Woodstock, la magia que no fue

Está usted en Woodstock. Los hippies son bienvenidos”. Pues claro, no esperaba menos; se trataba de Woodstock: el origen, el mito, la leyenda; el mágico pueblo de la música, la buena vibra, el amor, y la paz. ¿Qué no?

La verdad es que yo ni sabía dónde está Woodstock. Nomás de pronto, mientras íbamos por la carretera desde Toronto hacia Kingston, cerca de Nueva York, apareció el letrero: Woodstock, veintitantas millas hacia adentro. ¿Será? Un poco más adelante, cuando llegamos a Kingston, los amigos que nos recibieron lo confirmaron: ajá, ese Woodstock es EL Woodstock.

No, pues hay que ir. Mañana tempranito, antes de seguirle, nos lanzamos a ver qué hay; quien quita y encontramos pastel de mota. Además es el 40 aniversario, hasta hay concierto, ¿no? “Ajá, nomás que ése no es en Woodstock sino en Bethel, un pueblo más adelante”, nos dijo Mariel, nuestra amiga kingstoniana. Bueno, no importa, la neta es que el concierto es lo de menos. Yo quiero ir a Woodstock, al lugar donde ocurrió la magia, el lugar en donde todos fueron uno y la historia comenzó.

Así que ahí vamos. La carretera bordeada de pinos verdísimos y pajaritos cantores parecía el ambiente perfecto para ponerse en modalidad amor-y-paz. Mariel nos contaba sobre la actividad en la zona, boscosa y poco poblada, aunque los pueblos que aparecen aquí y allá cuentan historias de invasiones inglesas y construcciones reducidas a cenizas por la furia del invasor. Chale con los imperialistas; nada que ver con lo que pasaría años después, todo lleno de buena vibra y puro espíritu, pensé yo.

—Pero bueno, ¿ya ahí en Woodstock qué hay, de qué se trata?

—No, pues básicamente recorres el pueblo y a veces hay jipis, te puedes tomar la foto con ellos. Es como cuando los gringos van a los países de Latinoamérica y se toman fotos con los pobres, ¿no? “Ay mira, un pobre”, y posan con él. Bueno, acá a veces puedes posar con el jipi.

La primera bronca fue el estacionamiento. La calle principal de Woodstock, que prácticamente es la única, estaba atorada: ni pa’trás ni pa’delante. Cuando finalmente bajamos del auto y llegamos a la plaza principal, nos topamos con un grupo de unas diez personas, algunas de las cuales tocaban tamborcitos, cantando y sosteniendo pancartas que vinculaban el amor y la paz y el aura con el apoyo a la reforma de salud propuesta por Barack Obama. Los visitantes más esperanzados les aplaudían con sinceridad; los cínicos tomaban fotos. Los lugareños, por otro lado, maldecían el tráfico del sábado al mediodía. Pero con todo y todo, nosotros emocionados.

—Qué chido; o sea, estamos hablando de El Concierto, donde estuvo la famosa encuerada, ¿no?

—Nel, eso fue en Avándaro.

—No, no, yo digo la otra encuerada, la Janis Joplin.

La otra encuerada nos miraba desde un aparador. Una tienda que vendía, faldas hechas en la India y muñequitos para los secretos hechos en Guatemala vía China, nos ofrecía un pedazo de ilusión con un cartel de la Janis, sin ropa, pegado en la puerta: un anuncio de un evento celebrado en marzo de 1968. El cartel, por supuesto, no estaba a la venta.

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Lo que sí estaba a la venta eran unos paperdolls: Un librito con modelos para recortar de Jimi Hendrix, Joan Baez, Carlos Santana, Jerry García y, por supuesto, la encuerada, con sus respectivos atuendos con pestañitas también de papel. Recorrimos tiendas que nos ofrecían imanes para el carro hechos en Taiwán con el logo de la paz en colores estridentes; móviles musicales, incienso, camisetas decoloradas, joyería de plata. Haz de cuenta Coyoacán.

Tratando de no perder el entusiasmo, y evidentemente llena de ingenuidad, solté la pregunta de los 64 mil.

—Oye, ¿y exactamente en dónde fue el concierto?

—Ah, es que el concierto no fue aquí.

—¿Juat?

—Ajá, el concierto de hace 40 años también fue en Bethel, a 43 millas de aquí. Lo que pasa es que los organizadores lo iban a hacer en Woodstock; así lo anunciaron, hicieron la propaganda, el programa, todo; pero el pueblo les negó el permiso un mes antes y terminaron llevándoselo a Bethel.

—O sea, ¿aquí no hubo nada?

—Pus no.

Eso pasa por no guglearlo antes de venir, pensé. Pero ya estábamos ahí y había que darle una última oportunidad: okei, vamos a buscar algo para comer.

Ahí sí no había queja; encontramos restaurantes vegetarianos macrobióticos, un lugar llamado Tacos Juan, y un localito que tenía en la puerta un letrero hecho a mano: “Hippies bienvenidos”. A esas alturas yo ya había descartado lo del pastel de mota, pero nomás por no dejar entramos. Un par de adolescentes malencaradas tardaron horas en atender a las seis personas que esperábamos en la fila con la vista puesta en los cartelitos que rezaban “amor y paz”. Al atender a la última persona las chicas se quejaron: tanto trabajo para sólo un par de dólares de propina. Nunca les llegó el mensaje del desapego a lo material, creo.

Mariel me contó que en los alrededores de Woodstock hay varios monasterios y centros religiosos con ínfulas budistas.

—A mí me tocó venir en un jalogüin; la ceremonia fue de lo más mística. Los monjes budistas iban caminando en medio del bosque, en fila india, en plena oscuridad, caminando despaciiiito al ritmo de un tamborcito que van tocando: tannnn… tannnn… tan… y van dando pasos. El camino está iluminado por velas que colocan dentro de unas calabazas talladas.

—¿Y qué tiene que ver el budismo con el jalogüin?

—Pues no sé; algo de los muertos será.

La última escala fue en el mercado de pulgas. Muebles más o menos antiguos; ropa de segunda, de tercera y de más manos; joyería elaboradísima, alguna “buena” y otra meidinchaina; juguetes —una colección de Hot Wheels a 50 centavos de dólar por carrito—, utensilios de cocina y hasta una figura de Obama tamaño natural. Me compré unos aretes antiguos y la mujer que me los vendió se alegró de que fueran a dar “a un buen hogar”.

Antes de irnos nos tomamos una foto por no dejar y salimos del pueblo con la posibilidad de contar para la posteridad que, justo en el 40 aniversario de Woodstock, estuvimos ahí buscando algo de la magia de cuatro décadas atrás. Pero como decían en los 60: nunca confíes en alguien si tiene más de 40 años.

 

* Publicado en Milenio. Foto: Eileen Truax.

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