Mineros chilenos, mineros mexicanos

Nunca imaginamos que del suelo nos pudiera venir tanta emoción. Las imágenes que dieron la vuelta al mundo durante las últimas horas conmueven, y no es para menos: después de 70 días de tenerlos en sus entrañas, la tierra decide regresarnos a los 33 mineros que quedaron atrapados en la mina de San José Copiapó, en Chile. No es cualquier cosa.

Sin embargo el momento de júbilo, la esperanza triunfante que brota de las pantallas de la televisión, azota la conciencia de los mexicanos –al menos de los que aún tienen un poco de ella: ¿Y por qué no pudo ser así con nuestros mineros de Pasta de Conchos? ¿Y por qué ahí no se los tragó sólo la tierra, sino el silencio, la indiferencia y la impunidad?

Para quienes no están familiarizados con la historia, les cuento un pedacito de ella. El 18 de febrero de 2006, Luis Pérez, un hombre robusto y tostado por el sol del norte de México, se sorprendió al ver a su hijo, Javier Pérez Aguilar, en casa. “¿No vas a trabajar hoy?”, le preguntó. “Sí, pero es que hoy voy en la noche, voy de tercera”, respondió el joven de 31 años.

Tercera es el nombre que recibe el turno nocturno en las minas del estado de Coahuila, incluida la mina 8 de Pasta de Conchos, que era donde trabajaba Javier. A las 2:30 AM del 19 de febrero, una explosión en la mina sepultó a Javier y a 64 trabajadores más; de ellos sólo se rescataron dos cuerpos.

“Él tenía mucha ilusión de trabajar en esa empresa”, me contó don Luis un año después en su casa de Nueva Rosita, el poblado cercano a la mina en el municipio de San Juan Sabinas, de donde era la mitad de los mineros; la otra mitad era de Palau. “Yo la verdad no entendía qué tenía que hacer él en la mina, si no era minero; el era ingeniero electrónico industrial, pero trabajaba ahí en el área de mantenimiento. Tenía un mes de trabajar ahí cuando vino el accidente”.

A las nueve de la mañana de ese domingo sonó el teléfono en la casa de los Pérez y recibieron el aviso del accidente. Los siguientes días estuvieron llenos de incertidumbre. “La gente de la empresa era muy hermética; les preguntábamos a los ingenieros y sólo nos decían que estaban avanzando. Entonces nos organizamos para exigirles que nos dieran información más amplia”, recuerda don Luis.

Aunque Grupo México, la empresa propietaria de la mina, puso en acción las labores de rescate, quienes saben del trabajo minero aseguraban que no podían estar vivos. “Las autoridades nos daban esperanzas, pero no nos hablaron con la verdad”, me dijo el padre de Javier, con todos los años del mundo reflejados en un rostro cansado, harto, mientras conversábamos en la sala de su casa. “Hasta 15 días después nos dijeron que ya no iba a haber vida”.

Mientras las tareas de rescate continuaron durante algunos días, las investigaciones también seguían su curso. En ese proceso, decenas de trabajadores y de familiares de los mineros atrapados recordaron que durante mucho tiempo se habían denunciado las condiciones en el interior de la mina. La angustia de los familiares dio paso a la ira ante los informes poco consistentes de Grupo México. Seis días después de la explosión, el 24 de febrero, autoridades de la mina informaron que el rescate se detenía debido a que las altas concentraciones de gas natural en el sitio, que representaban un riesgo para los rescatistas. Algunos medios reportaron que los niveles de concentración eran los mismos que existían cuando los mineros trabajaban ahí.

“No había nada de seguridad. Mucha gente que conoce ahí dice que el mantenimiento tendría que haber sido permanente para evitar esta explosión”, me dijo don Luis. “A mí mi hijo me decía que ahí adentro había cables tirados, mucha humedad en los tableros; que estaba demasiado caliente, lo decían también los compañeros. Pero la empresa lo trataba de ocultar”.

Durante los meses siguientes se rescataron dos cadáveres y eso fue todo. Autoridades de Grupo México, el entonces secretario del Trabajo, Francisco Salazar, y el gobernador de Coahuila, Humberto Moreira –quien ahora busca convertirse en presidente del PRI- aseguraron que la mina sería cerrada definitivamente tras la recuperación de todos los cuerpos. El entonces presidente de México, Vicente Fox, ni de chiste puso un pie por ahí.

El día de mi visita a la región minera de Sabinas, el 11 de febrero de 2007, estaba por cumplirse un año de la explosión. Mi impresión fue estar entrando a un pueblo fantasma. Allá a lo lejos se veían las chimeneas y la maquinaria de la mina; el paso estaba cerrado. Caminos terregosos conducían a los diferentes poblados de la zona, en donde en pleno domingo no había un alma en la calle.

Para entonces la mayoría de las viudas de los mineros había aceptado la indemnización ofrecida por la empresa, y diariamente las familias se turnaban para cubrir una guardia frente a la mina con el fin de asegurarse de que los trabajos de recuperación de los cuerpos continuaran. “De repente encuentran una bota, un guante, un casco, y uno con la esperanza de que sea el de uno”, me dijo don Luis. “Porque cuando alguien se te muere, digamos en un accidente, ya lo sepultas y le lloras; pero en este caso no; estamos esperando y parece que ya va a llegar, pero nada. Al principio decían que iban a cerrar la mina, pero pues cómo la van a cerrar, primero tienen que sacar a mi hijo, les dije yo”.

No tengo información precisa sobre cuándo se abandonó el rescate de los restos de los mineros por parte de las autoridades, pero los familiares iniciaron en 2008, y sin éxito, las acciones para recuperarlos por su cuenta, con apoyo de organizaciones no gubernamentales. Versiones surgidas entonces sobre las condiciones de la mina indicaban que era posible que los mineros hubieran sido rescatados con vida de haber existido un procedimiento adecuado para hacerlo. Sólo como un dato general, los mineros de Chile sobrevivieron durante dos meses a 700 metros bajo tierra; la mina 8 de pasta de Conchos tenía entre 120 y 180 metros de profundidad.

Este martes, cuando vi salir al primer minero chileno de la tierra, y a su familia corriendo a abrazarlo, imaginé la rabia, el dolor que sentirán las familias de Pasta de Conchos. Volvió a mi mente el rostro de los padres de Javier y busqué las fotos y las notas que tomé hace tres años. Ahí encontré la mirada hueca de María, su madre, quien a pesar de recibirme en su casa y ofrecerme algo de beber, durante los veinte minutos de mi visita sólo me dijo unas cuantas palabras. “El tiempo pasa, pero para mí no. Para mí se me hace que fue ayer, todavía tengo mucho dolor. Uno de madre con nada se resigna, con nada, con nada se resigna. Es todo el día pensar en eso. Era un hijo ejemplar para nosotros, nunca nos dio problemas, era muy buen estudiante y yo me sigo preguntando: ¿por qué mi hijo? ¿Por qué?”.

Estos son los padres de Javier Pérez Aguilar. A diferencia de los mineros chilenos, a su hijo no lo devolvió la tierra.

2 thoughts

  1. Habrá quienes digan que las tragedias son incomparables, que no hay los elementos para forzar su comparación. Sin embargo, el mero hecho de que el presidente Piñera y su secretario de Minería no dejaron de buscar a los mineros, se plantaron en el lugar y atendieron a las familias hace toda la diferencia del mundo. He ahí un compromiso que va más allá del rescate o no. Es una lástima recordar Pasta de Conchos, ojalá al menos todo esto que ha sucedido en Chile fuera el acicate para lograr cambios en México.

    1. Completamente de acuerdo. Posiblemente el resultado no hubiera sido el mismo aún si se hubiera implementado un operativo similar; entre otras cosas, algunos de los rescatistas de Pasta de Conchos aseguraron que la infraestructura interna de la mina dificultaba las maniobras porque no cumplía con los códigos de seguridad del rubro. Sin embargo algo hubiera sido diferente: el saber que la obligación del Estado mexicano de velar por el bienestar de sus ciudadanos se hacía valer por parte del gobierno en turno. Aun cuando sólo hubieran salido cadáveres: ver a un gobernante compartiendo el momento y asumiendo su responsabilidad, hubiera sido un mar de diferencia.

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