella y sus tres hermanas, a Estados Unidos; huían de la violencia. Un tercer borrón y cuenta nueva vino a los treinta años de edad, cuando una orden de deportación le arrebató la vida y la familia construida durante las últimas dos décadas, arrojándola a su país de origen, México, con el cual no la conectaba casi nada. Y con nada que perder, con la esperanza de recuperar un poco de lo que considera suyo, dentro de unas horas la vida de Claudia será sacudida por cuarta vez.

Claudia es una de los ocho Dreamers –jóvenes que fueron llevados indocumentados a Estados Unidos siendo menores de edad– que este lunes, llegarán al puerto de entrada fronterizo de Nogales, en el lado mexicano, para intentar ingresar al país del norte sin portar más documento que sus historias personales, su convicción, y su amor por Estados Unidos, el lugar que consideran su hogar y al cual anhelan regresar.

La campaña “Bring them home”, “Tráiganlos de vuelta a casa”, es una acción orquestada por la Alianza Nacional de Jóvenes Inmigrantes (NIYA), una red liderada por jóvenes activistas que desde hace algunos años utilizan la desobediencia civil pacífica como un mecanismo para hacer oír su voz, educar a la comunidad, y llamar la atención sobre las violaciones a los derechos humanos y la separación de familias. Pero en esta ocasión, NIYA irá un poco más lejos: la desobediencia se ha extendido más allá de la frontera.

En días pasados tres jóvenes Dreamers, Lizbeth Mateo, Marco Saavedra y Lulu Martínez, salieron de Estados Unidos, en donde son beneficiarios del estatus de protección temporal que les otorga el programa de Acción Diferida (DACA), y llegaron a México, su país de nacimiento, para poner a prueba la política de la administración Obama sobre inmigrantes deportados. Junto con otros cinco ex Dreamers que se vieron obligados a volver a México, intentarán reingresar a Estados Unidos solicitando que se utilice el criterio discrecional que es prerrogativa de las autoridades migratorias para permitirles el regreso a casa.

“Sé que van a pensar que estoy loca por hacer esto, por salir de Estados Unidos”, dijo Lizbeth en un video grabado en el estado de Oaxaca, a donde viajó para visitar a su abuela por primera vez desde que ella, sus padres y sus hermanos migraron a Estados Unidos. “Pero creo que es aún más loco que haya tenido que esperar quince años para volver a ver a mi familia. Lo hago no sólo por mi familia, sino por los miles que han sido deportados, 1.7 millones de personas han sido deportadas, y no son sólo personas, sino 1.7 millones de familias, como la mía”.

Un sueño que no muere

Claudia Amaro nació en Tijuana. Cuando tenía diez años de edad, la familia viajó a Durango, y ahí el padre fue asesinado en una circunstancia que hasta la fecha no ha sido esclarecida por la ley. Lo que sí ocurrió en los meses posteriores fue el acoso por parte de los asesinos al resto de la familia, de manera que tres años después, cuando Claudia estaba por cumplir los trece, la madre decidió que se iba al estado de Colorado, en Estados Unidos, con sus cuatro hijas; Claudia es la mayor.

–Al principio fue difícil, dejé a mis amigos en México, y ahora que lo veo en retrospectiva me doy cuenta de que caí en un periodo de retraimiento, de un año o dos, porque no había superado la muerte de mi papá –recuerda Claudia en entrevista telefónica con Hoy Los Ángeles, a unas horas de intentar el cruce por la frontera hacia Estados Unidos.– Cuando llegamos a Colorado empeoró la cosa, había pocos hispanos, en la escuela éramos sólo tres o cuatro mexicanos no nacidos allá y el primer año fue muy difícil: no sabía el idioma, sufría de bullying, pasé muchos días sin comer en la escuela porque no conocía el sistema, no sabía como tomar una charola y servirme comida.

A fuerza de tenacidad, y con el apoyo de algunos compañeros y de una de sus maestras, Claudia se convirtió en la primera estudiante hispana en obtener un diploma en álgebra. Cuando cumplió 17 años, la familia se mudó una vez más, esta vez a Wichita, Kansas. Ahí, Claudia empezó a construir la que sería su vida adulta, lo que califica como “los mejores años de mi vida”.

–Me sentí por primera vez en casa. No extrañaba México, mis hermanas y yo hicimos un grupo de jóvenes en la iglesia, ahí conocí a mi esposo y nos casamos en 1998, cuando yo tenía 23 años. En 2000 nació mi hijo, Yamil.

La vida de Claudia transcurría en paz, hasta que en abril de 2005 recibió una llamada: su esposo había sido detenido mientras conducía y Claudia se tenía que presentar en la estación de Policía.

–Llegué, les dije que era la esposa y pregunté qué se necesitaba. Me metieron a interrogarme a un cuarto, me detuvieron y me llevaron caminando esposada a inmigración. Salimos bajo fianza, el proceso duró hasta diciembre, pero en enero de 2006 salió la orden de deportación para mi esposo. Cuando argumentamos que teníamos un hijo ciudadano de seis años, el juez dijo que estaba chico y que podía adaptarse y sobrevivir en México –recuerda Claudia con un nudo en la garganta.– Durante los nueve meses que duró el proceso no pudimos trabajar; perdimos la casa que estábamos pagando, el carro, todo. Volvimos a México con una mano adelante y otra atrás.

El doloroso proceso de adaptación al que tuvo que enfrentarse Claudia cuando migró hacia Estados Unidos se repitió una vez más, ahora por partida doble: ella y su esposo tuvieron que adaptarse a una realidad que no era suya, y su hijo a un mundo desconocido. Cuando Yamil llegó, lo bajaron un año en la escuela porque no dominaba el español; hubo que buscarle un colegio privado donde le pusieran más atención, pero ni así se salvó de las bromas y las humillaciones de los compañeros porque era estadounidense. Todavía hace unos meses, Claudia y su esposo tuvieron que presentar una denuncia formal debido a que entre seis niños golpearon a su hijo por su origen.

 

*Publicado en Hoy Los Ángeles.

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