Solidarios soñadores

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La iniciativa de reforma migratoria dada a conocer esta semana por la llamada “pandilla de los ocho”, el grupo bipartidista de senadores que ha dado el banderazo de salida a la que podría ser la última batalla por conseguir la regularización del estatus migratorio de once millones de indocumentados, ha generado, como era de esperarse, una serie de reacciones a favor y en contra por parte de organizaciones activistas, politólogos y otros individuos y grupos de interés.

Entre las críticas a la iniciativa figuran el periodo de trece años que tendrían que esperar los solicitantes para poder acceder a la ciudadanía; la fecha límite de ingreso para haber entrado a Estados Unidos, el 31 de diciembre de 2011, que dejaría en situación indocumentada a quienes entraron durante 2012 y 2013; o el uso del sistema de verificación laboral E-Verify. Sin embargo, y a diferencia de la iniciativa que fracasó en 2007, esta propuesta contiene también algunos puntos favorables, como el hecho de que quienes solicitan la regularización de su estatus no están obligados a salir del país y presentar la solicitud desde su país de origen; o las opciones con las que contarán algunas personas deportadas que no hayan cometido delitos graves para volver al país; o la excepción para ciertos grupos de inmigrantes que podrán solicitar la ciudadanía a los cinco años de haber regularizado su estatus.

Entre estos últimos, se encuentran los Dreamers, jóvenes indocumentados que ingresaron a Estados Unidos siendo menores de edad, traídos por sus padres, y que en la mayoría de los casos no conocen otro país que Estados Unidos, no hablan otro idioma que el inglés, y tras pasar prácticamente toda su vida en la que consideran su nación, no tienen opciones para recibir educación superior a un costo razonable, para solicitar un empleo, conducir un auto o viajar.

La propuesta presentada esta semana retoma algunos de los requisitos establecidos en la iniciativa de ley DREAM Act -de la cual los Dreamers toman el nombre-, presentada ante el Congreso en 2001 por el senador Richard “Dick” Durbin -uno de “los ocho”- y cuya aprobación hasta ahora no ha sido posible. Como en la ley original, la iniciativa de Reforma Migratoria establece, en términos generales, que los solicitantes deberán haber vivido en el país por al menos cinco años e ingresado a él antes de cumplir 16 años de edad; haber obtenido un diploma de preparatoria o su equivalente, y completar al menos dos años de educación superior o cuatro años de servicio en las fuerzas armadas. Una vez cumplidos los requisitos, el solicitante podrá dar curso a su proceso -verificación de antecedentes penales, pruebas biométricas- y tras recibir una tarjeta de residente (green card) podrán acceder a la ciudadanía. Pero además cuentan con algunos beneficios adicionales: no estarán obligados a pagar una multa; podrán solicitar la ciudadanía en un periodo de cinco años, y los Dreamers que han sido deportados tendrán la opción de regresar al país.

Ante este panorama, los soñadores tendrían mucho que celebrar. La batalla que han sostenido durante los últimos años, especialmente a partir del fracaso de la aprobación del DREAM Act en 2010 -cuando fue aprobada en la Cámara Baja y quedó a cinco votos de distancia en el Senado- ha dado frutos y hoy, además de contar con protección temporal gracias al programa de Acción Diferida (DACA), tienen ante sí un panorama optimista y prometedor.

Sin embargo no hay celebración entre estos chicos. Más que nunca, grupos como DREAM Team LA, Orange County DREAM Team, Dreamactivist o DREAM Action Coalition, se encuentran activos, cabildeando, organizando sesiones informativas, hablando con la gente. “Nuestros padres han dado décadas de trabajo a este país y han contribuido a su economía”, me dijo hace unas semanas Neidi Domínguez, activista de DREAM Team LA, cuando le pregunté sobre el rol que jugarían los Dreamers en la lucha por la reforma migratoria. “Creo que merecemos una oportunidad de ser reconocidos como parte de este país, así que por ellos, y por nosotros, vamos a luchar. Buscaremos una reforma que nos beneficie a todos”.

Hace unos días, una imagen de un hombre moreno llevando a un niño sobre los hombros durante una marcha proinmigrante, ambos vestidos de blanco y enarbolando la bandera estadounidense, empezó a circular a través de las redes de activistas Dreamers. “Nuestros padres son los Dreamers originales”, se lee sobre la imagen. Con esta consigna, los chicos que hoy tienen un futuro prácticamente asegurado, muestran su solidaridad y gratitud hacia sus familias, hacia la comunidad indocumentada que es parte de su red, la que les ha permitido salir adelante hasta ahora, y no cejan en la lucha hasta que haya una reforma migratoria incluyente para todos. En una época en la que suele calificarse a los jóvenes de egoístas y desinteresados, la solidaridad incondicional de estos chicos conmueve, inspira, y se vuelve una lección para el resto del movimiento por los derechos plenos de los inmigrantes.

Publicado en Huffington Post Voces.

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