Una izquierda para México

Hace seis años, cuando tras la elección presidencial de julio de 2006 México se encontraba sumido en el conflicto postelectoral que dividió a buena parte del país, tuve la oportunidad de conversar con Manuel Camacho Solís. Camacho, un político surgido en el PRI, se distanció del partido que gobernó a México durante 70 años en 1994, durante el sexenio del presidente Ernesto Zedillo, para años más tarde sumarse a las filas de la izquierda. En 2006 se había convertido en uno de los principales asesores del candidato de izquierda a la presidencia, Andrés Manuel López Obrador, principalmente en materia de asuntos internacionales.

Mi conversación con Camacho ocurrió los primeros días de septiembre de ese 2006 en la Ciudad de México. El Tribunal Electoral acababa de emitir el fallo favoreciendo a Felipe Calderón como presidente de México, y a partir del día primero una nueva legislatura había tomado posesión: diputados y senadores asumiendo el cargo que ostentarían por los siguientes tres años los primeros, y por los siguientes seis los segundos.

Para los legisladores de la izquierda, mayoritariamente del PRD, la situación representaba un dilema. Por una parte, López Obrador encabezaba acciones de desobediencia civil que eran fuertemente apoyadas por sus seguidores como respuesta al presunto fraude electoral, y llamaba a desconocer a las instituciones. La mayoría de los legisladores simpatizaba con la causa de su abanderado a la presidencia, pero por otra parte, ellos mismos ahora formaban parte de las instituciones que se llamaba a desconocer. ¿Qué hacer? ¿Romper con López Obrador, romper con el sistema?

Hice esta pregunta a Camacho Solís. En los pasillos de la política ya se hablaba de que, como respuesta a lo que López Obrador llamaba la imposición de Calderón como presidente, él construiría una presidencia alterna con un gabinete de las mismas características. ¿Esto no representaba un retroceso para la izquierda, a la cual costó décadas, sangre y muchos muertos lograr una inserción en la vida institucional mexicana?

“La estrategia es hacer una pinza”, me respondió Camacho. Me explicó que la izquierda se encontraba en una posición privilegiada: contaba con una importante representación en las cámaras para jugar un papel preponderante como oposición, y al mismo tiempo contaba con una organización popular sólida para mantener vivo al movimiento obradorista. “Imagínate las dos partes de una pinza como de cangrejo. Una es nuestra parte institucional, la otra es la popular. Si cierras esa pinza, si tienes capacidad de ejercer presión por los dos lados, tienes a una izquierda con mayor posibilidad de acción que nunca”.

Seis años después, veo con pena cómo esa oportunidad histórica para la izquierda mexicana fue desperdiciada. Dos meses después de mi conversación con Camacho, López Obrador se proclamó “presidente legítimo” de México y nombró a su gabinete alterno, personajes con experiencia en áreas específicas de la vida pública del país -como economía, salud, educación, etcétera. Siguiendo el concepto de Camacho, llegué a pensar que no era mala idea: establecer un gabinete “espejo”, en el cual el encargado de cada secretaría de gobierno pudiera ser objeto una constante vigilancia y fiscalización por parte de su “reflejo” en la oposición como medida para impulsar desde afuera una agenda más plural.

Sin embargo lo que trajeron los meses siguientes distó mucho de ser la estratégica pinza de Camacho. La bancada de la izquierda en el Congreso de dividió entre quienes se convirtieron en representantes radicales del movimiento que se realizaba en las calles, insultando e ignorando a sus pares de otros partidos, y entre quienes decidieron jugar el juego del poder desdeñando el capital de 15 millones de votos que la ciudadanía le dio a López Obrador. Ninguna de las dos partes de la pinza se tomó en serio la función que le correspondía desempeñar, pero sobre todo, ninguna de las dos partes buscó la manera de trabajar en conjunto con la otra. En lugar de multiplicar, la izquierda sigue dividiendo sus fuerzas.

Con una sensación de déjà vu veo pasar los primeros días de septiembre de 2012: un nuevo conflicto postelectoral encabezado por López Obrador -aunque en esta ocasión la presidencia ha sido devuelta al PRI en la persona de Enrique Peña Nieto-; una nueva legislatura, otra vez con una bancada de izquierda sólida; un movimiento popular obradorista mucho menos fuerte y organizado que el de hace seis años, pero el surgimiento del grupo #YoSoy132 que ha dado voz a una nueva generación de posibles vigilantes del poder. Entonces recuerdo la pinza de Camacho y pienso que aún es posible, y que cuánta falta le hace a México, bajo estas circunstancias, una izquierda democrática que sepa jugar su rol dentro de las instituciones sin desdeñar, sin dejar de tomar en cuenta el pulso de un pueblo que necesita verse verdaderamente representado en ellos.

México necesita una izquierda encabezada por líderes, no por caudillos, con compromiso y con ideales, pero también con un sentido de pragmatismo que no devenga en cinismo. Una izquierda que pueda restaurar su tejido más allá de los partidos políticos: con las organizaciones de la sociedad civil que impulsan una agenda progresista dentro y fuera de México, y que reavive su tradicional vínculo con la educación y la academia. Una izquierda que construya puentes más allá de las fronteras, que encuentre su sitio en las corrientes que sacuden a países y gobiernos demandando un cambio en el orden mundial, particularmente en el contexto de las crisis económicas. Una izquierda que sí, mantenga apego a los ideales fundacionales de partidos como el PRD, pero que también esté dispuesto a la negociación sin que ésta implique la concertación por conveniencia individual. Y que esté dispuesta a ser flexible, sensible; a despojarse de su arrogancia y a reconocer cuánto se ha equivocado; a enmendar el camino y a retomar el rumbo.

Una izquierda como la que, lamentablemente, en todos estos años no hemos sabido construir.

*Publicado en HuffPost Voces.

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