Amor es amor

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Un día de marzo de 2011 marcó el “antes” y el “después” de la vida adulta de Jorge Luis. En esa ocasión, ante un grupo de jóvenes inmigrantes como él reunidos en la ciudad de Los Ángeles, este joven originario de Zacatecas, México, se armó de valor, se puso de pie y aceptó públicamente que era indocumentado. Unas semanas antes, Jorge Luis ya había dado un paso previo cuando admitió ante sus compañeros en la universidad que era homosexual; pero el día en que se además se atrevió a decir “soy indocumentado y no tengo miedo”, le abrió las puertas a una nueva vida.

–Salir del clóset te da poder, te dan ganas de decirlo –me contó Jorge Luis hace unos meses al hablar sobre esta doble transición, de esta doble salida del clóset que algunos jóvenes indocumentados califican como ser “undocuqueer”. –Sentí pena porque toda mi vida estuve mintiendo. No podía tener novio, no podía tener una vida social normal, no podía viajar, no tenía licencia; tenía que mentir por todo, esconderme la mayor parte de mi vida. Yo sé que mentir constantemente marcó mi personalidad y mi carácter. Ahora ya no quiero esconder nada. A veces sólo lo digo porque me gusta saber que lo puedo decir.

Aunque ambas identidades, la de quien es indocumentado y la de quien es LGTB, parecen ir por vías separadas, hay momentos en los que se cruzan; entonces quien es undocuqueer debe enfrentar un doble estigma. Para algunos jóvenes indocumentados, una ventana de oportunidad para solucionar su situación migratoria ha llegado cuando entablan una relación de pareja con alguien que es ciudadano estadounidense; entonces la ciudadanía por medio del matrimonio se vuelve una opción viable, al alcance de la mano. Sin embargo, para quienes entablan relaciones con personas del mismo sexo, la ventana había estado cerrada debido a la falta de reconocimiento del derecho de las parejas homosexuales a que uno de sus integrantes, residente legal o ciudadano de Estados Unidos, iniciara un proceso de inmigración a favor de su pareja indocumentada. Hasta hace un par días.

Este miércoles 26 de junio la Suprema Corte determinó que es inconstitucional privar a los matrimonios de personas del mismo sexo de los derechos federales de los cuales gozan los matrimonios heterosexuales. Y debido a que las leyes de inmigración son federales, ahora los residentes permanentes y ciudadanos estadounidenses podrán presentar una solicitud de residencia para sus cónyuges del mismo sexo.

Aunque es preciso revisar con detenimiento los detalles de las leyes migratorias, ya que éstas son complicadas y existen limitaciones, en general esta es una excelente noticia: cualquier persona casada en un estado o país en donde el matrimonio entre personas del mismo sexo sea legal, podrá solicitar la regularización del estatus migratorio de su pareja y éste no le podrá ser negado sólo por el hecho de ser del mismo sexo, sin olvidar que los tiempos y formas de procesamiento de la documentación serán los mismos que en el resto de los matrimonios –por ejemplo, las limitaciones para quienes están indocumentados porque ingresaron ilegalmente al país con respecto a quienes ingresaron legalmente pero excedieron el tiempo que les permitía la visa– así como los requerimientos en caso de que existan hijos menores de edad.

Pero a pesar de los cambios que la decisión de la Corte traerá para los undocuqueers, la necesidad de una reforma migratoria integral sigue siendo una necesidad. La propuesta de Ley de Inmigración aprobada por el Senado de Estados Unidos y que pronto será evaluada por la Cámara Baja, contiene importantes previsiones para proteger a quienes buscan asilo político debido a sus preferencias sexuales, alternativas y mecanismos de protección para quienes pertenecen a la comunidad LGTB cuando se encuentran en centros de detención, y desde luego el camino a la ciudadanía para todos los indocumentados, de los cuales cerca de 250 mil son LGTB. Este camino es incluso más corto para aquellos undocuqueers que califican como Dreamers.

–Yo no quiero tener que fingir una relación de pareja y casarme con una mujer para tener mis papeles –me dijo Jorge Luis aquella ocasión en que conversamos.– Prefiero sostener esta doble lucha.

Gracias a la decisión de la Suprema Corte, la lucha de Jorge Luis valió la pena. Hoy Estados Unidos da un paso adelante en materia de derechos humanos y reconoce que, sin importar el género o la preferencia sexual de quienes se aman, el amor es el amor.

*Publicado en La Opinión.

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