Calzones rosas para el sheriff

Cuando están solos se mueren de miedo: tratan de no salir más de lo necesario y evitan llamar la atención. Pero hace unas horas cada uno se armó de valor, tomaron a su familia y salieron a la calle. Y de uno en uno, se juntaron 10 mil.

El sábado pasado se realizó en Phoenix, Arizona, una de las manifestaciones más numerosas y sentidas contra el sheriff del condado de Maricopa, en donde se ubica esta ciudad: Joe Arpaio, a quien le gusta ser llamado “el sheriff más rudo de Estados Unidos”.

Desde muy temprano el espacio árido del parque Falcon se empezó a llenar de gente. La mayoría eran latinos, muchos de ellos indocumentados, pero también llegaban sus hijos, ciudadanos estadunidenses. Y llegaban igual los güeritos y los afroamericanos y los que venían de Los Ángeles o Chicago, viajando en solidaridad con esta comunidad azotada por el látigo del racismo que con maestría domina Arpaio.

Desde que asumió el cargo en 1992, mismo que conserva gracias al voto popular —cada cuatro años se celebran elecciones y no hay límite para la reelección—, Arpaio, de 77 años, ha sostenido una campaña contra los inmigrantes indocumentados con el objetivo de “erradicarlos”. Entrena a sus agentes para que acosen a esta comunidad, mayoritariamente latina, sin respetar las leyes que les impiden realizar funciones de agentes de inmigración. Alguien con aspecto latino puede ir por la calle y sólo por esa razón los agentes le piden que compruebe su residencia legal en el país. Si no lo hace, debe enfrentar un proceso de deportación.

Arpaio ha hecho de esta tarea un objetivo de su administración. Para darle más espectacularidad, a los inmigrantes detenidos que esperan para ir a la Corte —a los que aún no se les ha comprobado delito alguno—, les ordena vestir ropa interior de color rosa que sobresale entre sus humillantes trajes a rayas; éstos viven en una cárcel a la intemperie conocida como Tent City.

Pero a la gente le sorprende la mala memoria de Arpaio, descendiente de italianos. “Tus padres también fueron inmigrantes”, espetaba un cartel durante la manifestación del sábado, en donde se exigió su destitución. Un grupo de jóvenes hablaba sobre la llegada de los inmigrantes europeos y el derecho de los pueblos indios a esta tierra.

Así lo recuerda el inicio de la marcha también, encabezada por danzantes aztecas. En medio del silencio se escucha el sonido profundo y grave de un caracol e inicia la procesión. El momento es sobrecogedor; los agentes de policía tragan saliva y disimulan la emoción. A quienes traen la sangre azteca corriendo por las venas la piel se les pone chinita y las lágrimas les ganan.

La larguísima columna de gente se enfila hacia Tent City, en un recorrido mezcla de rabia y alegría. Las mentadas de madre al pasar frente a las oficinas del sheriff (“¡Fuck you! ¡Fuck youuu, Arpaio!”, grita una mujer hirviendo de rabia), se mezclan con los sones que tocan Los Jornaleros del Norte: “Pero la raza es fregona / se las sabe todititas / si nos sacan por la tarde / regresamos de mañanita”.

“No te lleves a mis papás”, pide el letrero que carga una niña; “Arpayaso”, dice otro; “Asesinen a Arpaio”, ordena uno más osado. La marcha culmina con una esperanza compartida: que tras años de impunidad, la investigación federal iniciada en 2009 contra el sheriff culmine en su destitución y tal vez en su encarcelamiento. La idea hace sonreír a una mujer que muestra su cartel con orgullo: “De rosado y anaranjado te he de ver, ¡desgraciado!”.

Publicado en Milenio. Foto: Eileen Truax.

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