Treinta Dreamers de vuelta a casa

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Son las seis de la tarde del sábado 28 de septiembre y Nuevo Laredo, Tamaulipas, está medio muerto. No se ve el movimiento de fin de semana en una ciudad cualquiera, pero eso es porque Nuevo Laredo ha transitado por tiempos marcados por la violencia. Hay apenas algunos negocios abiertos, la mayoría de comida, entre las calles que, entre más alejadas del centro, más áridas y polvorientas se ven.

En una de estas calles, entre los montones de tierra que ha dejado una reparación inconclusa, se encuentra la Casa del Migrante Nazareth, un albergue de la red de los misioneros Scalabrinianos que todos los días recibe migrantes deportados de Estados Unidos, o a aquellos que apenas van en camino. y requieren de un sitio en donde descansar antes del cruce tras días de camino, desde otros estados de México o de algunos países centroamericanos. La casa tiene cupo para 140 personas; este fin de semana, el último de septiembre, 30 de ellas son Dreamers.

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Migrantes que no hablan inglés… ni español

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A Manuel Jamines le disparó un agente del Departamento de Policía de Los Ángeles (LAPD) el 5 de septiembre de 2010 frente al parque MacArthur. De acuerdo con testimonios del policía y sus compañeros, la razón para disparar fue una amenaza a su seguridad luego de haber ordenado a Jamines, quien presuntamente portaba un cuchillo, que se detuviera y pusiera las manos en alto. La orden le fue dada varias veces en inglés y en español.

Jamines, migrante indígena guatemalteco, no entendía ninguno de los dos idiomas. Sólo hablaba quiché. Recibió un disparo en la cabeza, otro en el cuerpo. Murió en el lugar.

El caso provocó protestas y denuncias de abuso policiaco por parte de activistas de la comunidad latina en esta ciudad –algunos de ellos alegaban que Jamines no iba armado–, pero también lanzó los reflectores sobre un asunto que por varios años ha preocupado a las organizaciones de migrantes indígenas en California: al tiempo que se busca integrar a la sociedad estadunidense a quienes llegan a este país sin dominar el inglés, es preciso informar y educar a las autoridades y servidores públicos que tienen a su cargo parte de esta integración para que el resultado sea un éxito, o por lo menos no acabe en tragedia.

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Ni nos ven, ni nos oyen

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El rostro de Estados Unidos está en constante cambio. Según cifras de 2012 del Censo de ese país, cuatro de cada diez personas que viven en él no son de raza blanca; dos de cada diez son latinos, y los otros dos son afroamericanos, asiáticos o de algún otro origen racial. De los 313 millones de personas viviendo en la unión americana, 40 nacieron fuera de Estados Unidos. Más de la mitad de la población, 50.8%, son mujeres.

Esta diversidad se ve reflejada en varios ámbitos cada vez en mayor medida, especialmente en aquel que tiene que ver con el dinero. Las grandes empresas bancarias, como Wells Fargo o Bank of América; los emporios nacionales como Disney o trasnacionales como Toyota; las industrias de comunicación, de servicios, turísticas o de venta directa de productos, han desarrollado departamentos de mercadotecnia diseñados para las audiencias que tienen como idioma principal uno diferente al inglés, que conservan los referentes de sus países de origen, y o que simplemente desean ser atendidos –y cortejados– sin ignorar su identidad. Incluso algunos nombres “importantes” en medios de comunicación, como las televisoras Fox, ESPN o NBC, han invertido en espacios dirigidos a las audiencias de habla hispana, y proyectos icónicos como Huffington Post han creado versiones alternas para audiencias latinas, afroamericanas, y de diversidad religiosa y sexual.

Lamentablemente el cambio demográfico registrado durante las dos últimas décadas “pasó de noche” para el equipo a cargo de un estudio publicado hace unos días por el Centro Joan Shorenstein de Prensa, Política y Políticas Públicas de la Escuela Kennedy de Harvard. El documento, titulado Riptide: What Really Happened to the News Business, fue producido por John Huey, Martin Nisenholtz y Paul Sagan, miembros del Centro Shorenstein y fue difundido por la Fundación Neiman.

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De aquí y de allá: El derecho a lo mejor de dos mundos

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Los últimos nueve años de mi vida están marcados por una frontera. La línea imaginaria que empieza en el Océano Pacífico, entre las ciudades de Tijuana, en México, y San Diego, en Estados Unidos, se extiende por más de tres mil kilómetros hacia el Este, según loestablecido en un tratado leonino firmado hace casi dos siglos entre los dos países (bueno, en realidad entre fulanos que pretendían representar a los dos países), y llega al punto en el que el Río Grande desemboca en el Golfo de México separando a la ciudad de Brownsville, en Texas, de la mexicana Matamoros.

Por momentos agua, en otros montaña, en algunos tramos desierto y en muchos un muro de acero con alambre de púas, que de tan absurdo ofende, la frontera es una larga cicatriz mancillando tierras, bosques y comunidades hermanas que en la práctica nunca han estado divididas. Uno se puede parar en un punto cualquiera y mirar hacia los dos lados: el agua no cambia de color, la tierra seca suelta el mismo polvo, el viento sopla de un lado al otro, se cuela por las rejas y regresa. Mientras más avanza uno, la línea imaginaria se va convirtiendo en un sinsentido mayor.

Como es sabido, por la frontera entre México y Estados Unidos transitan las esperanzas de cientos de miles de indocumentados que cruzan cada año de manera ilegal, y también las de 350 millones de personas que cruzan legalmente. Sea de una manera o de otra, esta línea tiene el poder de colocar sobre quien la atraviesa etiquetas que en el caso de México, mi país, se vuelven marcas que deconstruyen y reconfiguran la identidad. Dime cómo, por qué, hace cuánto tiempo, por dónde y en qué dirección cruzaste la línea, y te diré quién eres.

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Nueve Dreamers desafían al sistema migratorio de EEUU

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El miércoles 7 de agosto, tras 17 días de permanecer en prisión, nueve jóvenes indocumentados lograron lo que durante décadas congresistas, abogados y organizaciones activistas estadunidenses han intentado: utilizar las leyes de inmigración de ese país para solucionar la situación de quienes han sido deportados o han tenido que abandonar su vida en Estados Unidos para volver a sus países de origen.

Los jóvenes mexicanos iniciaron el martes 22 de julio la acción de desobediencia civil más radical que ha realizado el movimiento Dreamer. Caminando desde el lado mexicano hacia la garita que conecta las ciudades de Nogales, Sonora, y su homónima en Arizona, Lizbeth Mateo, Lulu Martínez, María Peniche, Adriana Gil, Claudia Amaro, Marco Saavedra, Mario Gómez, Luis León y Ceferino Santiago hicieron saber a quienes se encontraban en el lugar, incluidos los oficiales de inmigración, que eran indocumentados, que no sentían vergüenza de serlo, y que tras haber regresado a México por diversas razones —algunos semanas atrás, otros hace años; algunos debido a una deportación, otros por motivos personales— deseaban regresar al país que los vio crecer y que consideran suyo. Sigue leyendo

Cuando el sueño consiste en volver a casa

‘Dreamers’, que fueron obligados a regresar a México, intentarán cruzar la frontera en un acto que podría cambiar el futuro de miles de jóvenes deportados

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Claudia Amaro se ha vuelto una experta en empezar de cero. Lo tuvo que hacer una vez cuando, teniendo diez años de edad, asesinaron a su padre y su vida dio un vuelco. Lo hizo en una segunda ocasión a los trece años, cuando su madre decidió mudar a toda la familia, ella y sus tres hermanas, a Estados Unidos; huían de la violencia. Un tercer borrón y cuenta nueva vino a los treinta años de edad, cuando una orden de deportación le arrebató la vida y la familia construida durante las últimas dos décadas, arrojándola a su país de origen, México, con el cual no la conectaba casi nada. Y con nada que perder, con la esperanza de recuperar un poco de lo que considera suyo, dentro de unas horas la vida de Claudia será sacudida por cuarta vez.

Claudia es una de los ocho Dreamers –jóvenes que fueron llevados indocumentados a Estados Unidos siendo menores de edad– que este lunes, llegarán al puerto de entrada fronterizo de Nogales, en el lado mexicano, para intentar ingresar al país del norte sin portar más documento que sus historias personales, su convicción, y su amor por Estados Unidos, el lugar que consideran su hogar y al cual anhelan regresar.

La campaña “Bring them home”, “Tráiganlos de vuelta a casa”, es una acción orquestada por la Alianza Nacional de Jóvenes Inmigrantes (NIYA), una red liderada por jóvenes activistas que desde hace algunos años utilizan la desobediencia civil pacífica como un mecanismo para hacer oír su voz, educar a la comunidad, y llamar la atención sobre las violaciones a los derechos humanos y la separación de familias. Pero en esta ocasión, NIYA irá un poco más lejos: la desobediencia se ha extendido más allá de la frontera. Sigue leyendo

Amor es amor

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Un día de marzo de 2011 marcó el “antes” y el “después” de la vida adulta de Jorge Luis. En esa ocasión, ante un grupo de jóvenes inmigrantes como él reunidos en la ciudad de Los Ángeles, este joven originario de Zacatecas, México, se armó de valor, se puso de pie y aceptó públicamente que era indocumentado. Unas semanas antes, Jorge Luis ya había dado un paso previo cuando admitió ante sus compañeros en la universidad que era homosexual; pero el día en que se además se atrevió a decir “soy indocumentado y no tengo miedo”, le abrió las puertas a una nueva vida.

–Salir del clóset te da poder, te dan ganas de decirlo –me contó Jorge Luis hace unos meses al hablar sobre esta doble transición, de esta doble salida del clóset que algunos jóvenes indocumentados califican como ser “undocuqueer”. –Sentí pena porque toda mi vida estuve mintiendo. No podía tener novio, no podía tener una vida social normal, no podía viajar, no tenía licencia; tenía que mentir por todo, esconderme la mayor parte de mi vida. Yo sé que mentir constantemente marcó mi personalidad y mi carácter. Ahora ya no quiero esconder nada. A veces sólo lo digo porque me gusta saber que lo puedo decir.

Aunque ambas identidades, la de quien es indocumentado y la de quien es LGTB, parecen ir por vías separadas, hay momentos en los que se cruzan; entonces quien es undocuqueer debe enfrentar un doble estigma. Para algunos jóvenes indocumentados, una ventana de oportunidad para solucionar su situación migratoria ha llegado cuando entablan una relación de pareja con alguien que es ciudadano estadounidense; entonces la ciudadanía por medio del matrimonio se vuelve una opción viable, al alcance de la mano. Sin embargo, para quienes entablan relaciones con personas del mismo sexo, la ventana había estado cerrada debido a la falta de reconocimiento del derecho de las parejas homosexuales a que uno de sus integrantes, residente legal o ciudadano de Estados Unidos, iniciara un proceso de inmigración a favor de su pareja indocumentada. Hasta hace un par días.

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Latinos en las fuerzas armadas de EEUU

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El lunes pasado fue un día feriado en Estados Unidos con motivo del Memorial Day, o Día de los Caídos. Este es el día que dedica el pueblo estadounidense a recordar a quienes han muerto en el servicio militar, ya sea en el Ejército, la Marina o en el grupo de élite conocido como los Marines.

Este año tuve la oportunidad de presenciar la ceremonia del Memorial Day realizada en el Cementerio Nacional de Riverside, en California. Este es el tercer cementerio militar más grande del país, y el que ha recibido la mayor cantidad de restos de militares desde el año 2000. Por mucho que uno haya visto las imágenes en el pasado, en películas, o que haya leído historias, no deja de ser conmovedor ver a las familias recordando a sus seres queridos muertos en combate; lo mismo a un joven de 22 años que no volvió de Irak, cuya fotografía lleva en brazos una jovencísima viuda, que a un compañero de batalla que cayó en Vietnam, recordado por un veterano de esa guerra.

Esta fecha siempre trae consigo sentimientos mezclados. Por una parte, quienes consideran que estas muertes son el precio que hay que pagar por la libertad de la cual se goza en este país; por otra, las denuncias de aquellos que consideran que algunas de estas guerras sirven a intereses creados por los grandes poderes económicos y políticos nacionales, que usan a quienes se enlistan en las fuerzas armadas como herramienta desechable para alcanzar su fin –y más allá de la interminable polémica en torno esta discusión, la realidad es una: el muerto, muerto está, y el dolor del que se queda perdura. Sigue leyendo