Carlos Fuentes: el arte renace y se redescubre

Este año Carlos Fuentes cumplirá 82. Más de ocho décadas de amigos, viajes, países, letras. Ochenta y dos años que han dado por resultado 21 novelas, 14 ensayos, varios libros de cuentos y uno de los nombres más conocidos que ha dado México, su ciudad.

“Es una ciudad que creció de una manera desordenada y tumultuosa”, dice Fuentes para explicar sus largas ausencias de la región más transparente, inmortalizada en su primera novela. “Cuando yo nací la ciudad de México tenía un millón de habitantes, y el país 20 millones; ahora los habitantes de la ciudad de México son veintitantos millones y el país tienen 110 millones, es el país más poblado de lengua española. Es un cambio muy grande en la vida de un hombre”.

Pero la de Fuentes no es la vida de un hombre cualquiera. La mayor parte de ella, lo ha dicho muchas veces, se le ha ido en escribir, actividad que aún realiza con pluma, y en unos cuadernos ingleses “de un papel muy bonito”. Los manuscritos, una vez publicados, son donados al archivo de la Universidad de Texas.

Fuera de la pluma y el papel, las pasiones de Fuentes están ligadas, irremediablemente, con los pequeños placeres que inspiran la obra del autor: la música y el cine, la comida y las calles, las mujeres y el amor.“Yo tengo una mujer con la que estoy casado desde hace 37 años; imagínese es toda una vida, ¿no?”, dice sonriendo cuando habla del asunto. “Nos queremos mucho, nos entendemos mucho, nos perdonamos mucho. Uno de joven brinca, es muy picaflor; pero hay que ser picaflor de joven, no de viejo… ser un viejo verde es grotesco, más vale hacer todas las travesuras que uno tiene que hacer antes de los treinta años y luego sentar cabeza”.

Silvia Lemus no sólo es su esposa. Ha sido su cómplice tanto en la creación literaria como en una vida social que incluye a personalidades como el Premio Nobel Gabriel García Márquez, el ex presidente de Estados Unidos Bill Clinton o el ex primer ministro francés Jacques Chirac. Es también con Lemus con quien compartió la pena más intensa de su vida: la muerte de los dos hijos de la pareja,Carlos en 1999, y Natasha en 2005.

Además de ser su compañera, Lemus también es quien responde los emails, porque el escritor no toca una computadora. “No sé lo que es eso. Yo soy un ser antediluviano, de veras. Me quedé en el fax y de ahí no pasé. Mi esposa es magnífica en todo eso y me quita ese peso de encima. Yo no me ocupo de una sola maquinita; yo escribo a mano, como Cervantes”, confiesa.

A Cervantes y a su Quijote los lee una vez al año durante la Semana Santa. “Es una manía que tengo; ahora estoy por empezarlo otra vez”, comenta. ¿Por qué leer nuevamente el mismo libro?

“Siempre tengo la sensación de una gran frescura, de que lo leo por primera vez; me sorprende. Es algo que sucede con un gran libro o una gran película”, comenta entusiasmado. “Eso pasa constantemente con el arte, que renace, se redescubre; uno cree haber entendido algo y no es cierto. El arte está siempre abierto a nuevas interpretaciones, a nuevas maneras de recibirlo y de entenderlo.

Es tal vez por eso que, entre las pasiones musicales de Fuentes, se encuentra el escuchar las mismas óperas una y otra vez. Un día su madre lo llevó a escuchar La Traviata enBuenos Aires por primera vez, “y me encantó de tal manera que me sé varias óperas de memoria”, dice con orgullo; La Traviata, asegura, la puede cantar “completita, incluyendo los coros”.

No se piense por ello que Fuentes ignora su herencia mexicana. “Yo amo el mariachi, soy retemariachero”, dice riendo. “Mi gran frustración es que no fui Jorge Negrete”. Y no sólo por lo que a música se refiere; en el lado gastronómico también. “Yo voy a México y subo diez kilos”, dice riendo.

¿Su plato favorito? Los chilaquiles verdes.

Aunque en los últimos años vive lo mismo enLondres que en Harvard; asegura que su calle favorita es el Boulevar Saint Germain, en París, y que en ninguna ciudad se camina como se camina en Nueva York, el escritor se las arregla para, donde sea, tratar de ser feliz.

“Estar con amigos, estar con mi mujer, leer un libro, ver una película, ver el atardecer, una nube que pasa, el pájaro que trina; hay mil motivos de felicidad en el mundo”, comenta emocionado. “El mundo se está ofreciendo como felicidad porque es pasajero, y celebramos al mundo precisamente porque sabemos que el mundo va a durar y nosotros no. Lo que nos ofrece el mundo es la eternidad, y nosotros somos la mortalidad”.

*Publicado en La Opinión.

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