Naranja dulce, a brazo partido

Publicado en La Opinión. Fotos Eileen Truax.

 

FRESNO, California.— Abajo del denso follaje de un árbol de mandarinas algo se mueve; se sacuden las ramas y aparece una figura. Es María, que a sus 34 años y chaparrita como es, trabaja en la cosecha cargando un morral que llega a pesar hasta 50 libras. De rodillas recoge las mandarinas, las echa al morral y una vez que lo llena, lo vacía en las cajas enormes para que un camión venga por ellas.

Desde hace cuatro años María trabaja en la pisca en el condado de Tulare. Aquí ha trabajado en todo: en la uva, la aceituna, el limón, la mandarina y la naranja. Esta última es la más pesada, literalmente: a María a veces le duele la cintura, la espalda, pero es más la urgencia del dinero que el dolor. Así que rápido, con una mano cortando y con la otra guardando, llena un morral, y otro y otro…

 

img_2428

 

Tulare es el área de los cítricos por excelencia. La cosecha inicia a mediados de noviembre y termina a principios de enero. El año pasado, justo por esas fechas, las heladas que azotaron al Valle Central de California provocaron que en algunas regiones hasta el 80% de la producción de naranja y limón resultara afectada.

Tras la emergencia, la actuación del gobierno de California fue expedita. A través del Programa de Cítricos de California el estado otorgó apoyos para los productores y trabajadores afectados superiores al millón y medio de dólares, y quienes contaban con documentos pudieron acceder a apoyos por desempleo de cerca de 700 dólares al mes.

Sin embargo, por restricciones federales los trabajadores indocumentados no tuvieron acceso a este apoyo; aunque no hay cifras oficiales, se calcula que tan sólo en Tulare pudo haber entre 15 y 25 mil trabajadores afectados, y de acuerdo con cálculos del Sindicato de Trabajadores del Campo (UFW), más del 90% de los campesinos afectados en el estado eran indocumentados.

“Muchos trabajadores decidieron mudarse a otros estados para no enfrentarse a la situación de quedar en el desempleo”, explica Rufino Domínguez, coordinador del Frente Indígena de Organizaciones Binacionales (FIOB), con sede en Fresno. “Algunos se fueron a sitios como Oregon, donde hay trabajo agrícola; otros tuvieron que irse a otra actividad”. Los más afortunados consiguieron acomodarse con otro productor dentro del mismo estado.

Ese fue el caso de Rogelio, de 30 años, de Michoacán, quien fue de los que se quedaron. “Muchas compañías pararon temprano y la gente tuvo que salir porque escaseaba el trabajo. Yo me fui a la cherry (cereza), la cosa era buscarle para no salir de aquí. Con cuatro niños en la escuela uno no puede andar moviendo a la familia”, comenta.

 

img_2447

 

De acuerdo con Pancho Gutiérrez, supervisor de este campo productor, después de los primeros días de desempleo para los trabajadores, algunos de ellos pudieron regresar a trabajar en los campos de cítricos.

“No estuvo tan mal para los que se quedaron porque unos trabajaron en la tumba [en el corte]”, señala, ya que aunque las naranjas o las mandarinas no puedan ser comercializadas, de cualquier manera deben ser cortadas para que en la siguiente temporada los árboles vuelvan a producir; y eso también es trabajo.

En otras áreas sólo se heló la parte exterior de los árboles, pero la fruta de adentro sí servía; para quienes hicieron esa pisca hubo una ventaja, porque les pagaron su trabajo como fruta “escogida”: 50 dólares por caja, muy por encima de los 35 dólares que se pagan normalmente.

Pero lo que se está viendo ahora, dice Gutiérrez, es la segunda parte del problema. De las mandarinas que cosechan María y Rogelio, muy pocas alcanzan el tamaño de un puño; la mayoría de ellas apenas supera el de un limón. Esto, explica el supervisor, se debe a las heladas.

“Eso hace que el jale vaya despacio”, dice. “A veces nada más trabajamos cuatro días a la semana porque la fruta así no tiene mucha venta, le falta azúcar y color”. Quienes más lo resienten son los trabajadores: con frutas de la mitad del tamaño hay que trabajar lo doble para llenar una caja. Quienes saben aseguran que después de una helada, un campo tarda hasta cuatro años en recuperar su producción regular.

El olor a mandarina en el aire llena los sentidos, casi se puede saborear con sólo chuparse los labios. Pero los campesinos ya no lo notan: entre las filas larguísimas, interminables de árboles, con su morral colgando por un lado, se agachan, cortan, guardan, avanzan; se agachan, cortan, guardan, avanzan; se agachan, cortan…

A lo lejos, entre la mancha verde, se alcanzan a ver cinco, 10, 20 escaleras plateadas que sobresalen de entre las copas de los árboles estirándose hacia el cielo. De ambos lados pasan de una fila a la otra, y a la otra; una se recarga en un árbol mientras la siguiente es llevada al de enfrente, como en una danza sin ritmo, pero en extraña sintonía.

 

img_24691

 

Es casi la una de la tarde del primer día de la cosecha, así que los árboles están bien cargados, con ramas que se doblan hasta el suelo y que recuerdan que California es el principal proveedor de limones y naranjas del país: 95% y 98%, respectivamente.

Pero al igual que Pancho en las mandarinas, Moisés, quien supervisa el trabajo en esta enorme parcela naranjera, no está a gusto con el tamaño del producto. Antes de las heladas solía tener una cuadrilla de 50 trabajadores de fijo, pero muchos se le fueron en los meses pasados y ahora sólo cuenta con 15. “Todos los otros que ve usted aquí son de otros mayordomos, pero están parados [sin trabajo] y por eso vienen conmigo”, cuenta.

Uno de ellos es Rodrigo. Originario de Chiapas, el joven de 16 años asegura que no costea este trabajo, “porque [el producto] está muy chiquito y no rinde lo que pagan por caja para que salga el día”, se queja. En el caso de la naranja el precio es de 20 dólares por caja, a veces 25 si está muy pequeña; aun así, el tiempo para llenarlas es mucho y la ganancia es poca.

También es poca para Manuel, quien es el encargado de manejar el tráiler que transporta las naranjas a las empacadoras. Pero se resigna: todavía está fresco el recuerdo del año pasado, cuando tras las heladas tuvo que dedicarse a transportar madera, lo que lo obligaba a pasar varios días lejos de su familia. Pero era mejor eso que quedarse sin trabajar.

“En Tulare hay pueblos como Lindsey que no viven sólo del cultivo, sino también de las empacadoras, por lo que ahí sí se sintió mucho el impacto”, señala Eduardo Stanley, editor del diario El Sol, que se distribuye en el Valle de San Joaquín. “El municipio estuvo muy activo buscando becas del estado para hacer obras públicas, remodelaciones y así absorber parte del desempleo. Algunos trabajadores se empezaron a recuperar cuando llegó la temporada de la uva, en julio y agosto; pero eso significa que pasaron casi cinco meses sin trabajo”.

Trino Luna es uno de ellos. Trabaja en una empacadora, y aunque dicen que una helada como la anterior sólo se da cada ocho años, él escuchó que las temperaturas bajarían hasta los 30 grados. “Nomás con que no se descomponga y se caiga el precio; porque si no hay precio, no hay trabajo”, dice viendo hacia el cielo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s