¿Y quién juzga a Benedicto?

Tomada de Proceso.com

En abril de 2010 trabajaba como reportera del diario angelino La Opinión, cuando me tocó cubrir una asignación cuyo recuerdo conservo hasta ahora. Era una conferencia de prensa frente a la catedral de Los Ángeles, en la que un grupo de víctimas de pederastia por parte de sacerdotes católicos anunciaba una demanda en contra de los cardenales Norberto Rivera de México, y Roger Mahony de Los Ángeles, por encubrir a Nicolás Aguilar, el cura que en aquel momento se encontraba en México y llevaba encima cerca de 60 acusaciones de abuso sexual en los dos países. Aguilar tenía una orden de extradición, pero con la intercesión de Rivera, al gobierno mexicano no se le dio la gana detenerlo. Esta demanda era la tercera en contra de Rivera en Estados Unidos; las dos anteriores no prosperaron, pero los acusadores veían en ésta una posibilidad de lograr justicia porque se había planteado utilizando una ley internacional que permite que las cortes estadounidenses tomen casos que involucran a ciudadanos mexicanos.

Desde luego no era la primera vez que se hablaba de pederastia en la Iglesia Católica. Durante años, integrantes de la Red de Sobrevivientes de Abusos Sexuales de Sacerdotes (SNAP) han presentado evidencia y testimonios sobre los centenares de casos de niños violados por sacerdotes en varios países, sin que llegue el castigo para los perpetradores, ni la justicia para las víctimas. Entre estas últimas, se encuentran hombres que hoy tienen cincuenta, sesenta años, y que toda su vida han cargado con las secuelas del abuso físico y psicológico del que fueron víctimas, incluidos los 200 hombres sordos que siendo niños en una escuela especial en Wisconsin fueron abusados repetidamente por un sacerdote al que nunca se castigó.

Por décadas, las autoridades de la Iglesia Católica supieron de estos casos y encubrieron a los responsables. En la mayoría de las ocasiones se recurrió a la intimidación y la descalificación de las víctimas, y en otras, cuando el escándalo se asomaba, algún jerarca optaba por transferir al victimario a otra sede, en donde repetía el patrón de abuso y violación, tal como pasó con Nicolás Aguilar. Aunque en los últimos años el asunto se ha vuelto más público, ninguno de esos sacerdotes ha sido llevado a prisión y las autoridades encubridoras no han recibido el juicio que merecen.

Y entre esas autoridades se encuentra el Papa Benedicto XVI, Joseph Ratzinger. Sigue leyendo

Defina “criminal”


immigrants 

“La política migratoria debe ser generosa; debe ser justa; debe ser flexible. Con una política de este tipo, podremos voltear a ver al mundo, y a nuestro propio pasado, con las manos y la conciencia limpias”.

–John F. Kennedy. Una nación de inmigrantes, 1958

La última semana de enero de este año será recordada como aquella en la cual la maquinaria de la reforma migratoria en Estados Unidos se volvió a echar a andar. Primero fue el anuncio realizado por un grupo bipartidista de ocho senadores sobre la introducción de una nueva propuesta de ley de inmigración, y después, este martes, el discurso del presidente Barack Obama sobre el mismo asunto.

Ambas cosas son sin duda buenas noticias tras los años de impasse en el tema. Existe incluso un cambio en el discurso en términos de reconocer la contribución de la comunidad inmigrante al país y hay aspectos que representan una mejora considerable con respecto a iniciativas anteriores, como la eliminación del requisito de que quienes soliciten la regularización de su estado migratorio deban regresar a su país de origen a realizar el trámite, que formaba parte del debate en 2007. El hecho de que haya un acuerdo inicial entre ambos partidos también ha hecho que las esperanzas vuelvan a elevarse y que se atisbe un buen escenario para que el 2013 sea el año de la reforma.

Sin embargo hay una serie de elementos que desde ahora están encendiendo algunos focos rojos entre las organizaciones activistas. Con el fin de lograr una propuesta consensuada, los legisladores demócratas han tenido que respaldar la inclusión en la iniciativa de algunos puntos no negociables de la agenda republicana. Uno de ellos es el establecer un “periodo de prueba” que aún es indefinido, pero que aparentemente podría ser de hasta cinco años o más, para que los solicitantes tengan derecho después a una residencia permanente. La extensión de este periodo, así como la aplicación de otras medidas, dependerían del estatus de la seguridad en la frontera sur, que tendría que ser evaluada satisfactoriamente bajo los criterios del Partido Republicano a fin de asegurar que una nueva oleada de ingresos ilegales no vuelva a disparar la cifra de indocumentados en el país. Sigue leyendo

Calderón no merece un refugio en la academia

calde

Una de las épocas más hermosas de mi vida fueron mis años en la universidad. Tuve la fortuna de estudiar en la Universidad Autónoma Metropolitana, plantel Xochimilco, en la Ciudad de México. Ahí tomé clases con periodistas, cineastas, investigadores y gente de letras, algunos mexicanos y otros venidos de diferentes países, quienes compartían con sus alumnos sus experiencias y su conocimiento al tiempo que les ayudaban a construir su propio bagaje. Aunque eran diferentes entre sí, había elementos comunes a todos ellos: congruencia, autoridad moral, la capacidad de despertar admiración y respeto por parte de sus alumnos, y una tendencia natural a convertirse en modelos a seguir.

Siempre que pienso en la academia la veo como el espacio natural de supervivencia de la inteligencia y la razón. La política, la vida cotidiana, los jaloneos entre partidos, entre iglesias, entre países y entre individuos, suelen encontrar un campo neutral en la academia. Ahí es donde el buen juicio y la visión a largo plazo ponen en su sitio a cada quien, y en donde las pasiones y la frivolidad son dominadas por la ciencia y el humanismo. O al menos así debería de ser.

Poco antes de dejar su cargo como presidente de México, Felipe Calderón anunció graciosamente su paso del gobierno de su país a la vida académica: la Universidad de Harvard le ofreció una estancia de un año como profesor invitado en la Escuela de Gobierno Kennedy, una prestigiada institución que ofrece estudios de posgrado de alto nivel vinculados con políticas públicas. Es una costumbre en este sitio tener como profesores invitados a quienes han encabezado un gobierno u organizaciones de alto impacto internacional para que compartan su experiencia con los estudiantes. Sin embargo en el caso de Calderón, la invitación no sólo ignora la falta de talento, sensibilidad y liderazgo del ex mandatario durante su gestión, sino que ofende a las víctimas de la guerra contra el narcotráfico emprendida por el panista, que entre muertos y desaparecidos -migrantes entre ellos-, y sus familiares afectados, se cuentan por cientos de miles. Sigue leyendo

Cinco minutos de PRI

epn

“¡Échale agua, échale agua, échale agua!”, era todo lo que atinaba a decir un policía federal a otro que trataba desesperadamente de ayudar a un tercer compañero al que parecía estallarle la cara. Rojo, rojo, con los ojos llorosos, la nariz chorreando, ahogándose, trataba de quitarse del rostro el gas pimienta que subía en una nube cerca de donde estaban los enfrentamientos.

Desde las cuatro de la mañana algunos contingentes habían llegado a los alrededores del Palacio Legislativo en la ciudad de México para manifestarse contra la toma de protesta de Enrique Peña Nieto como presidente de ese país el sábado primero de diciembre; pero al contingente del movimiento #YoSoy132, convocante inicial a la movilización y cuyos miembros marcharon en relativa calma, se sumaron otros grupos, algunos vinculados con movimientos sociales conocidos; otros simplemente identificados como anarquistas, anarcopunks, o algún otro sonoro apelativo, y “bolitas” de personas no identificadas que incitaban a realizar agresiones más agresivas. Los grupos más violentos empezaron a golpear la valla de metal de tres metros de altura que desde varios días antes estaba instalada en el lugar; aventaban bombas molotov, usaban lanzallamas y arrojaban piedras y lo que fuera a la cabeza de los policías. Los objetos atravesaban la nube de gas pimienta. Sigue leyendo

El tamaño del miedo

wall

1. La alfombra de bienvenida bajaba por la escalinata del Palacio Legislativo de San Lázaro. Frente al mural de José Chávez Morado que corona la entrada principal del recinto -una enorme pieza verde con el escudo nacional mexicano en dorado- el camino desde la puerta de ingreso protegida por una ligera línea de cercas de metal era flanqueado por edecanes en traje sastre y por guardias de seguridad. Uno a uno fueron entrando: Madeleine Albright, secretaria de Estado de Estados Unidos; Lech Walesa, ex presidente de Polonia; el príncipe de Asturias, Felipe de Borbón; el presidente venezolano Hugo Chávez, o el entonces presidente cubano Fidel Castro.

Era el primero de diciembre del año 2000 y México se encontraba de fiesta. Por primera vez en 71 años, el gobierno de este país conocía la alternancia. Vicente Fox, candidato por el Partido Acción Nacional (PAN) a la presidencia, había logrado derrotar al régimen priísta a través de una mezcla de irreverencia y esperanza que arrasó con los esquemas probados de sexenios anteriores. El mundo celebraba con mi país la inminente llegada de un futuro mejor: democrático, vibrante, armónico plural.
Sobre la avenida Congreso de la Unión, parte de una larga vía que cruza la ciudad de sur a norte, entraban los autos que llevaban a los dignatarios invitados de otros países y a las personalidades políticas del ámbito nacional. Uno a uno se bajaban frente a la sede legislativa, cruzaban la reja a pie, y subían por la alfombra de bienvenida de la escalinata, saludando a su paso, sonriendo a las cámaras. Todo era promesa y excitación. Sigue leyendo

Carta abierta a Barack Obama

Estimado presidente Barack Obama,

Escribo este texto a unos minutos de haberse anunciado su triunfo en las elecciones de este 6 de noviembre y su permanencia en la presidencia de Estados Unidos. Celebro su victoria. Yo, como el 71% de los electores latinos de este país, voté por usted. Y como la mayoría de ellos, también voté por usted hace cuatro años, en 2008.

Ese año, como reportera, tuve la oportunidad de presenciar una parte de su campaña, primero al interior de su partido para ganar la candidatura y después como candidato para llegar a la presidencia. De esas semanas de eventos en distintas ciudades del país, guardo una escena en particular; la recuerdo porque ese fue el momento en el que decidí que iba a votar por usted. Fue a principios de ese año, durante un mitin en el auditorio de una universidad en Santa Fe, Nuevo México. El camino estaba nevado, el evento fue en la noche, pero hasta ahí llegaron miles de personas, la mayoría estudiantes, para escucharlo. Cerca de las diez de la noche, cuando algunos salíamos por una puerta lateral, pasó frente a nosotros el autobús que lo transportaba a usted y a su equipo. Repentinamente, un grupo de jóvenes salió corriendo detrás del autobús, a pesar del frío, gritándole y agitando las manos para despedirlo. Uno de ellos levantaba un letrero escrito a mano que decía “Hope”.

No estoy segura de que hoy, cuatro años después, esta escena se pudiera repetir con la misma ilusión, pasión, y honestidad que entonces. En las últimas semanas tuve oportunidad de hablar con mucha gente con respecto a la elección de hoy; la mayoría de quienes votaron -votamos- por usted, lo hicieron porque piensan que con su contrincante republicano nos podría haber ido peor, y ante esa perspectiva prefieren quedarse como están ahora. Cuatro de cada diez latinos piensan que en los próximos años no habrá mejoras en materia de inmigración, su gran pendiente con nuestra comunidad; en cambio, la mitad de este grupo piensa que con su oponente la situación habría empeorado. En 2008 el voto de los estadounidenses, y en particular de los latinos, iba cargado con la esperanza de que vendría algo mejor. En esta ocasión, el voto lleva la resignación de que usted representa lo menos malo. Sigue leyendo

El sueño se decide en las urnas

Un martes como cualquier otro, Nancy Landa se arregló para ir al trabajo. Morena, de figura curvilínea, pelo obscuro y sonrisa linda, se vistió con pantalones negros, una camisa y zapatos de tacón no muy alto; el atuendo de una mujer profesional. Era el 2009 y a sus 29 años de edad, Nancy era la imagen del éxito. Se había graduado cinco años antes de Administración de Negocios y desde entonces había construido una carrera cada vez más sólida en organizaciones de servicio comunitario y en el sector público.

Nancy se aseguró de traer sus pertenencias en el bolso: billetera, tarjetas, el infaltable teléfono celular. Salió de su apartamento en la ciudad de Long Beach, California, con tiempo suficiente para llegar puntual al trabajo; subió al auto que había comprado hace unos meses y que aún estaba pagando, y cuando se dirigía hacia el freeway, desde un vehículo le ordenaron detenerse. No era un auto de la Policía ni de la Patrulla de Caminos, pero Nancy no se preocupó: detuvo el auto, bajó el vidrio y esperó a que se acercara un agente.

Lo que siguió es una sucesión de recuerdos borrosos. Tres agentes de inmigración le informaron que estaba detenida. La subieron al vehículo, una camioneta blanca sin identificación; su auto quedó ahí, mal estacionado a la orilla del camino. Dos horas más tarde Nancy estaba en un centro de detención del centro de Los Ángeles, y ocho horas después deportada en Tijuana: sin más ropa que la puesta, sin amigos, sin familia, sin pasado; sin nada más que su bolso con cuarenta dólares y un teléfono celular. Y así, en un martes como cualquier otro, la vida que Nancy había construido durante los últimos veinte años se esfumó.

Sigue leyendo

Periodistas mexicanos, valor y huevos

La semana pasada estuve de visita en la redacción de El Diario de Juárez, en la ciudad mexicana del mismo nombre ubicada en la frontera con El Paso, Texas. Juárez ha tenido la desgracia de convertirse en la ciudad más peligrosa del mundo, de acuerdo con declaraciones recientes de William Brownfield, subsecretario de Estado para el narcotráfico internacional de Estados Unidos.

En los últimos años, debido a su ubicación geográfica que la convierte en un territorio clave para el comercio de drogas y armas, y con la guerra contra el narcotráfico emprendida por el gobierno del presidente mexicano Felipe Calderón, la muerte se ha ensañado con la sociedad juarense; durante el 2011 la cifra de muertos llegó a un promedio de ocho diarios.

Esta violencia también ha golpeado al gremio periodístico. Tan pronto llega uno al edificio que alberga a las instalaciones de El Diario de Juárez, un par de letreros saltan a la vista cubriendo buena parte de la fachada. En uno de ellos, con la leyenda “sin periodistas no hay democracia”, se exige justicia en el caso del asesinato de Armando Rodríguez “El Choco”, reportero que fue baleado en 2008 en el garaje de su casa y frente a su hija. El otro letrero cuestiona: “¿A quién pedir justicia?” y hace alusión a la muerte de Luis Carlos Santiago, el fotógrafo de esta publicación asesinado en un estacionamiento en 2010.

-¿Qué respuesta dan las autoridades, qué les ha dicho el presidente? -pregunté a Rocío Gallegos, reportera de ese medio y cofundadora de la Red de Periodistas de Juárez.
-Ninguna -me respondió. -No nos dicen nada. Sigue leyendo

¿Puede una persona ser ilegal?

Desde hace varios años existe entre la comunidad inmigrante en Estados Unidos una lucha que se tiene que dar a diario y en todos los frentes: la lucha por evitar la palabra que empieza con “i”.

La frase “inmigrantes ilegales” suele ser utilizada con frecuencia para referirse a aquellas personas venidas de otro país que ingresaron a Estados Unidos sin los documentos migratorios adecuados, o que lo hicieron con ellos pero permitieron que éstos perdieran vigencia, de manera que ahora carecen de los permisos para permanecer en el país. Sin embargo las organizaciones de defensa de los derechos de los inmigrantes han hecho campañas en varias ocasiones a lo largo de los años para pedir que la palabra “ilegal” no sea utilizada para referirse a una persona, sino al hecho cometido por esa persona.

A mí me parece que la petición tiene sentido. Una persona puede cometer un acto ilegal, como conducir a exceso de velocidad, robar en una tienda o estar en el país sin documentos. El acto que realiza la persona es violatorio de la ley, no la persona. El acto es ilegal, no la persona. Si la palabra ilegal fuera utilizada para definir a alguien, entonces no sería aplicable únicamente a los inmigrantes: habría conductores ilegales, vecinos ilegales, ladrones ilegales, ciudadanos ilegales.

Sigue leyendo