Sirva a la patria y deséchese: el reclutamiento de indocumentados en el ejército estadounidense

En días pasados me tocó cubrir una historia que me dejó atónita. Ekatherine Bautista, soldado del ejército estadounidense, sirvió a esta institución por siete años. Durante ese tiempo estuvo un año en el frente de batalla en Irak y fue asignada a misiones en Francia y Alemania. Su récord de servicio es impecable y ama a Estados Unidos como a su propia patria aunque ella es originaria de México; pero hace unas semanas recibió un aviso: estaba siendo dada de baja de las fuerzas armadas y había en su contra una orden de deportación.

La historia de Ekatherine empezó hace ocho años, cuando las torres gemelas de Nueva York fueron derribadas por un ataque terrorista. Entonces ella decidió ingresar al Ejército para servir al país que la vio convertirse en mujer. Ekatherine llegó a Estados Unidos a los catorce años; se graduó de la secundaria, inició sus estudios superiores y durante años combinó su trabajo en una estación de radio con la prestación de servicios para el cuidado de adultos mayores; pero cuando la oportunidad llegó, no lo dudó para ingresar al Ejército.

Debido a que la joven, hoy de 34 años, se encontraba indocumentada en el país, empezó a usar el nombre y los documentos de una tía, Rosalía Guerra Morelos. Al presentar su solicitud para ir al ejército, la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) detectó que ella usaba ambos nombres y que los documentos que presentaba eran los que correspondían a Rosalía Guerra; aún así fue aceptada. Unos meses más tarde se encontraba en Irak.

El pasado 18 de junio la sargento recibió un memorándum: ahí se enteró que existía un proceso en su contra iniciado meses atrás sin que ella se enterara. A Bautista, quien se encontraba sirviendo en Alemania, le fueron retiradas sus prerrogativas como miembro del ejército a partir del 3 de julio; le entregaron un boleto de avión para volver a Estados Unidos, y le advirtieron que tan pronto llegara podría ser deportada, a pesar de que de acuerdo con la regulación interna del propio ejército, tras sus años de servicio existen procedimientos para que la joven regularice su situación migratoria.

Afortunadamente la llegada de la sargento a territorio estadounidense se registró sin contratiempos y actualmente su abogada trabaja en el caso, debido a que Ekatherine había iniciado los trámites de regularización de su situación migratoria en diciembre pasado. Sin embargo más allá del desenlace de esta historia, lo notable es la doble moral del gobierno de Estados Unidos: te reconozco como patria cuando te necesito, te desconozco y te doy la espalda cuando no me eres de utilidad.

Cientos de jóvenes indocumentados viviendo en Estados Unidos podrían estar el día de mañana en la misma situación. Tradicionalmente los oficiales encargados del reclutamiento para las fuerzas armadas estadounidenses tienen por objetivo a esta población: chicos que tal vez llegaron indocumentados siendo muy pequeños, traídos por sus padres, en un proceso del cual no tienen ninguna responsabilidad. Jóvenes que no conocen otro país más que éste, que lo aman y desean servirle, o en el peor de los casos, que sólo desean vivir en el legalmente. Chicos que ven en el servicio armado la oportunidad de finalmente pertenecer.

Pero a este grupo, que siempre ha existido, se puede estar sumando uno más: el de aquellos para los que, ante la severidad de la crisis económica y la imposibilidad de sacar adelante a su familia obteniendo un empleo o yendo a la universidad, la única opción viable resulta enrolarse en las fuerzas armadas. Afuera de cada secundaria, de los centros comerciales, en los barrios latinos de ciudades como Los Ángeles, el ejército monta atractivos escenarios para vender la idea a esta población: helicópteros, camiones, uniformes; el respeto, el honor, el reconocimiento; el servicio a la patria, el valor, la lealtad.

Después de eso, un día reciben una orden de deportación y sus años de servicio se van a la basura.

 

*Publicado en Mundo Abierto.

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