Segunda parte: Soñar desde una barraca

ALTAR, Sonora.- “¡Esta migra ya nos agarró”, fue la frase de frustración que lanzó el pequeño “Mario” desde sus ocho años de edad. Después de tres días caminando por el desierto junto a sus padres, su hermana de seis años y otras personas, la “migra”, la patrulla fronteriza, acabó con el sueño del pequeño.

Originaria de Chiapas, la familia de Mario decidió emprender el camino hacia el norte para buscar una vida mejor. Cuando estaban en su pueblo el niño veía que sus amigos tenían juguetes que su familia no podía costear para él. Pronto descubrió que esos juguetes venían de Estados Unidos, de los familiares que ya habían cruzado la frontera; así, cuando su familia tomó la decisión, Mario también convirtió a Estados Unidos en su objetivo.

Como esta familia, cientos de migrantes llegan al pueblo de Altar, en Sonora, buscando mejorar sus condiciones de vida. Pero como ellos, también son cientos los que no logran cruzar en el primer intento. El ambiente antiinmigrante, el incremento de elementos de la patrulla fronteriza, y el calor excesivo en el desierto, provocan que muchos de quienes inician el camino decidan regresarse o sean capturados y deportados.

A estas condiciones se suman además los grupos delictivos. Los migrantes que buscan senderos apartados de la ruta de la patrulla fronteriza, frecuentemente invaden el territorio utilizado por redes de narcotraficantes. Son asaltados por gatilleros que tratan de intimidarlos, amenazándolos con matarlos si vuelven a utilizar esos caminos. Las mujeres son violadas y los hombres con frecuencia son golpeados.

Todos ellos salen de Altar. Y todos los que regresan, regresan a Altar.

Desde que inició la ola migratoria a través del desierto, hace cerca de diez años, este pequeño pueblo transformó su fisionomía. Aquí y allá empezaron a aparecer los negocios de comida, de ropa y de provisiones para cruzar la frontera. Y también aparecieron las “casas de huéspedes”.

Las casas de huéspedes en Altar son muy diferentes a lo que el nombre insinúa. La mayoría son pequeños cuartos, barracas en medio de cualquier terreno, construidas con los materiales básicos de tabique y cemento, aunque las mejores cuentan con alguna capa de pintura. La mayoría no tiene ventanas ni buena ventilación. Ahí, sobre unos armazones de metal que hacen las veces de literas, se colocan tablas con cojines o pedazos de tapete y algunas cobijas de lana que durante la época de calor más bien estorban.

Cuando el migrante llega apalabrado con un “coyote”, generalmente ya tiene arreglada la casa a la que va a llegar. Ahí conoce a los otros, los que cruzarán con él, y junto con ellos espera el mejor momento para hacerlo, cuando vendrá por ellos el “coyote”.

El costo por noche de estas casas es variable, pero se consiguen desde los tres dólares. Algunas incluyen dos comidas al día por tres dólares más. Tienen un baño comunitario, un lavadero en donde igual se lavan los platos que la ropa, aunque ahora, como es tiempo de calor, el agua escasea y hay que evitar su uso al máximo.

Las casas más grandes cuentan con varios cuartos y un patio en el centro. Los huéspedes se dividen estos espacios durante el día: mientras “Mario”, su familia y otros seis o siete compañeros juegan cartas dentro de uno de los cuartos, otro grupo afuera espera sentado, como desde hace tres días, el momento de iniciar el camino hacia el sueño americano.

LA VIDA NO TIENE FE

“Mario” juega entre las tablas y las cobijas que pretender se una cama para más de 10 personas, las mismas que iban con su familia cuando cruzaban el desierto. La madre relata con orgullo como el niño, en medio del recorrido, daba ánimos a su hermanita. En un punto del camino el grupo fue asaltado. A la familia le quitaron el dinero que llevaba; a algunos de los hombres les quitaron hasta los zapatos. Aún así siguieron adelante hasta que los agarró la “migra”. Ahora la familia espera un envío de dinero desde Chiapas para regresar.

Otros miembros del grupo están dispuestos a intentarlo nuevamente, y esperan el mejor momento. Mientras éste llega, la tarde pasa lenta, calurosa, en medio de un vapor que satura el ambiente.

“La vida no tiene fe; a veces comiendo se muere uno”, suelta de pronto Ismael Vera. Él es originario de Cintalapa y va a intentarlo por primera vez. Sabe que va a caminar dos días y tres noches; o al menos eso le dijeron. Pero él asegura que no le teme a la “cruzada”, que peores cosas pasan cuando uno se queda sin hacer nada.

“¿Y no le duele dejar a la familia, a los hijos?”. Ismael no esperaba la pregunta. La sonrisa se le congela, la mirada se le pierde en el vacío; se le hace un nudo en la garganta y tarda en contestar con una voz bajita que pretende no quebrarse: “¿Tanto se nota?”.

“Es que uno no puede nomás ver a los hijos sufriendo allá”, dice Ramón, otro hombre que ya ha cruzado antes. Lleva gastados 200 dólares en el viaje desde Chiapas hasta Altar. De ahí, todavía faltan los dos mil del “coyote”. Ramón tiene esposa y nueve hijos entre los 21 y los dos años de edad. Dos de ellos ya están en la universidad, dice orgulloso. “Si me estoy allá tal vez dejen la escuela. Ni modo de sentarme a llorar con ellos ”.

Este grupo de ocho chiapanecos va derechito a Florida, “porque allá hay menos agentes de inmigración”. En Chiapas cultivaban maíz, frijol, cacahuate. El problema es que no son dueños de la tierra, y la tierra ya no se usa para cultivar porque ya no conviene; los pocos campos productivos que aún hay en la zona se han convertido en potreros o pastizales. Allá ganaban un salario mínimo de cuatro, cinco dólares diarios. En Estados Unidos, les han dicho, pueden ganar hasta 80 dólares al día.

Sin embargo todos aseguran que no van para quedarse. “Pienso regresar”, afirma Óscar Díaz. “Esa es mi tierra; voy por una necesidad, pero voy nada más por dos años, en lo que junto dinero para buscar un pedazo de tierra donde trabajar. A lo mejor construir un potrero”.

Entre los migrantes que pasan por Altar, los más vulnerables son los que vienen de Centroamérica. Son los que más “caen”, explica el propietario de una de las casas de huéspedes; vienen menos preparados y más cansados, porque llevan más tiempo caminando.

Cuando se les pregunta por su lugar de origen, todos los centroamericanos afirman ser de Chiapas, por temor a que las autoridades de inmigración mexicanas los deporten. Pero es fácil identificarlos: pasan los días de espera escondidos en las barracas. Los cuartos no tienen ventanas; la única luz entra por la puerta, y parece que el miedo también. Se escuchan historias, se oyen anécdotas. La seguridad que da el cuarto impregnado de vapor pegajoso tal vez sirve para reunir valor para cuando haya que salir a la inmensidad agreste del desierto.

“¿Tú sabes dónde venden boletos para Chiapas?”. Ovidio, de 17 años, es originario de Petén, Guatemala. Después de seis días de viaje hasta Altar, emprendió el camino hacia el otro lado, con cuatro compañeros y sin “guía”. Durante un día cruzaron a pie por un camino resbaloso, en medio del calor, hasta que de pronto un helicóptero los alumbró; 10 agentes de la patrulla fronteriza los amagaron y los deportaron a Nogales. De ahí regresaron a Altar. Ahora Ovidio busca llamar a su casa para que el envíen dinero y poder regresar.

“¿Tú no eres de ‘Guate’?”, pregunta. “¿Y tienes celular?”. “¿Y tú por dónde cruzas?”. A Ovidio casi le cuesta entender que hay gente que llega al otro lado sin necesidad de atravesar el desierto a pie. “¿Y no me puedo ir contigo, verdad?”, pregunta por no dejar. “Bueno, cabal platicamos”, dice por toda despedida.

La tarde sigue su curso. Mientras, desde dentro de la barraca, “Mario” sueña con el día que regresará a Altar para cruzar otra vez; un día en que la “migra” tal vez ya no estará ahí.

ESTOS PIES CANSADOS

Despacitito, con el rostro quemadísimo por el sol, José López atraviesa la plaza central de Altar. Cada paso le duele, se nota desde lejos. José caminó durante dos noches por el desierto; la tercera ya no pudo más y se tuvo que quedar sentado mientras el grupo con el que iba seguía su camino. No tardo mucho en detenerlo la “migra” y fue deportado a Nogales. De ahí se regresó a Altar.

A sus 22 años, esta es la segunda vez que José intenta cruzar. Ya decidió que no lo va a intentar nuevamente. Ahora sólo busca que su familia le envíe dinero para poder regresar a Las Pilas, Chiapas, donde lo esperan su esposa y sus dos hijos. Allá es campesino y gana cerca de cinco dólares diarios que, dice, no alcanzan para nada.

A un lado de la plaza hay una unidad móvil de la Cruz Roja. Ahí se dirige José con pequeños pasitos, y tras decirle al doctor que no tomó agua en dos días, con muchos trabajos se sienta para que lo revisen.

Le empiezan a quitar los zapatos; el rostro se tensa, aprieta los ojos y los dientes. El hedor cuando le quitan los calcetines sólo puede ser producto del sudor de tres días en el desierto encerrado en los zapatos. Lo primero que se ve son las uñas grises, reblandecidas. El doctor le explica que se le van a caer.

José tiene ampollas en ambos lados de los talones, una ámpula en las plantas de los pies, llagas entre los dedos. Con una navajita le cortan la piel y le sacan la sangre. Un enfermero se acerca comiendo un helado; ve la escena y ni se inmuta. “No trae nada a comparación de otros”, dice casi con desdén.

Amado Coello, el médico a cargo, explica que en este sitio se atiende a un promedio de mil personas al mes. “La cosa se agudiza de regreso, porque vienen insolados, deshidratados, anémicos, con las uñas de los pies estrelladas, los músculos hechos piedra”, explica. Los pies se queman con la fricción de los calcetines y los zapatos. “En medio del tejido hay un ácido que provoca que cada que dan un paso, sientan como si estuvieran pisando lumbre”, dice. Además de los pies quemados, los casos más frecuentes son de deshidratación y los parásitos en el estómago.

*Fotos: Aurelia Ventura.

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