(Ciudad) Juárez no debió de morir

Foto: Luigi Baldelli

No hay ex presidente más respetado en mi país que Benito Juárez, el mandatario oaxaqueño, de origen indígena, que llegó a la silla presidencial enarbolando los valores de la austeridad republicana, la separación de la Iglesia y el Estado, el respeto a los derechos de los otros y la aplicación de la ley sin distingos como elementos indispensables para que una sociedad viva en paz. Es tan grande la influencia de Juárez en la vida de los mexicanos, que el 21 de marzo, día de su nacimiento, es feriado en todo el país. Todas las ciudades y poblados, hasta el más pequeño, tienen al menos una escuela que se llama Benito Juárez y un monumento en honor al llamado Benemérito de las Américas; su rostro está en el billete de veinte pesos, y una de las ciudades más importantes del país lleva también su nombre. Pero Ciudad Juárez, lamentablemente, es conocida mundialmente por razones que nada tienen que ver con el prócer nacional.

En la víspera del que hubiera sido el cumpleaños 207 de Benito Juárez, Irma Casas, directora de la organización Casa Amiga, en Ciudad Juárez, nos recordó algunos de los motivos por los cuales este nombre ha estado en los medios internacionales desde hace algunos años.

Por más de una década Casa Amiga ha sido la única organización independiente de apoyo para mujeres y niños de Ciudad Juárez. Durante sus inicios, en 1999, la organización, encabezada por Esther Chávez Cano (q.e.p.d.), centró su atención en el apoyo a mujeres víctimas violencia doméstica y de género, en el momento en el que los casos de feminicidio conocidos como “las muertas de Juárez” empezaba a ser reconocido a nivel mundial. El lugar se convirtió en refugio para quienes buscaban escapar de situaciones de riesgo y en un sitio al cual acudir para prevenir casos posteriores.

Con la llegada del presidente Felipe Calderón al gobierno mexicano en 2006, y el lanzamiento de su fallida “guerra contra el narcotráfico”, a partir del 2007 las solicitudes y denuncias recibidas en Casa Amiga se dispararon: tan sólo en el año 2007 atendieron 27 mil casos, a pesar de que las familias eran advertidas por autoridades de que no fueran al refugio para evitar la denuncia. Chávez Cano declaró al periodista Charles Bowden: “Los hombres les dicen a sus mujeres que si van a Casa Amiga, las van a matar. Y aquí la policía nunca atrapa a los asesinos”.

En 2008, con la llegada del Ejército, crecieron los casos de violación a derechos humanos, y con la llegada de la Policía Federal, las de abuso sexual. Muchas de las víctimas que llegaban a Casa Amiga eran mujeres golpeadas, mutiladas, violadas, cuyos cónyuges eran policías municipales o altos mandos en las agencias de seguridad; imposible presentar una denuncia, o siquiera intentar escapar. Con el paso de los meses empezó a cambiar la población que pedía ayuda: además de las mujeres, empezaron a llegar algunos hombres víctimas de agentes de organizaciones de seguridad o de agrupaciones delictivas.

Los casos de adolescentes de ambos sexos que habían sufrido abuso psicológico o físico -incluso casos de abuso sexual- por parte de militares o policías se multiplicaron, y después vino una oleada más: los casos de niños que necesitaban terapia de duelo por haber perdido al padre, o a la madre, o a los dos, debido a un fuego cruzado o en una ejecución directa, a veces en presencia del propio niño.

Durante su visita a Los Ángeles, Casas compartió algunas de las estadísticas que maneja Casa Amiga.

Se estima que en México hay cerca de 10 mil mujeres desaparecidas, de todas las edades. En Ciudad Juárez, 70% de los niños de las colonias populares de la ciudad están siendo o han sido golpeados de gravedad. En el estado de Chihuahua hay 49 mil viviendas abandonadas a partir de la ola de violencia iniciada en 2008; de éstas, 24 mil han sido vandalizadas. El 90% de los inmuebles abandonados en todo el estado se encuentra en Ciudad Juárez.

A un poco más de 100 días de gestión del nuevo gobierno federal, el discurso oficial vende la imagen de que en México ya no pasa nada. En Juárez ya no hay militares ni policía federal, pero los grupos delictivos locales y la policía municipal heredaron los esquemas de violencia y extorsión que dominaron a la ciudad entonces, y que siguen haciéndolo ahora. Miles de niños quedaron en la orfandad de uno o de dos padres; miles de familias tienen a un integrante desaparecido o asesinado, y el miedo, el rencor y la ira marcan a una generación de niños y jóvenes que no están recibiendo atención. Juárez se nos salió de las manos.

Un popular danzón mexicano en honor al presidente más icónico de México asegura que Juárez no debió de morir. Cada mexicano, esté donde esté, tiene la obligación de saber qué pasa en la ciudad más golpeada por la violencia, y de buscar una manera de dar apoyo para que la sociedad juarense reciba el apoyo legal, psicológico y humanitario que requiere, y para que se haga justicia a las familias que han sido víctimas de la violencia. No podemos fingir que aquí no pasó nada. De nosotros depende que Ciudad Juárez vuelva a vivir.

Publicado en Huff Post Voces. (Foto: Luigi Baldelli)

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