Libros sin la letra eñe

Hace un par de semanas una noticia sacudió a los medios locales en el sur de California: Rueben Martínez, propietario de la Librería Martínez, con sucursales en los condados de Los Ángeles y Orange, anunciaba el posible cierre de su negocio por estar al borde de la quiebra.

Supongo que en el resto del mundo el cierre de una librería pequeña no causaría tanto revuelo, de no ser por una razón: aquí, Librería Martínez es conocida por ser el único lugar en donde se pueden conseguir buenos libros en español.

El condado de Los Ángeles cuenta con más de 10 millones de habitantes; uno de cada cuatro personas que viven en California residen ahí. De esos 10 millones, 45% es hispano.

El cambio demográfico de los últimos años, que ha llevado a esa composición, se ve reflejado en todos los productos y servicios de la zona. Las grandes compañías han abierto áreas de atención en español en sus departamentos de telemercadeo. Las empresas que venden autos, electrodomésticos, seguros, juguetes, ropa, muebles, servicios legales, alimentos, todas se anuncian en español; ni qué decir de la proliferación de negocios específicamente abiertos para este mercado: locales de envío de dinero a México, El Salvador, Guatemala, Honduras; puestos que venden “tortas estilo D.F.”, pupuserías (la pupusa, para quien aún no ha tenido el placer de comer una, es el equivalente salvadoreño del taco mexicano), carnitas estilo Michoacán, la música, la ropa típica, las bebidas, los enlatados traídos después de cruzar dos y tres fronteras para que la gente se sienta como en casa. Pero libros, esos no hay.

Librería Martínez inició sus operaciones en 1993 vendiendo sólo libros en inglés. Dos años más tarde, Martínez decidió dar el giro e incursionar en el mercado en español. Funcionó, aunque, como toda librería pequeña, nunca fue el gran negocio; pero daba para pagar la renta. Con el boom del mercado hispano, las grandes cadenas de librerías como Borders y Barnes & Noble incluyeron algunas publicaciones en español, las que consideraron “de cajón”: García Márquez, Vargas Llosa, Isabel Allende, Carlos Fuentes. En una librería de tres pisos, con cantidades enormes de anaqueles, un sólo librero en un rincón muestra los libros en español. Si uno pide un título en específico, los empleados no saben de qué se trata. Ni hablar de pedir una recomendación. Esto genera un círculo vicioso: la gente no se siente bienvenida, no siente suya la librería cuando va por un libro en español, así que deja de ir. Las ventas bajan y el rincón de los libros con eñe se reduce cada vez más.

El caso de Martínez es distinto. Los grupos conservadores que promueven que en Estados Unidos se hable sólo en inglés, y que cuestionan las tendencias del mercado para hacer promoción en español, no han tenido argumentos suficientes en contra de Martínez, cuya familia es originaria de Sonora, México, porque la librería vende libros en ambos idiomas: el más reciente de Barack Obama, en español; los de Carlos Fuentes, en inglés. Pero de acuerdo con las vendedoras, de cada 10 libros que se venden, 9 son en español.

Por esta razón, Martínez, de 68 años, considera que el problema en su negocio no es la falta de interés en los libros en español, sino una crisis económica que afecta al mercado en general, y que golpea particularmente a la población hispana. Esto, como en el caso de toda la industria editorial, se ha sumado a la llegada del internet.

“Hay una señora que normalmente viene una vez al mes. Trabaja limpiando casas, pero cuando viene se lleva tres libros, siempre”, me contó. “La última vez que vino le pregunté qué se iba a llevar. Con pena me mostró sólo uno, me dijo que no podía llevarse más. La verdad es que le dije que mejor releyera los que ya tiene, que los libros son para leerse muchas veces, y que vuelva cuando mejore la situación. ¿Qué otra cosa puedo hacer?”.

Óscar Benítez, propietario de la Librería El Quijote –vaya nombre más apropiado-, al norte de Los Ángeles, asegura que es difícil que alguien invierta en libros sólo por negocio. “Actualmente, si usted hace un plan de negocios para abrir una librería, necesita el mismo capital que se requiere para abrir una licorería. Haga el cálculo”, me dijo.

En las bibliotecas públicas la cosa no mejora mucho. El sistema de Bibliotecas Públicas de Los Ángeles (LAPL) cuenta con secciones en español que ofrecen materiales de buena calidad, pero poco actualizados. Si alguien quiere leer lo último que escribió Pérez-Reverte posiblemente lo encuentre, pero dentro de dos años. “Hacemos lo que podemos dentro de nuestras restricciones presupuestales”, me dijo una representante de LAPL justo dos días después de que se anunciara un recorte en los recursos para este sistema.

Saraí Ferrer, una editora independiente, me dijo que ella ha buscado apoyo para editar libros en español para su distribución en las escuelas. “El problema es que las leyes en California especifican que si vas a hacer libros para niños, primero deben ser escritos en inglés, aprobados por un comité, y luego traducidos. Dime, ¿quién le va a entrar?”.

Pero si los gobiernos estadounidenses atienden lo que pueden, y los particulares simplemente no quieren, ¿no sería preciso que entrara en juego una tercera parte en la ecuación?

Hace unos meses tuve oportunidad de platicar con un alto funcionario de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México (SRE) y le preguntaba si el gobierno mexicano, cuya obligación es velar por todos los mexicanos, estén en donde estén, no tendría que hacer algo para acercar publicaciones en español a sus paisanos en Estados Unidos.

Por ejemplo Los Ángeles, le dije. Los Ángeles es la segunda ciudad con más mexicanos en el mundo; más que Guadalajara o Monterrey. ¿No podría la SRE poner una librería pequeñita, unos diez metros cuadrados, en las instalaciones del Consulado? ¿No podrían llevar los libros que edita Conaculta, o los hermosos libros para niños del Fondo de Cultura Económica? No digo regalarlos; venderlos, darle la opción a nuestra gente, le pregunté.

“Eso es difícil por la cuestión del presupuesto”, me respondió. “Tendríamos que hacer un estudio de mercado y ver si la gente en verdad va a leer”.

Le conté la anécdota a Martínez. Sonrió sin sorpresa, se paró del sillón donde estábamos y me llevó a su oficina. Me mostró una pila de sobres. “Mira, desde que se supo la noticia me han estado llegando. No sé qué hacer”. De uno de los sobres saco un cheque por 500 dólares con una nota escrita a mano por una vecina de la comunidad. “Sr. Martínez, su librería nos ha dado tanto, es tiempo de regresarle un poco. Deje su orgullo a un lado y tenga un poco de fe”.

Eso, ni las grandes empresas, ni los gobiernos de aquí o de allá, lo podrían entender.

 

*Publicada en Mundo Abierto.

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