Las mil medallas para Granados Chapa

Esta tarde, a los 70 años de edad, murió Miguel Ángel Granados Chapa.

“Esta es la última vez que nos encontramos. Con esa convicción digo adiós”. Apenas hace unas horas, con este par de líneas escritas al final de su última columna, el maestro anunció que se iba con la misma sencillez y contundencia con la que escribió durante los treinta y tantos años de Plaza Pública. Varios colegas han escrito piezas bellísimas en estos días, entre ellas la emotiva carta de Emiliano Ruiz Parra. Yo no creo poder añadir algo mejor, así que decidí desempolvar y reproducir este textito que escribí en mi blog personal en octubre de 2008 con motivo de la entrega de la medalla Belisario Domínguez a nuestro cronista parlamentario.

Por lo demás, sólo me queda decir que estoy muy triste porque sé que se cierra un ciclo para el oficio en México, y honestamente no veo claro el porvenir. Que el tiempo me contradiga.

Recado de las mil medallas (octubre 07, 2008)

Porque no una, mil, son las que se merece el maestro Miguel Ángel Granados Chapa.

Mucha tinta ha corrido en estos días hablando de nuestro Granados Chapa, quien hoy recibió la medalla Belisario Domínguez, reconocimiento que da el Senado –a nombre de todos los mexicanos- a aquellos que “representan el valor y la eficacia de la palabra concebida como instrumento de la libertad”.

Si “guglean” su nombre les aparecerán los datos más o menos sabidos: fue subdirector editorial de Excélsior en la era Scherer; fundador de Proceso; jefe de noticieros de Canal 11; director de Radio Educación y de La Jornada, entre otros cargos. Es el autor de la columna Plaza Pública desde hace más de 30 años; ha ganado el premio Manuel Buendía y tres premios nacionales de periodismo, y es uno de los periodistas políticos más respetados del país por su integridad y honestidad.

Sin embargo me permito en espacio compartir mi percepción personal sobre Granados Chapa. La primera vez que lo vi me sorprendió que fuera tan bajito. Era 1997 y yo me iniciaba en el reporteo político, cubriendo la Cámara de Diputados. Parado en una esquina del salón de sesiones del Congreso, observaba detenidamente el debate; pero sobre todo, el movimiento en el salón: quién se sentaba con quién, quién platicaba con quién. No hablaba con ninguno de los otros reporteros y no tomaba notas.

Con el paso de los meses me enteré de cómo funcionaba el asunto en la Cámara. Los reporteros, los que hacen la nota diaria, estaban ahí todos los días, obviamente. Pero también había otro tipo de reporteros, a los que algunos despectivamente llamaban “informantes” u “orejas”. Estos son jóvenes –y a veces no tan jóvenes- periodistas que son contratados por los periodistas consolidados, generalmente los que escriben columnas políticas. Éstos últimos le pagan a los “informantes” para que estén presentes en las sesiones del Congreso y tomen nota de lo que ahí se discute y de los detalles para, con esa información, escribir sus columnas. Es decir, en general, el columnista político que habla de lo que ocurre en San Lázaro puede tener meses sin pararse por el lugar. Es una práctica común y aceptada.

Sin embargo no es el caso de Granados Chapa. Cubrí San Lázaro de 1997 a 2003, y en todo ese tiempo, siempre había un momento en la semana en el que el maestro aparecía en una esquina del salón, con su barba de candado bien recortadita, callado, sin saludar a nadie. Luego, supongo, se iba a escribir.

Nunca se me ha olvidado la lección. Granados Chapa, tan grande él, nunca se ha sentido lo suficientemente “importante” ni ha estado demasiado ocupado como para dejar de ser periodista; sigue metiendo los pies en el agua, porque sólo así uno puede saber si de veras está caliente. El hombre que ha denunciado desde su columna lo mismo el fraude del Fobaproa que el fraude electoral, lo mismo la impunidad en el caso Lydia Cacho que el mayoriteo en el Congreso, sabe que el escritor, cuando es periodista, es doblemente escritor. Y con esa sabiduría, ha convertido a la palabra en un instrumento de libertad.

Felicidades, maestro.

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