Redadas que dejan huella

A Enrique Martínez lo conocí en una marcha. Con una chamarra azul, tenis blancos y mirada triste, de veras triste, caminaba viendo a lo lejos llevando de la mano a su hija de dos años de edad. Marchaban junto a estudiantes, maestros, jornaleros, activistas. La marcha era para pedir al Congreso y al presidente Obama la reforma migratoria que éste prometió, y para exigir un cese a las redadas y deportaciones.

Enrique sabe de lo que habla. Hace dos años fue detenido en la conocida redada de Van Nuys, en California (sobre la cual hace un año hablamos en este espacio). Junto con más de 100 compañeros que trabajaban en la misma fábrica que él, Enrique fue arrestado por agentes de inmigración que lo dejaron en libertad sólo después de varias horas y a condición de que portara un brazalete electrónico en el tobillo para que las autoridades lo pudieran monitorear. Varios meses después, tras sus primeras comparecencias ante el juez de inmigración, el brazalete le fue retirado; ahora espera a que culmine su juicio, pero en el proceso, la vida le ha cambiado.

Un reporte reciente del Urban Institute revela los efectos que sufren las familias cuando uno de sus miembros ha sido víctima de una redada. La organización entrevistó a 190 niños y a 80 familias que atravesaron por esta situación para conocer el impacto que este episodio ha tenido en su vida. A través de entrevistas las víctimas, en su mayoría inmigrantes procedentes de México, hablaron del comportamiento de sus hijos, de su situación de vivienda o alimento, y de la estabilidad de los padres, entre otros factores.

Los entrevistados fueron elegidos entre los detenidos en seis redadas masivas, incluida la de Van Nuys. Las respuestas revelaron un cambio drástico en el modo de vida de las familias en esta situación, principalmente por la separación familiar y las dificultades económicas cuando uno de los padres ha dejado de trabajar.

Al menos veinte de la familias entrevistadas tuvieron un padre deportado; esto obligó a las familias a decidir dónde permanecían los niños y con quién. En 8 de los casos los niños, a pesar de ser ciudadanos estadounidenses, se fueron con uno o con sus dos padres al país de origen de estos, mientras que en 12 casos permanecieron en Estados Unidos siendo forzados a separarse del padre o los padres deportados, debiendo quedarse con algún otro familiar.

Otra consecuencia es la inestabilidad en materia de vivienda. La mayoría de los entrevistados dijeron haber tenido que mudarse con algún familiar para subsistir, dada la imposibilidad de trabajar. De las 8 familias entrevistadas que contaban con una casa propia antes de la redada, cuatro la perdieron.

En el caso de Enrique, estos dos factores se suman a la inseguridad y el miedo en el que viven sus hijas y los problemas de pareja que su situación ha acarreado. Ante su imposibilidad de trabajar, es su esposa, quien cuenta con un empleo mientras él se hace cargo de su hija menor; la mayor, de seis años, apenas empieza a recuperar las buenas notas en la escuela tras casi dos años de bajo rendimiento escolar.

“Hemos tenido que medirnos económicamente, vivir sólo con el sueldo de mi esposa”, comenta. “La niña grande me pide cosas; pasó Navidad, su cumpleaños, pero yo no le puedo dar lo que ella quiere. Hasta para los pañales de la chiquita hay que buscar los más económicos”.

La relación con su pareja se tambalea. “Hemos platicado, hemos llorado los dos por lo mismo. Ella dice que las cosas están igual entre nosotros, pero no; cuando ella es la que aporta se le ve una cara diferente. Estoy entre la espada y la pared”, comenta ahogando un sollozo.

Ante la incertidumbre sobre los resultados de su proceso legal, Enrique dice que su esperanza inmediata es que el presidente Barack Obama, cumpla con su promesa de impulsar una reforma migratoria. “Ya le dimos nuestro voto”, dice refiriéndose a la comunidad latina. “Yo quisiera que escuchara nuestras historias, que supiera que sólo venimos a trabajar, que no somos criminales; que necesitamos que nos cumpla para seguir trabajando por nuestras familias como lo hemos hecho hasta ahora en este país”.

Se estima que durante los últimos diez años cerca de 100 mil padres inmigrantes con hijos que son ciudadanos estadounidenses han sido deportados de Estados Unidos a sus países de origen.

*Publicado en Migrantes, de El Universal

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